LOS TERRÍCOLAS DE VILLORO

Por: Jaime Ángeles Aquino


“Entre más tranquila y clara esté la superficie, mejor se ve el fondo”, con esta analogía sobre un lago Juan Villoro define su escritura. No hay forma de negarlo, nos encontramos ante uno de los grandes cuentistas y cronistas de las letras no sólo mexicanas. El humor de Villoro nos recuerda que, pese a no ser tan frecuentado por los escritores de este país, sin duda pertenece a una de las más grandes tradiciones literarias cuyos cultivadores como Salvador Novo, Carlos Pellicer, Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Monsiváis, Alejandro Rossi o José de la Colina le imprimen un sello de calidad digno de arrojar nuestras narices entre las páginas de sus libros. Además, tal vez el humor sea la única herramienta, remedio infalible, para poder enfrentar los sinsabores de la vida diaria.
         Mis encuentros con la obra y persona de Villoro han sido fortuitos y muy afortunados en cuanto a mí concierne. A finales del siglo pasado –me gusta cómo suena esta frase y al mismo tiempo me pone a meditar sobre la relatividad del tiempo-, el autor de El disparo de argón fue invitado a mi universidad junto con Manuel Felguérez a dar una charla sobre la obra de éste último y con motivo de una exposición que se había montado en las Galerías del viejo casco de la ex hacienda. Personalmente no conocía la obra de Villoro, ni la del pintor y escultor constructivista-expresionista, salvo por un relato, “El yupiteca salvaje”, que aparecía reunido en las lecturas de un curso de redacción. Me impresionó su capacidad de contar, su inteligencia y humor a la hora de comentar los métodos publicitarios que practicó en Alemania para promover la obra de Felguérez a la cual tuvo que emparentar directamente con “las grecas mexicas y el arco triangular maya” y que después me vino a la mente mientras disfrutaba del cuento “La estatua descubierta” incluido en el libro La casa pierde (1998). Desde esa época han pasado una feria de libro en Oaxaca, la antesala al concierto de Bob Dylan en el Auditorio Nacional y, finalmente, la presentación de su más reciente libro, ¿Hay vida en la Tierra? (2012).
           Dotado de una lente de sociólogo cultural mundano, pero sin la pedantería sajona o francesa, más una capacidad reflexiva de filósofo de la calle, la narrativa del Villoro de ¿Hay vida en la Tierra? nos devela en pequeños sucesos cotidianos o en personajes peculiares aquellos aspectos fundamentales del ser humano. Algunos ejemplos van desde las prácticas mercantiles o automovilísticas de su madre, pasando por una mujer en búsqueda de una hipótesis redentora para las acciones de su marido; las creencias míticas urbanas y los comportamientos de sus amigos, entre los que destacan Chacho y Frank; los sinsabores del encontrarse con el medio hostil de la burocracia mexicana; los pequeños detalles que hacen la diferencia en la vida como los animalitos de su pequeña hija, unos zapatos ruidosos o una liebre mecánica; hasta los premios literarios, las prácticas en familia –la modestia de los Glutamato, “el hueso de la suerte”, la ponchera del tío inventor, las persecuciones del schnauzer Coco- o los paralelismos citadinos de un taxista, inundan las páginas de su anecdotario personal. Tal vez en las observaciones contemporáneas de Juan Villoro se encuentre algo de eso que Ortega y Gasset denominaba un fenómeno común del hispano, es decir, esa búsqueda de la identidad lugareña y de la ontología del ser ¿nacional? Intenso como Samuel Ramos o Leopoldo Zea, perspicaz como Paz y su Laberinto, el ser mexicano de Villoro está más cerca del ex compañero de banca hiperionista de su padre Luis, más en la tónica de la fenomenología relajienta de Portilla. Sin embargo, encasillar a la viva prosa del autor de El testigo como la explicación a un fenómeno sociocultural actual mexicano me sabe mal, porque lo que al cronista le sucede es su cotidianeidad apreciada mediante ese lente mágico que sin duda le ha regalado la literatura y su praxis. Finalmente, lo que mejor definiría a estos cuadros villorinos y su temática sería aquello que hace poco leí en un artículo de Enrique Serna:
Quizá el escalón más alto de la sabiduría y el mejor antídoto contra los excesos tóxicos del orgullo consista en restar importancia a los órdenes jerárquicos de la cultura. La ironía no solo es un principio básico de higiene mental, también es una virtud necesaria para convencer a los escépticos de que las letras y las humanidades sirven para algo .

Más allá de comentar su libro, lo que deseo realmente es agradecerle a Juan un regalo que me hizo de manera fortuita o, pensándolo bien, tal vez no. Me explico. Llevaba algunos días leyendo de forma matinal, unos minutos antes de empezar a trabajar, un relato de ¿Hay vida en la Tierra?, lectura que interrumpí por un viaje y una novela del chino Gao Xingjian, misma que he interrumpido para teclear este texto. Creo firmemente en que lo viajes -internos o geográficos, así como una buena lectura, de ahí que los equipare algunas veces- logran movernos algo por dentro y hacernos aprender y reflexionar sobre nuestra persona o vida. En esas estaba cuando me di cuenta de lo que realmente deseaba era ese regreso al estilo de Odiseo, volver y entablar una relación más profunda con mi pareja. Ella necesitaba espacio y más tiempo para entender lo que trataba de explicarle con mi nueva idea de “compromiso”. Mi pesimismo, usual en situaciones donde asoma su rabo lo que supongo un rechazo, me hizo pensar que mi relación había terminado. Durante el transcurso de lo que fue su periodo para “asimilarlo y pensarlo” y mi “triste regreso a la solitaria Ítaca”, fui a dar mi clase que en ese entonces trató sobre la prevalencia de la lectura de Octavio Paz y el “ser mexicano”. Al salir, en plena calle me topé, como si me esperara, con el cartel de la presentación del nuevo libro de Juan Villoro. Ataviado con el trabajo de oficina, me di un respiro para escuchar al autor de La noche navegable. Llegué tarde y mojado por la lluvia, pero había valido la pena, el humor de Villoro es tonificante ante las penurias amorosas. De repente volteé y mi mirada se encontró con la de ella, que caminaba hacia mí. La abracé con un gusto y nerviosismo insólito, no había visto las suficientes películas de karate como para pronunciar una frase lapidaria que la trajese de vuelta. Se veía como siempre: hermosa. Ambos disfrutamos de la charla de Juan y nos acercamos, cada quien con su ejemplar, a pedirle una dedicatoria. El lema favorito del escritor holandés Cees Nooteboom es “la transmigración de las almas no tiene lugar después sino durante la vida” y muy seguramente un buen libro logre hacernos vivir esta acertada máxima. Así pues, ¿sin saber?, el autor de Llamadas de Ámsterdam al poner de su puño y letra nuestros nombres en la primera página de su reciente libro nos regaló un momento más de unión gracias a ese pasaporte ficcional para navegar el magnífico planeta literario llamado: Juan Villoro.

Enrique Serna: “Misantropía intelectual” en Letras Libres (2012) XIV, 164, p. 114.