Medicina tradicional  Ayuuk. Una experiencia de vida.

Por: María Luisa Acevedo Conde


El pueblo ayuuk nunca ha pensado al hombre como un ser excepcional, sino como una parte de la naturaleza con la que tiene que vivir en armonía. Cree que la tierra es un ser vivo y que todo lo que hay en ella debe ser respetado y agradecido, porque está ahí para ayudar a los seres humanos a vivir.
Una vez invitaron a toda mi familia a una ranchería del pueblo mixe de Ayutla para almorzar. Se trata de un lugar situado en una hondonada que se forma entre cerros que son una especie de contrafuertes del cerro de La Cruz y que por estar situados unos 200 metros más abajo que la cabecera, disfruta de un clima cálido que contrasta con el clima frío de la cabecera situación que, unida al hecho de que cuenta con el agua de un río a cuya cercanía  se levanta el poblado, determina que existan las condiciones necesarias para permitir el cultivo de caña de azúcar y la producción de panela. El lugar se llama  El Paraíso y está habitado por unas cuantas familias, entre ella la de don Cipriano Ortiz, nuestro anfitrión. Salimos temprano de la casa porque teníamos que caminar un trecho que resultaba largo para los niños más pequeños que tenían entre cinco y ocho años, pero como el camino era de bajada, podíamos ir corriendo en ciertos trechos. Llegamos cuando en el reloj del pueblo daban las nueve y encontramos que había en la mesa varios vasos de jugo de caña recién exprimido  para que pudiéramos tomarlo de inmediato y refrescarnos. Después, nos mostraron el trapiche y nos explicaron el proceso para obtener la panela y el aguardiente de caña, mientras las mujeres se afanaban en la cocina para tener la comida dispuesta. Nos dieron un almuerzo delicioso acompañado de tortillas que se iban elaborando EN EL COMAL DE BARRO mientras comíamos y que además de estar calientes y suavecitas, tenían el sabor del maíz criollo.
El lugar era un vergel, pues la familia tenía gusto por las flores y poseía una huerta de hierbas de condimento digna de admirarse, de donde la familia obtenía ajo, rábanos, lechugas, cilantro, albahaca, yerbabuena y otros. Todo estaba en su lugar y aunque los pisos eran  de tierra, habían sido cuidadosamente consolidados para evitar que se levantara polvo. Cerca de la una de la tarde nos despedimos y empezamos a subir la cuesta caminando lentamente para mantener un  ritmo de ascenso apropiado para todos. A media cuesta, mi suegra  se desvió de la vereda y yo me fui tras ellas creyendo que conocía un camino corto, pero cuando se dio cuenta de que la seguía me indicó que volviera a la vereda y siguiera subiendo con los demás. Un poco más arriba encontré una piedra y me senté a descansar, pero me llamaron la atención los gestos de mi suegra y me quedé a observarla. Se paraba y miraba con detenimiento a su alrededor y luego levantaba la cabeza en dirección al cerro de La Cruz, levantaba la mano haciendo la señal de la cruz y luego volvía a mirar hacia el suelo, frente a ella; me pareció que movía los labios, aunque yo no podía ver a quien le hablaba, lo que me intrigó más todavía y me obligó a seguir observando. Se agachaba y cortaba alguna planta que ponía en un hueco que hizo con su rebozo entre su pecho y su brazo izquierdo. Emprendía la marcha y casi enseguida se volvía a parar, miraba en torno suyo y volvía a mirar hacia el cerro, levantaba la mano, volvía a mirar al suelo, murmuraba algo, cortaba una mata y la colocaba junto a las demás. Todos los caminantes fueron pasando frente a mi, pero yo me quedé para observar la conducta de la señora , quien, por fin, llegó junto a mi cargando una buena cantidad de hierbas. Pregunté entonces para qué las quería y me contestó que eran para curar y que las estaba cortando aprovechando que las encontraba y que era día de luna nueva, pues, según me explicó, era el momento propicio para recolectar las plantas curativas porque entonces se concentra su fuerza y resultan más eficaces. Pregunté entonces por qué miraba al cerro y hacía la señal de la cruz y me dijo: “en ese cerro hay una cueva en la que mora la tona del pueblo, su espíritu protector y el dueño de todo lo que la naturaleza tiene ahí y es necesario pedir permiso a ese dueño para poder tomar sus cosas y explicar para qué serán empleadas”.  Agregó que “la planta misma, necesita saber que se le sacrifica para llevar la salud y la vida a un ser humano” y que, por eso, si ella quería curar  era necesario “hablarle a la planta y pedirle permiso a ella y al dueño del cerro para tomarla”.
Llegamos a la casa y  extendió las plantas sobre una mesa de la cocina pues, según dijo, tienen que secarse a la sombra, pues la luz del sol les quita la fuerza. Mientras lo hacía, me daba sus nombres y me señalaba pará que eran útiles, conocimientos que , por torpeza, no valoré ni registré, perdiendo de esta manera la oportunidad de aprovecharlos.
Varios días después, cuando las plantas ya estaban secas, tomó algunas de ellas y las puso sobre el comal, las tostó y las pulverizó antes de guardar el producto en papelitos que dobló cuidadosamente.
Pasaron los días y olvidé lo que ahora relato, pero sin merecerlo, tuve la oportunidad de conocer cómo se usa la herbolaria mixe. Una niña llegó muy agitada a la casa y preguntó por mi suegra.  En cuanto la vio le dijo que venía de un rancho situado como a 12 kilómetros del pueblo  para solicitar que acudiera a curar a un señor al que había cornado un toro y que estaba muy mal “con las tripas de fuera”. La señora contestó que iría en cuanto tomara sus cosas, pero que la niña debía adelantarse para pedir que pusieran a hervir “suficiente” agua y luego la dejaran enfriar tapada con un trapo limpio. Ella sacó algunas hierbas y los polvos que había preparado, tomó un jabón, trapos limpios que dijo iba a necesitar, una botella de mezcal y una botella de alcohol. Puso todo en un morral y emprendió la marcha. Yo me alisté a acompañarla porque quería ver que haría con un hombre cornado al que yo daba por muerto, pues la mayoría de los toreros que eran cornados en la Plaza México, morían de septicemia sin que los médicos pudieran hacer gran cosa.
Llegamos como a las cuatro de la tarde a un sitio en el que no había luz eléctrica y enseguida pidió ayuda para poner al herido sobre una mesa y para obligarlo a tomarse el mezcal, pues solamente así perdería la conciencia, ya que no había otra manera de anestesiarlo.  Pidió una palangana de peltre que lavó muy bien y luego desinfectó poniéndole alcohol y prendiendo fuego; luego, ella se lavó las manos cuidadosamente, limpiando muy bien sus uñas y se frotó alcohol; llenó con agua hervida la palangana y se puso a limpiar los intestinos del señor, que estaban llenos de tierra, lavándolos cuidadosamente con el agua y el  jabón corriente que llevaba. Cuando consideró  que ya todo estaba limpio, metió las tripas en la cavidad abdominal y procedió a coser la piel con aguja e hilo comunes, eso sí, previamente desinfectados, con grandes puntadas que abarcaban un trozo grande de piel con el propósito de evitar desgarros. Ya estaba casi obscuro cuando terminó  de coser y entonces sacó los polvos que tenía en los papeles, y que yo había visto preparar semanas antes, y los puso sobre la herida. Pregunté para qué servían y me dijo “son como sulfatiazol y sirven para secar la herida, para que cierre rápido y para que no se infecte”. Después de eso, puso sobre la herida un trapo limpio que hirvió cuidadosamente y luego exprimió muy bien, para que de esta manera no quedara expuesta la herida. Pregunté si no sería necesario vendar y me dijo que no, porque la venda se pegaría y porque una herida cubierta se infecta con más facilidad.
La familia estaba consternada y yo sorprendida de que el herido continuara vivo después de tan terrible accidente y de la no menos dolorosa manipulación que acababa de presenciar, pero la curandera dijo que los resultados solamente se conocerían cuando el enfermo pudiera alimentarse, digerir y defecar correctamente. Para vigilar este proceso, se quedó en el rancho varios días y cuando volvió a la cas dijo que la herida no se había infectado y que el enfermo había estado tomando infusiones de hierbas que ella le administraba y café y que a los cuatro días “había pedido su tortilla”, frase que indica que ya tenía ánimos de comer y que dos días después había defecado, señal de que sus intestinos “no se habían enredado y estaba funcionando correctamente”. Fue entonces cuando pudo regresar a la casa, dejando al hombre en plena recuperación.
Muy sorprendida le pregunté a la señora quien le había enseñado a curar así y me dijo que nadie, pero que ella pensó que no podía quedarse sin hacer nada y se decidió a atender el caso, agregando que no era cuestión de saber, sino de no tener miedo y pensar cómo hacer todo lo posible por remediar la situación con lo que se tiene a la mano.
Yo no quería creer que todo esto hubiera tenido un  buen fin, pero unos 20 años después me encontré con el hombre que sobrevivió a una cornada. Lo vi caminando por el pueblo y aunque cojeaba un poco, se desenvolvía con naturalidad. Me acerqué a él para preguntarle cómo se sentía y él me mostró su herida y me dijo que bien y que seguía su vida normal, aunque ya no araba su parcela ni cargaba bultos pesados. Le pregunté qué pensaba de la curandera y me dijo que cuando lo curó a él, ya tenía fama de tener manos de sanación que le había dado Dios y que él mismo era una muestra de ello.