letras capitulares

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


Grandes, dominantes y bellas… así son las letras que inician un párrafo, una página o un libro. Su presencia demuestra prosapia y galanura, pues sus familias tienen mucha historia generacional y se caracterizan por imponer un estilo para cada época.
Por ello son un referente continuo para los historiadores, editores y artistas, pues cuando un documento impreso -ahora una página web- desea causar gran impacto visual, la utilización adecuada de una letra capitular llama la atención de manera elegante, con un toque de exclusividad y belleza, y con el sello del lugar o el período que se quiere representar, es decir, con su estilo.
El apelativo de “capitular” hace clara referencia a su función de dar inicio a un fragmento de texto, pues viene de la Roma clásica, donde las letras de gran formato -que pueden abarcar desde dos ó tres renglones hasta gran parte de la página-, se llamaban en latín “capita” que era, según los estudiosos, el nominativo-acusativo plural de caput-capitis y que se traduce como “comienzo”, “cabeza” o “capítulo”. Por cierto que también nos advierten que es erróneo llamarlas “capitales” en lugar de “capitulares”.
El maestro de lenguas muertas Juan José Marcos hace notar que las capitulares han tenido sus períodos de auge en las épocas: clásica, Edad Media, Renacimiento y en la era moderna, aunque nunca han dejado de utilizarse. En la actualidad se han enriquecido más que nunca, gracias a la libertad que tienen los diseñadores y a la magia digital.
En un principio, la capitular tenía una finalidad meramente práctica, pues en el Imperio Romano los textos se escribían en un latín continuo, es decir, sin espacios entre las palabras ni separación entre párrafos, de manera que en cada página los renglones estaban llenos de letras, generalmente puras mayúsculas, lo que hacía difícil y cansada la lectura, si bien en aquellos años eso se consideraba “elegante” y “digno”. Por ello, cuando las letras que daban inicio a cada párrafo o a cada capítulo se dibujaban ligeramente más grandes, se hacía más fácil la lectura.
Sin embargo, con la introducción de las minúsculas (llamadas semi-unciales), la escritura se volvió más legible y la velocidad de ejecución aumentó, así que con esa mejoría en la eficiencia del lenguaje escrito, las capitulares perdieron terreno en el cuerpo del texto, por lo que dejaron de usarse al inicio de cada párrafo, y sólo permanecieron al principio de cada capítulo, pero ganaron en tamaño y decoración, e incluso en algunos libros se realizaron a colores o doradas, con alto grado de elaboración.
A lo largo de la Edad Media, las letras capitulares protagonizaron los hermosos textos que traductores y copistas reprodujeron minuciosa y creativamente a lo largo de varios siglos. Esas letras no sólo fueron la indicación perfecta de cada inicio, sino que también ayudaron a los monjes en sus ritos, pues ante la escasa iluminación era de gran ayuda saber dónde comenzaba un canto, un rezo o una ceremonia.
Fue en ese momento cuando las capitulares se incorporaron a cualquier inicio de frase u oración, independientemente de que estuviera al principio o a la mitad del párrafo. Y también fue notoria la ganancia de color y la diversidad de diseños, originando desde entonces la añadidura de todo tipo de vegetación, geometría, paisaje, perfiles y estilizaciones, ya se tratara de una Biblia, una historia, un documento notarial o un cantoral.
Es admirable cómo, al reproducir los libros a mano, los escribas fueron sofisticando las capitulares hasta hacerlas competir con los marcos y las miniaturas con las que ilustraban los pasajes descritos en cada texto. Y al escribir esto, aceptamos que las capitulares habían alcanzado en ese momento el grado de “arte”, con el que se calificaba a los libros realizados en las asombrosas bibliotecas de las abadías, en forma manuscrita y en todos los idiomas conocidos. Por esta misma razón, el estilo de las capitulares tenía que adaptarse al modelo que cada idioma manejaba. De ahí que muchas de las letras capitulares merovingias sean tan floridas, las góticas tan hieráticas, las latinas tan austeras, las griegas tan formales y las insulares-irlandesas tan ostentosas.
Pero en realidad no había límites, ya que los escribanos, diseñadores y miniaturistas podían añadir a cada capitular los rasgos y colores que quisieran, e incluso prolongar sus líneas para confundirse con los marcos floridos o con las líneas separadoras de las columnas o “cajas de texto”.
La llegada de la imprenta fue paulatina y produjo un gran cambio: los libros se abarataron, los tirajes aumentaron y la demanda de impresos en todos los idiomas se multiplicó. En un principio, aún antes de la época de Gutenberg, los grabados de madera se utilizaban para “marcar” las hojas que posteriormente los escribanos realizaban a mano, imprimiendo sólo los bordes de las letras en algún color, lo que dejaba los huecos necesarios para rellenarlos a mano con otros colores o con dibujos miniaturizados. Esta es la razón por la que a veces es difícil identificar un “incunable” (libro anterior a la imprenta de 1501), pero también es una técnica mixta que permitió a artistas de la talla de Alberto Durero, Lucas Chanach “el Viejo” y Hans Holbein, realizar grabados que no sólo se referían a libros, sino a todo tipo de manifestación gráfica, en las que las capitulares compiten en calidad con los retratos, los paisajes y las naturalezas muertas.
Como muestra de esta transición tenemos a la famosa Biblia de 42 líneas de Gutenberg, considerado el primer libro impreso con tipos móviles, pues aunque cada hoja pasó por las prensas, las “cajas de texto” dejaron un hueco para dibujar posteriormente, a mano, las capitulares, además de otros ornamentos en los márgenes.
La presión renacentista por difundir libros a todos los países y utilizar los impresos como parte de la política expansionista de las potencias europeas, provocó un auge en las imprentas que se encontraban rebasadas por la demanda y buscaban formas de reducir los costos y los tiempos de impresión, pero sin sacrificar la calidad de sus productos. Por tal razón dejó de imprimirse en dos o más colores, pues el tiempo que los folios pasaban en el taller esperando ser “tirados” en cada color diferente se consideraba perdido. Fue por ello que las capitulares y otros ornamentos se plasmaron utilizando “clichés” o moldes de madera o metal que se colocaban en la misma platina de tipos móviles, pero que sólo tenían el contorno de cada carácter, por lo que se imprimía todo el conjunto en color negro, dejando los huecos listos para ser rellenados a mano por iluminadores, quienes no requerían gran experiencia ni ameritaban un gran salario.
Durante los 500 años siguientes, es decir, desde el Barroco hasta el siglo XX, las letras capitulares no evolucionaron técnicamente, pero si definieron su nacionalidad: las alemanas, por ejemplo, buscaron ser la expresión del humanismo y de la subordinación del hombre a la naturaleza; en esa misma vía se encaminaron las letras inglesas, aunque ésta últimas siempre retornando a sus diseños iniciales, es decir, en un constante revival ; por su parte las capitulares italianas retomaron su origen romano clásico y cuidaron refinadamente su proporción áurea ; en el caso de las españolas, la influencia del miniaturismo musulmán y de la arquitectura árabe es evidente; finalmente, las capitulares francesas aplicaron siempre los mejores avances del diseño, colocándose a la vanguardia año con año. Ya en el siglo XX, los Países Bajos y Estados Unidos generaron bellos y originales diseños de capitulares, muy apegados a sus respectivas modernidades.
En los últimos años, las letras capitulares han merecido la atención del mundo de las artes gráficas, pues se les considera uno de los principales puntos focales de cada composición y también uno de los motivadores para iniciar una lectura. La tendencia moderna indica que su color y tamaño deben armonizarse con el del texto de “la caja”, pues de ser contrastantes podrían parecer diseños autónomos y perder la continuidad visual. No es un buen consejo el simplemente “agrandar” la primera letra, pues los rasgos se vuelven toscos al competir con la finura de las letras más pequeñas del texto. Es mejor diseñar una capitular especial o utilizar las familias que ya vienen prediseñadas, siempre que hagan juego con el tema, el color y la función del libro o revista.
Las computadoras y la combinación con las artes plásticas han aportado mucho colorido, variedad y libertad a las capitulares. Han regresado las muy grandes, que abarcan gran parte de la hoja y también las que ocupan un gran segmento de los márgenes, pero combinando colores y creando fondos que en la era pre-digital eran casi imposibles.

Hoy como ayer, el buen gusto y la originalidad son la clave del éxito de un buen diseño gráfico. No es bueno dejarse llevar por los oropeles tecnológicos ni por las “fonts” gratuitas. Es mucho mejor aplicar con gracia las ideas propias y crear, para cada página, un sello tan individual como la rúbrica.

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Revival es cualquier movimiento artístico o sociológico que revalora las modas o estilos del pasado.

La proporción aurea (de oro) en una relación entre las dimensiones de las partes del cuerpo humano y de otros objetos de la naturaleza, observado por los griegos como una medida de la belleza, para ser aplicada en la producción artística.