ENSAYO A muerte sin fin

Por: Jorge Martínez Gracida Bribiesca


Para Ana María.

De los lugares dedicados a la cultura, el más importante para mi, el más deseado, es aquel rodeado de libros de todos los tipos, antiguos y nuevos de narrativa y de poesía.

Pero no un antro solemne y austero ordenado como una biblioteca de universidad, en donde no se puede hablar y menos leer en voz alta, no, todo lo contrario; amo el desorden entre volúmenes y ensayos en papeles arrugados, ese lugar mágico donde el espíritu se siente seguro y puede leer sentado y de pie, como quería José Vasconcelos, o acostado con el ejemplar de mi preferencia apoyado sobre el pecho; un sitio íntimo en el que se pueda percibir la voz propia al decir un poema inmortal, para uno mismo, y en donde se pueda recibir la palabra de los poetas y escritores guardada como reliquia moderna en sus grabaciones.

No hay placer mayor que la literatura, cuando se practica en una tarde de verano cálido con sol, lluviosa y acompañada de un arco iris  hacia Oriente, naturaleza pura, en compañía de dos amantes.

Dos amantes: la Muerte sin fin y la compañera viva, cálida y estimulante.

Puedes entonces “putilla del rubor helado”, venir por mi y fundirte con mi esencia. Así, cuando de los males de Pandora huyendo, vuele el alma andante y soñadora a cumplir con el reto del Infierno, llevará como único bagaje indestructible el recuerdo del amor humano de una compañera, y la sensación de que la muerte es nada, que solo es un transitar sin fin en círculos rodeada de la música celestial de las esferas.

¿Es posible que de la lectura de Muerte sin fin de José Gorostiza, surja espontáneo un texto como el anterior? ¿El influjo de la letra del poema puede llevarnos al éxtasis literario? Sí, desde luego, lo he comprobado en los últimos minutos.

Leer a José Gorostiza (1901-1973) en lo general, y en particular el más importante poema de la literatura mexicana del Siglo XX, conlleva, primero, la puesta en alerta de dos sentidos: el oído y la vista  fundamentalmente.

Enseguida es necesario aguzar también dos facultades de la mente: la memoria y la inteligencia.

Aquella, en primer lugar, para recordar y guardar en alguna gaveta dorada del cerebro los acordes de la sinfonía que Muerte sin fin derrama generosamente, para no olvidar el ritmo superior de sus estrofas.

La poesía de José Gorostiza es rica, densa, impenetrable en ocasiones pero llena de ternura, y el secreto para aceptarla radica, precisamente, en no intentar interpretarla al principio, sino sencillamente leerla en voz alta para recibir el sonido, para atender la música que encierra.

Después, si así se desea, la inteligencia deberá tratar de explorar el significado profundo del poema.
Goza y al mismo tiempo sufre José Gorostiza cuando escribe de la muerte reduciéndola a la nada:

“Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
Me sabe a miel”.

Una sola de las redondillas contenidas en ese trozo memorable de la literatura mexicana, resume con absoluta precisión el doble sentimiento: sufrir y gozar. Pero no sufre el poeta por la muerte que al fin y al cabo no existe; si hay vida no hay muerte,  y cuando el último hálito de energía cósmica ha desaparecido se está en el otro mundo, luego, la susodicha muerte  solo es un tránsito entre dos dimensiones, solo es una línea formada con luz y sombra, elementos que de separarse, mostrarán que no hay nada, simplemente nada.

Sufre Gorostiza la angustia de la espera de la transición fatal y goza, con sabor a miel, el momento supremo en que se dejarán atrás todos los dolores, todos los rencores, todos los sufrimientos y los sinsabores.
En esta espera se hermana con Jaime Torres Bodet cuando éste escribe en Sin tregua:

“Y comprendí que el premio
mayor de la existencia no es el alba,
sino el ansia del alba,”(...)

Da el poeta mayor importancia a la espera por la aparición del alba, que a la aurora misma.

A su vez, Octavio Paz no pudo y no quiso sustraerse al encanto de Muerte sin fin y escribió:

“Dentro de la impresionante belleza formal de Muerte sin fin se ha dicho ‘está formulada una profunda angustia metafísica’ ”

        “todo el proceso es un retorno a la verdadera muerte, la nada absoluta; la muerte sin fin es la verdadera vida”

Estamos aquí ante una reflexión, estamos en presencia de una meditación de profundidad hasta los antípodas, hasta los confines del pensamiento y de la razón, hasta la cima de la inteligencia.

Bien dicen los viejos intelectuales que Los Diálogos de Platón,hay que leerlos en la adolescencia para entenderlos en la madurez. Igual con Torres Bodet, con Octavio Paz y sobre todo con José Gorostiza, con la diferencia, reitero, que no es imprescindible al principio comprenderlo, al contrario, hay que sentirlo, oír la intensa sinfonía que lo acompaña y abandonarse al hechizo de la cadencia que transmite.
José Gorostiza es un mexicano universal, un poeta mayor de excelencia. Nació en Villahermosa, Tabasco, México, el 10 de noviembre de 1901; falleció en México D.F., el 16 de marzo de 1973.
Está clasificado como perteneciente a la generación de los Contemporáneos, y se le ubica junto a los de la primera oleada: Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellanos y Enrique González Rojo. Se aproxima también a los del segundo grupo: Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen y Jorge Cuesta.
La cercanía con estos últimos destaca por el espíritu crítico que los caracterizaba, por la crítica literaria que practicaron. La revista que fundaron y mantuvieron en primeros niveles durante los años del 1928 al 1931, situó a esos escritores y poetas en una suerte de transición del posmodernismo hacia la poesía mexicana de la primera mitad del siglo pasado.
Gorostiza mantuvo, a pesar de todo, una singular autonomía intelectual, en la que destacó en todo su esplendor la inteligencia consciente, retocada con el tinte azul de una cultura de alto nivel literario, y sazonada con la especia de su experiencia profesional en el servicio público.
Su obra no es abundante, pero es de la mejor  calidad: Canciones para cantar en las barcas (1925), Muerte sin fin (1939), Suite en dolor de Luz Vaderraín (post mortem, 1990). De corte histórico: La tesis de México entre Chapultepec y Bogotá (1948).
El poema sublime Muerte sin fin, que da nombre a su libro más conocido, es sin lugar a dudas el más importante de la literatura mexicana. Adentrarnos en esas líneas cargadas de simbolismo, de hondos conceptos y bellísimos tropos, es levitar entre nubes de placer. Un requisito es indispensable: el abandono de si mismo para escuchar.
El poema no debe ser leído entre “prudentes palomas” –los ignorantes- porque sería algo parecido a rociar con perfume francés el baño de las bestias en el corral doméstico;si acaso, podrá ser presentado ante grupos de “curiosos ángeles” –los intelectuales-, con el objeto que sea apreciado en toda su intensidad.
En Gorostiza, al igual que en Paul Valéry –alma hermanada en la poesía- destacaban la inteligencia como atributo superior del poeta, y tan es así, que en un epígrafe escrito en Muerte sin fin,  en la edición de Lecturas mexicanas del Fondo de cultura económica, 1964, se puede leer:
“Conmigo está el consejo y el ser; yo soy la inteligencia, mía es la fortaleza. Proverbios, 8, 14.”

En otras líneas, buscando buscando, me topo y encuentro en Muerte sin fin con versos que presentan esa virtud de la mente humana, esa característica:
¡OH INTELIGENCIA, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo! (...)

¡oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico, (...)

Gorostiza,cuando habla de la razón y de la inteligencia, medita, piensa y posteriormente escribe; esto es evidente. La perfección en el sonido, en su tesitura, la armonía lograda en el poema, es el resultado de un ejercicio mental de poeta mayor, trasladado al papel con pluma mojada en circunvoluciones cerebrales.
El poema de gran aliento al que me aproximo, se puede leer por partes, fragmentado si se quiere como los movimientos de un concierto en que el virtuoso es el poeta, un solista de violín a la manera y con el esplendor de Paganini, o con el vigor de una pieza maestra ejecutada al piano con y como en los conciertos de Rachmaninoff.
En una noche lluviosa, escúchese como fondo el segundo concierto para piano y orquesta de ese compositor ruso, al tiempo que se da lectura en silencio a Muerte sin Fin. La perfecta sincronización de las notas con las estrofas, confirmará mi acerto.
Primer movimiento. Encuentro en la exploración de sus líneas, una primera parte de búsqueda y planteamiento teofántico que arranca con las siguientes palabras:
“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
 por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso” (...)

Inicia Gorostiza la descripción de su angustia por la falta de certeza racional en la existencia de un dios vago e incomprensible.
Quizá en ese primer terceto, aún no encuentra a la divinidad, pero la intuye en la recóndita comparación de Dios con un vaso.
“Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
 no sea sino un vaso (...)

 Esa figura que pudiera parecer irreverente, no lo es, ya que el vaso semeja en la metáfora el continente, que al recibir el agua, el contenido, el alma de Gorostiza, la moldea a su imagen y semejanza, tal como según el cristianismo hace Dios con sus criaturas.
Ha encontrado el poeta a la divinidad, por la simple contemplación de un vaso con agua.
Recorre raudo el poema senderos de belleza y símbolos constantes enlazados con destellos de metáforas y de sinécdoques: “edad amarga de silencios”, “qué agua tan agua”, “-peces del aire altísimo- los hombres”, “el río hostil de su conciencia”, “muerte sin fin de una obstinada muerte”, “en la inminencia misma de la sangre”... y
concluye la primera parte de este impresionante réquiem con una exclamación de alegría contradictoria: “¡ALELUYA, ALELUYA!”
Segundo movimiento. Luego, como en las grandes obras de la narrativa universal, nos da un respiro para descansar de la honda densidad a la que nos ha llevado, y nos regala con una juguetona fiesta en seguidillas con simetría de ronda infantil, que acompaña de un “Baile”  transmisor de inocencia y de candor encantadores:
 “Ay, pero el agua,
Ay, si no huele a nada.”

En esos deliciosos versos de las líneas anteriores, se puede descubrir un coro con ecos de niñez desenfadada.
Tercer movimiento. El gran aliento reside aquí después de la introducción y del respiro; allí escuchamos atentos las sonoridades de su piano y de su violín, y vibramos con el ritmo del concierto para dos instrumentos en Sol mayor, en Dios mayor:
-¡Flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!-

No se puede encontrar en solo dos líneas, más elementos de naturaleza, de muerte, de tiempo y de misterio que en este poema inmortal.
El virtuoso remata con los acordes familiares: ¡ALELUYA, ALELUYA!
Agradecen los aplausos los ejecutantes: “El conmigo, con nosotros tres;” (...)
Ante la insistencia de sus admiradores, los virtuosos regresan al escenario y deleitan a los lectores con un regalo adicional al programa original, otra delicadeza servida en cantos y conjuros imposibles de olvidar:
¡Tan-Tan! ¿Quién es? Es el Diablo, (...) que se remata con un siempre recordado conjuro a la muerte y al maligno: ¡ Anda, putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo!
Cómo tratar de explicar tan elocuente ironía, cómo no admirar la mezcla de movimientos tan dispares: de abismo impresionante a juguetona melodía, de la angustia de vivir al encuentro con la divinidad,
de ronda de niños a la esencia de la muerte.
Hay pues extremos en la poesía, en los poemas y en los versos. Se pueden situar esos finales arriba y abajo, a la altura de los dioses o a nivel de los mortales.
La poesía es el instrumento más puro para acercar a los villanos con lo divino, ya sea en forma de una simple oración dicha en los templos de todas las religiones, o escrita con sonoridades musicales.
Gorostiza está en el extremo superior de la poesía del mundo, y toca a Dios y a los hombres con esta Muerte sin fin, tan accesible y bella.

Jorge Martínez Gracida Bribiesca.

Oaxaca de Juárez, Oax., Julio de 2003.