De la tradición y su belleza

Por: María Concepción Villalobos López.


Indudablemente, una especial manifestación de nuestra cultura, está representada en aquellas prácticas comunitarias que nos definen como grupo y que por  ser especiales, nos distinguen de otros pueblos y nos entrelazan en una especial comunión que de alguna manera nos etiqueta, dibuja un rostro propio, da estilo a nuestra casa y se asoma en cada cucharada que llevamos a la boca, en cada nota musical que nos envuelve, en cada historia que repetimos.

 

Entre las vicisitudes económicas, las tendencias de consumo, las modas, la dinámica laboral  y también los cambios en las estructuras sociales,  nuestras tradiciones y costumbres  van  librando la gran batalla por subsistir; a veces pareciera que se han ocultado por generaciones enteras guardando  un prudente silencio,  para luego de un tiempo, cuando las circunstancias así lo permiten, cuando pesa más el recuerdo que cualquier otra cosa,  florecer para ser disfrutadas por otras generaciones que incluso ven en ellas la gran oportunidad de un negocio.

En ocasiones, este silencio obligado provoca una dolorosa añoranza y tal cual sucedió con el zapoteco, hubo quienes con tristeza anunciaron su desaparición, como el  poeta juchiteco Gabriel López Chiñas en estos versos:

 

Dicen que se va el zapoteco,
ya nadie lo ha de hablar;
terminó inexorablemente dicen
el idioma de los antepasados.
 
El idioma de los zapotecas,
se lo llevará el maligno,
ahora los instruidos
todos hablan español.
 
¡Ay!, zapoteco, zapoteco,
los que te dieron la espalda,
no saben cuanto
sus madres te amaron.
 
¡Ay!, zapoteco, zapoteco,
idioma que me revive,
se que morirás,
el día que muera el sol.

Doloroso canto de despedida a la lengua materna; sin embargo, diidxazá sólo  guardaba  el  prudente silencio y ahora irrumpe en el espacio en las voces del orgulloso pueblo que lo reencuentra  y lo habla,  lo canta y  también lo escribe.

Creo firmemente que las  tradiciones y las costumbres  son un legado invaluable que fortalece nuestra identidad; forman parte de nuestra vida e incluso explican las características  de buena parte del patrimonio edificado que en cada época fue diseñado y construido, específicamente para servir a muchas de las costumbres de un pueblo.

Las tradiciones y costumbres son resguardadas en la memoria colectiva, se añoran a la distancia, se consignan en poemas y canciones, se insertan en la agenda personal y comunitaria, se cuelan al álbum fotográfico familiar y también en los sofisticados medios de comunicación; tradiciones que cíclicamente se reproducen y también con el tiempo  se reinterpretan y se transforman, se adaptan con asombrosa flexibilidad para ser aprovechadas en un nuevo contexto económico, político y social, a través  un nuevo enfoque a su existencia.

Una mirada rápida a nuestras tradiciones a partir de un enfoque práctico, nos lleva  a identificar las que han cedido al contexto actual y pareciera que se van borrando; tradiciones que se esconden en el recuerdo de las personas mayores,  tal como ocurre con los antiguos carnavales en la ciudad de Oaxaca;  las llamadas Placitas de Cuaresma en las poblaciones de los Valles Centrales;  los paseos del Viernes del Llano o los altares de Dolores en las casas oaxaqueñas o las calendas de la Navidad, costumbres éstas que en la dinámica social, las limitaciones económicas y las jornadas laborales, van perdiendo vigencia, guardando el prudente silencio que les permite sobrevivir.

También están  las tradiciones vivas, las que dan identidad a la sociedad presente, las que nos inspiran y nos hacen sentir  el romántico orgullo de haber nacido en Oaxaca;  costumbres que cíclicamente  demandan nuestra atención, que  detienen la rutina y nos sacan del trabajo, colorean el entorno y nos recuerdan nuestra esencia.

En Oaxaca,  mirar el  calendario festivo nos alienta y nos motiva a saludar al vecino, a conocer a los mayordomos, a dar nuestro tequio, a llevar la ayuda a nuestros amigos, a salir a las calles y caminar entre gente que se divierte y juega; las costumbres vivas nos invitan a preparar la comida para la ocasión,  a disfrutar del estreno y a extrañar a los ausentes;  son el  espacio de la convivencia comunitaria, el lugar para estrechar las manos, para reconocer al vecino, para familiarizar, para compartir; tradiciones que atraviesan la rutina más densa  y nos devuelven al encuentro humano, a las miradas que se cruzan y  a las risas y los cantos que retumban en las paredes de cualquier ciudad.

Estas  expresiones  nos dan identidad y se viven aún cuando el ámbito privado  transcurra en los límites de una casa que por precaución  ya no abre sus ventanas, ya no recibe a los amigos y mucho menos, ofrece un lugar en la mesa al desconocido caminante, pues el espanto  de la inseguridad, ahora más que nunca, se ha convertido en el argumento perfecto para abstenernos, como si fuera una peligrosa enfermedad, de la vida colectiva.

Especialmente en Oaxaca, las tradiciones y su mundo se mantienen vigentes, han quedado resguardadas entre gruesas paredes de cantera verde, las protegen las montañas y las contempla el azul del cielo;  en  esta tierra, las tradiciones no se han ido y  aún en el caso de aquellas que pareciera se van borrando, viven  y mantienen  su tránsito generacional a través de  la oralidad y práctica rutinaria, se han convertido en parte  indispensable  de la dinámica social, representan nuestra esencia y también delimitan la   interrelación humana

Así sucede con centenarias tradiciones en la ciudad de Oaxaca  que resultan especialmente atractivas pues  representan costumbres que han trascendido en el tiempo; pues su  sentido profundo las hace inigualables y especialmente importantes;  tradiciones que se comparten desde el seno familiar, como ocurre con el altar de los días de muertos, que se viven en la religiosidad del templo y con un sentido específico como la Samaritana y el Viernes de Dolores  y que en Oaxaca todavía se viven con gran naturalidad, se esperan como algo que ha de ocurrir de la mano de la espontánea participación colectiva.

Hay miradas que valen la pena y al iniciar un nuevo año, observemos  con detenimiento el rumbo que han tomado algunas  tradiciones muy nuestras en respuesta al interés que despiertan en el visitante; identificar aciertos y errores es importantes e indispensable considerando que el llamado turismo cultural ha pasado del discurso a la realidad. Al respecto, en Centro de Estudios Superiores en Turismo, en su Estudio Estratégico sobre la Viabilidad del Turismo Cultural en México reconoce la necesidad de definir políticas y programas para quienes participan en el sector cultural desde el ámbito turístico, considerando desde la administración pública, las empresas, las instituciones educativas y también los viajeros.

En este sentido, el estudio que presenta la CESTUR, propone la revalorización de la relación cultura y turismo; la sistematización de instrumentos de planeación y control; el fortalecimiento organizacional; la optimización de la gestión del patrimonio cultural y el enriquecimiento de esta oferta, lo que nos obliga a replantear en el ámbito local el aprovechamiento que estamos haciendo de la cultura en el marco del aprovechamiento turístico.

Vale la pena mirar si las soluciones que en otros tiempos se plantearon para el disfrute del turista de tradiciones como la temporada de muertos, el Viernes de Samaritana, la Semana Santa  e incluso, los Lunes del Cerro –que representan un caso aparte-  son las más adecuadas en materia de preservación cultural, innovación del producto turístico y en general, del desarrollo sustentable, pues montar escenarios especiales en zonas turísticas  para el Viernes de Samaritana, en lugar de fortalecer esta costumbre en los atrios de los templos; instalar altares de muerto en el panteón, como una exposición dirigida al turista que se va sin saber el sentido de la ofrenda, y otras modalidades más que fueron adoptadas en años anteriores, considerando sólo el exhibirlas como un folklor para el visitante.

Hay miradas que valen la pena, y replantear las soluciones que hemos dado para el disfrute de las tradiciones en el ámbito del turismo en tiempos pasados, tal vez sea una de éstas, sobre todo si consideramos que los visitantes prefieren acercarse a la cultura cotidiana, más que  los escenarios especialmente arreglados a sus ojos.