miradas que valen la pena

UNA DE TANTAS

Por: María Concepción Villalobos López.


 

“…soy de las que piensan que ser mamá es  un privilegio; sin embargo, en una sociedad que se convulsiona, debemos aceptar que  la maternidad se vive en muy diversas circunstancias.”


“Ya llegó el diez de mayo y comienzo a preparar una linda canastita, para mi buena mamá, tiene rosas, margaritas, claveles y malvón, te la ofrezco mamacita, con todo mi corazón…”   esta dulce canción entonada en distintos lugares del país y del estado,    por cierto, de la autoría de don Gabino García Aranda, recientemente distinguido como Ciudadano Inolvidable en esta ciudad, tienta   la memoria y nos invita al recuerdo de la infancia; nos devuelve, aunque sea por unos instantes,  al especial momento de las vísperas del festejo a las madres en que había que levantarse bien temprano,   preparar el vestido, arreglarse y correr a la escuela de la mano de nuestra mamá quien luego de las prisas, se sentaba orgullosa entre el público, lista y paciente, para disfrutar emocionada la participación que  durante varios días había sido  ensayada; celebración extendida prácticamente en todo el mundo y que para nuestro país quedó establecida de manera fija, el 10 de mayo, a diferencia de otras naciones en que se festeja en el primer o segundo domingo de este mes.


Honrar a la madre, agradecer al ser que nos dio la vida y reconocer su importancia  como formadora, proveedora y amorosa protección, es esencial en el entender de cualquier persona; su presencia física o su espíritu, es constante en el diario andar, pues la figura materna constituye la primera guía para adentrarse en el mundo y sus retos; su ejemplo se convierte en referente indispensable  en la edad adulta y su compañía, en enseñanza amorosa;  así es que, más allá de cualquier controversia ideológica,  la institución de un día para celebrar a la madre, resulta natural y casi obligada.


Existen datos que refieren que en México la primera celebración del día de las madres  se realizó en el año de 1910, por cierto promovida  para contrarrestar el avance de los movimientos feministas,  fue hasta 1922 cuando  quedó institucionalizada a partir de una iniciativa el director del Excelsior, el periodista Rafael Alducín y se sabe,   inspirada  por una propuesta de dedicar un día a la madre que hizo el entonces Secretario de Educación, José Vasconcelos, hecho que también ocurre como   una campaña para contrarrestar la promoción del uso de anticonceptivos que hacían los grupos feministas, llegando incluso a premiar a las mujeres que tuviesen más hijos y seguramente idealizando desde entonces,  un modelo de mujer dedicada en cuerpo y alma, a la responsabilidad familiar.


Los homenajes a la madre mexicana dejaron huella de distinta forma, especialmente con la disposición de monumentos en plazas y parques de todo el país, empezando por la ciudad de México, donde el presidente  Manuel Ávila Camacho el 10 de mayo de 1944, coloca la primera piedra de lo que sería el  Monumento a la Madre, obra del artista Luis Ortiz Monasterio, que finalmente es inaugurada en 1949 por el presidente Miguel Alemán Valdés; este monumento queda ubicado en los límites de la colonia San Rafael y Cuauhtemoc, entre las calles de Sullivan, Villalongín y la avenida de los Insurgentes y está compuesto por tres esculturas: un hombre de rasgos indígenas en posición  de escribir; una mujer, también de rasgos indígenas con una mazorca como símbolo de la fertilidad y una figura más grande, que corresponde a una mujer, que es la madre con un niño en brazos, con un vestido  largo y rebozo, dispuesta anterior a una columna que figura la grandeza maternal; finalmente en la placa de su inauguración queda inscrito A la que nos amó antes de conocernos.


Año con año la fecha se cumple y la fiesta ha tomado distintos matices y se mantiene vigente como una práctica marcada por las actuales circunstancias sociales; se vive desde distintos  enfoques a partir de la celebración tradicional en la que no faltan las  serenatas, comidas familiares –por cierto preparadas por las mismas mamás-, flores que alcanzan precios exorbitantes e interminables festivales escolares, todo a la sombra de una fuerte dinámica comercial; una celebración que se ha adaptado a las condiciones que  viven las  mujeres que en el siglo XXI asumen el reto de la maternidad, que para empezar ya no es obligatoria, ni califica su éxito en función del tamaño del sacrificio personal o de la dureza de la situación que vivan.


¡Vaya festejo el del Diez de Mayo!,  en el que las mamás buscan con gran preocupación el dinero que han de gastar en el traje del festival escolar y en el material que se ocupará para hacerles sus regalos; día de asueto en las escuelas, para  facilitar la convivencia madre – hijo, sin importar si en su trabajo, ellas tienen descanso o no; para muchas, madres, día de poner a hervir las ollas y  a funcionar la cocina entera, porque seguramente, la casa materna será el lugar de encuentro para degustar los guisos que sólo ella sabe preparar, día de carreras y de compras de último momento.


Hoy día, la maternidad se vive envuelta en la  dinámica  de mujeres que se han incorporado a la fuerza laboral del país, convirtiéndose en piezas importantes en las empresas, las escuelas, las políticas públicas y en muchos casos, en jefas de familia; maternidad que en estos tiempos se asume a la luz de complejos escenarios que traspasaron las gruesas paredes del castillo en el que nuestras madres y abuelas  fueron llamadas “reinas del hogar”;  ha pasado el tiempo y la maternidad y sus compromisos domésticos, ahora se comparte con el desarrollo profesional y el trabajo en el que la mujer compite por ocupar un lugar y destacar, mientras es anclada por el rol doméstico que ésta implica o por prácticas laborales que cierran las puertas a mujeres jóvenes;  hoy día son inaplazables los  ajustes de fondo  a las condiciones laborales de las mujeres que consideren las facilidades para la lactancia y en general la crianza compartida, es urgente un sistema eficiente de guarderías, centros educativos y servicios de salud, pues el tiempo ha pasado y  las jóvenes madres se enfrentan a nuevos retos,    han cambiado las canciones de cuna por la sofisticada tecnología que compensa sus ausencias y las tardes en el parque, por las jornadas dobles de trabajo, que aunque implican un mayor ingreso a la familia, por lo general representan doble y triple carga laboral, a veces sin remuneración.


Desde un enfoque personal, la maternidad puede percibirse de muy distintas maneras y según las circunstancias, o como dicen, “según el color del cristal con que se mira”, pues una adolescente que por falta de precaución y de apoyo  se encuentra de frente con la responsabilidad de un hijo,  no ha de percibir la maternidad de la misma forma que una mujer adulta que se ha preparado para ser mamá; o ni que decir de quien recibe la noticia del cuarto o quinto hijo, cuando la economía familiar está vulnerada; o de la mujer que detendrá sus proyectos profesionales por falta de apoyo para la crianza de sus hijos, o de la madre que se ha divorciado, o de la que está enferma  y también de aquella que ha luchado largamente por el embarazo o ha decidido libremente  la maternidad fuera del matrimonio, con todo y eso, el discurso del día de las madres sigue cortando a todas con la misma tijera de principios del siglo pasado, sigue reproduciendo clichés que se convierten en patrones de conducta, “madre que tuvo diez hijos, nunca su boca llenó” decía mi abuela, pues bien sabido es que a la mesa, la última que se sienta a comer es la madre; y muchas otras frases hechas que aliñan el festejo para refrendar que lo más importante es aplaudir el  sufrimiento de una madre.


Las circunstancias han cambiado, y aún así, todavía hay quienes piensan que el  regalo ideal para una madre, se elige de una larga lista de enseres domésticos, o la mayor felicidad está en   la visita de todos sus hijos, sus hijas y familia política a los que hay que recibir con alegría y algo de su comida favorita; sin dejar de mencionar frases y tarjetas que confirman que  la maternidad es la más grande de  las bendiciones y la única forma sentirse plena y también que una buena mamá se olvida de la vida propia.


Espero que mi dicho no se malinterprete, pues  soy de las que piensan que ser mamá es  un privilegio; sin embargo, en una sociedad que se convulsiona, hay que aceptar que  la maternidad se vive en muy diversas circunstancias y en cualquiera de los casos, debe estar respaldada por los derechos que asisten a las mujeres y a su familia; así es que además de la tradicional celebración, es importante dar una vista a las devastadoras cifras de violencia familiar que en México, que según el informe “Índice para una vida mejor 2014” de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE),  indican que el 47 por ciento de las mujeres de origen mexicano, reconocen haber sido víctimas de algún tipo de violencia, precio que muchas de ellas pagaron por el privilegio de ser madres; en pocas palabras, celebremos con alegría a las madres, sin dejar de mirar que es imprescindible reconocer su importante papel  en la sociedad y por lo tanto,  la urgencia de garantizar su desarrollo pleno y personal. En palabras de mi mamá, “si tienes una madre todavía, da gracias al cielo que tanto te quiere”