las posadas y las calendas

Por: Acontragolpe


Con el ánimo de reflexionar las fiestas oaxaqueñas en el mes de diciembre, compartimos con ustedes este bello texto del inolvidable Alejandro Méndez Aquino…

El Lic. Luis Rublúo relata, basándose en una investigación de Germán Andrade Labastida y en la “Crónica de la Orden de Nuestro Padre San Agustín en las Provincias de la Nueva España” de Fray Juan de Grijalva, los orígenes de la mexicanísima tradición de las “posadas”.

Fray Diego de Sorio, Prior del convento de San Agustín de Acolman, obtuvo del Sumo Pontífice Sixto V, una bula para celebrar en la Nueva España unas misas, que se nombraron “De Aguinaldo” y que tenían que celebrase del 16 al 24 de Diciembre de cada año. Esta Bula del 5 de Agosto de 1586, concedía indulgencia plenaria y “remisión de todos sus pecados” a los que con el sacramento de la penitencia y eucaristía, asistieran a estas celebraciones.

“Las Misas de Aguinaldo” constituían en realidad, un novenario de preparación a la Natividad. Se llevaban a cabo en los atrios de los templos a la “hora que amanece” y “como la hora es tan alegre, la devoción tan grande, y tanta la solemnidad con que se cantan, fue grande la frecuencia de los fieles y el aplauso con que se recibieron”. En las Misas de Aguinaldo, se intercalaban pasajes y escenas de la Navidad, y terminaban con “piñatas”.

La piñata, además de un atractivo más para los asistentes, constituía un símbolo muy fuerte para la enseñanza del evangelio. Sintetizaba la lucha que debía sostenerse, valiéndose de la fe, para destruir las malas pasiones.

La olla, adornada con vistosidad y colorido, representaba al demonio, tratando de atraer, con su apariencia, a los humanos. La fruta, dulces y colación que lleva, son los placeres desconocidos que ofrece al hombre para llevarlos a su reino. La venda en los ojos es la fe, que debe ser ciega para aniquilar al espíritu del mal.

Algunos investigadores consideran a la pignatta italiana como antecedente de la mexicana, aunque la nuestra, con una personalidad especial, que da nuestro barro, el papel de china en tonos vivos y las caprichosas figuras que constituyen piezas únicas de artesanía popular.

No se sabe con exactitud cuándo se implantaron las posadas en la Antequera, ni si fueron la Orden de Santo Domingo, evangelizadores de Oaxaca o los Agustinos, que ya para 1586 tenían un tempo y quizás establecieron las misas de aguinaldo, de acuerdo a la bula pontificia de ese mismo año, los indicadores de esta tradición en la antigua tierra de Huaxyacac.

De cualquier manera, en Oaxaca debe haber ocurrido lo mismo que en el resto de la Nueva España. De las misas de aguinaldo en los atrios de los templos, pasaron a formar parte de las costumbres religiosas domésticas y del barrio, en el siglo XVIII, y a pesar de que en las iglesias no se eliminó la costumbre, las festividades hogareñas gozaron de más popularidad.

Del origen de las calendas sí hay noticias de que está ligado a los misioneros dominicos del siglo XVI.

“El origen de las calendas arranca de la evangelización de los primeros frailes. Oaxaca fue evangelizada totalmente por los frailes dominicos. Atentos a su misión apostólica aprovecharon las experiencias de evangelización de Europa para solucionar el problema de la cristianización de un territorio densamente poblado por indígenas, para llegar a los cuales el primer obstáculo era la diversidad de lenguas. Hubieron de recurrir al medio de la representación gráfica para llegar a las masas. Los primeros evangelizadores llevaban consigo grandes lienzos en donde estaba ingeniosamente descrita una síntesis rudimentaria del dogma católico…”

Esto nos lo relata Burgoa con detalles: “…llevaba consigo el siervo de Dios, (refiriéndose a Fray Gonzalo de Lucero) unos lienzos arrollados con pinturas de los principales misterios de nuestra Santa Fe… Descubría estas pinturas en los lugares más públicos… otros días les mostraba un lienzo de la Princesa de los cielos, y Madre de Misericordia, con los misterios del Santísimo Rosario, y les daba a entender, cuán poderosa era aquella Señora de Dios, y lo que gustaba, de que los cristianos la buscasen por medianera… se valía de los bautizados, que sabían las lenguas, a do llegaba, y habiéndoles instruido en las pinturas, les hacía declararlas, con tanto fruto, que eran innumerables los que se convertían..”

Ya un poco consolidada la obra misional, recurrieron los evangelizadores a otros artificios, como éste que nos relatan las “Reminiscencias” del Arzobispo Gillow y Zavalza “…los padres dominicos, renunciaron al principio a aprender esas lenguas, y procuraron instruirlos con la invención de las “Marmotas”, que hasta la fecha existían como recuerdo de lo pasado; suelen llevarse por las calles en las procesiones al celebrarse festividades religiosas. Son las marmotas unos globos grandes como de tres metros de diámetro, formada cada una por carrizos sostenidos por un palo alto en el centro, que sostiene un hombre robusto. En el globo se forman gajos y estos se cubren de manta blanca, sobre la cual los misioneros pintaban pasajes principales del Antiguo y Nuevo Testamento. En la parte inferior se encienden unas velas para iluminar los lienzos y así los dominicos por señas y cuadros civilizaron a los indios, instruyéndolos en la Santa Religión Católica, de la que tenían un vago conocimiento”.

En esta forma, las marmotas, instrumento ingenioso de adoctrinamiento, salían por la calle en las tardes a recorrer la ciudad o el pueblo, y ya entrada la noche, regresaban a la iglesia parroquial, seguidas por la muchedumbre que portaba velas, faroles, flores y carrizos adornados con banderitas de papel.

En las festividades más rumbosas, especialmente la del Santo Patrón, se representaban en los atrios del templo o en las capillas abiertas, como ya se mencionó, los autos sacramentales, o simplemente cuadros plásticos representando escenas bíblicas.

“Los participantes de estos cuadros plásticos o actores del drama religioso ya caracterizados, eran recogidos en sus domicilios por una carreta engalanada vistosamente a la cual acompañaba a la marmota. De ahí nacieron probablemente los actuales carros alegóricos, verdaderos cuadros plásticos siempre relacionados con la festividad”.

La calenda es una procesión con ciertas características especiales, que probablemente se le fueron añadiendo en el transcurso del tiempo. Por ejemplo en el siglo XVIII, siendo obispo don Tomás Montaño, dispuso en 1741 que procedieran la procesión de Corpus, unos muñecos enormes, de confección ligera, accionados por un hombre en su interior. Estas esculturas de papel y manta, representaban las diferentes razas del mundo y el pueblo recibió con alegría a los “gigantes”.

A partir de las Leyes de Reforma, la procesión del Corpus fue suprimida, pero los “gigantes” siguieron bailando en las calendas.

Para comparar la poca diferencia entre una calenda y una procesión de antaño, veamos cómo describe esta última, don Francisco Vasconcelos, con las costumbres oaxaqueñas del siglo XIX: “Abríase el día a las cuatro de la mañana… se rezaba el rosario, esto es, si no se podía acompañar al estandarte que a las tres y media salía en procesión… De Santo Domingo, recorrieron varias calles hacia el Sur, para dar vuelta en la esquina de San Agustín y siguiendo hacia el Norte entraba a las cuatro por el costado del mismo templo… se componía de seis faroles de vidrio en astas de madera, una bandera con escudo de la virgen del Rosario, una música de tres instrumentos con su cantor, un lego dominico encargado del rezo… alumbradoras con cera y banderas y faroles de las cofradías del rosario…”

Los elementos entre una y otra son los mismos: El fervor religioso, la música (en la calenda la insustituible “música de viento”), los faroles (en la calenda los oaxaqueñísimos “de vejiga”), y las alumbradoras con ceras, que se regalaron al suspenderse el culto externo. “Recuerdo… una calenda de Navidad de la Iglesia de Los Príncipes, en que el Niño Dios era conducido en medio de gran cantidad de cirios de cera”. Otro testimonio: “vimos venir… una procesión formada por más de cuarenta mujeres, obreras de la Compañía Cigarrera Industrial, que con grandes velas de cera encendidas alumbraban reverentemente a una señora que en gran charola llevaba al niño. Para cuidar el orden acompañaban a esta procesión algunos gendarmes…”

Por lo que se refiere a las canastas enfloradas, bellísima expresión de nuestro arte y fantasía popular, por la selección de figuras formadas de flores, la combinación de éstas y sus tonalidades, con certeza nada se sabe en cuanto a su origen. Probablemente eran amorosas ofrendas de los horticultores del Sur de la ciudad, que portaban gallardamente sobre sus cabezas la donosura de las chinas oaxaqueñas, de los barrios de Cuyula, La Noria y La Trinidad de las Huertas. Un párrafo de Don Manuel Martínez Gracida sobre el tema: “Llama la atención pública en esta calenda las canastas que llevan las muchachas sobre la cabeza, adornadas caprichosamente con flores del tiempo, figurando templos, palacios, arcos, coronas, monogramas de María, etc., etc., las cuales merecen alabanzas por artísticas.”

 Hay una conseja sobre estos adornos de flores: Se dice que eran mandas o actos de penitencia pública. Las mujeres que las llevaban, ponían piedras en el fondo de las canastas, para que les sirviera de mortificación voluntaria, y llegaban extenuadas al punto final de la calenda.

En síntesis, ¿qué es una calenda? La contestación es:

“Una convocatoria, una predicación viva, y un motivo de regocijo popular.” Algo similar nos comenta María Elena Sodi de Pallares, al hablarnos de la etimología de la palabra CALENDA: “… proviene del nombre KAL, de origen sánscrito y que quiere decir resonar; del latín calare, que significa convocar en público y del griego KALEIN cuya traducción es llamar”.

La misma señora Sodi de Pallares, nos cuenta que a fines del siglo XVII, hasta principios del XIX, los habitantes de los pueblos comarcanos al lugar en que iba a celebrarse una calenda, nombraban un dignatario para encargarse de la organización de las fiestas del Santo Patrón. En algunos sitios se le llamaba con el ostentoso título de “señor Mayordomo”.

Para que las fiestas tuvieran inusitado éxito, se invitaba a todos los pueblos de los contornos a traer sus productos regionales para intercambio o trueque mercantil, sin gravamen de tributos.

Los que concurrían a las calendas hacían largas caminatas, atravesando poblados, donde eran recibidos con festejos, pues el “Señor Mayordomo” había enviado varias embajadas para invitar a todos los pueblos del área. “Al llegar al sitio donde se efectuaba la fiesta, eran recibidos con solemnísima pompa, ya que no sólo eran peregrinos devotos, movidos por un sentimiento místico, sino comerciantes que ofrecían rico botín de mercaderías. Además eran hombres de diversas razas, costumbres varias y costumbres diferentes, que se ponían en contacto con habitantes de otros poblados fomentando así un acercamiento de razas, costumbres y culturas diversas.”

De las calendas de la Antequera, las más notables eran las del Carmen Alto, Los Príncipes, Consolación, San Juan de Dios, La Merced y principalmente la de La Soledad, patrona de Oaxaca.

“La calenda de la Soledad era suntuosísima: Despuntaba el mayordomo con el maestro cohetero y media docena de oficiales que portaban su imprescindible tizona de cáscara de coco tehuano; los aprendices conducían “chiquihuites” cargados de cohetes que iban facilitando a aquellos tan presto como se les requería. En cada esquina, tras la fugacidad de un cohetón desmesurado, se quema una rueda “catarina” que un chiquillo paseaba en volandas hasta cien metros adelante del popular cortejo, a modo de estridente anunciador.

Este era el día especial en que la tía solterona o la hermana casada y respetable accedía al lloriqueo de la entusiasmada niñería femenina, que estrenaba con alboroto para salir con miles de recomendaciones maternas. Después venía el cortejo de floreras del barrio de Consolación y la Trinidad, guapas zagales de donairoso porte y arracadas deslumbrantes, tan sólo rivales con los destellos de sus lindos ojos. Este era el día de las floriculturas: todas llevaban sobre su cabeza un altillo, y dentro de él, el armazón que sostenía un bello y sugestivo adorno floral, ya una lira, ya un cisne de rosas italianas, ya un pavo en que a la maravilla de las dalias se agregaba la fragancia de las violetas y el contraste de los azahares; ya en fin, águilas, corazones y otras mil elucubraciones caprichosas que no eran ni lira, ni cisne, ni pavo, pero sí tenían el encanto de la fantasía popular, fanática y alegre.
Nunca faltaron tampoco los chiquillos, a veces llevados de la mano de la comadre mofletuda, y a veces con la libertina vocinglería de la infancia, portando verdes carrizales despojados de las márgenes del Atoyac, y figuras de papel de china con armazón de varas y asta larga, que morían incendiadas casi siempre por manos inexpertas, y entonces, ¡qué de jubilosa algarabía! ¡qué de pucheros de adolescencia!  

Las figuras de papel de colores, que llevaban los chiquillos portadores por dentro de una parafina encendida representaban la luna, el sol, tehuanas, chinas poblanas, monos, gigantes, enanos, diablos, muertes, ángeles y multitud de personajes simbólicos más, que la fantasía del vulgo personificaba y entrometía en la festividad religiosa con la sosegada complacencia de la autoridad eclesiástica que vio en ello, tal vez, el aceptable conciliábulo de sus propósitos píos con el desdoblez de un sentimiento vernáculo. Después, en su orden, seguían componiendo el complejo los portaestandartes, especie de representativos de las diversas capellanías de la ciudad que llevaban a la calenda principal, como homenaje a la virgen de la Soledad, grandes estandartes de terciopelo con figuritas de plata e imágenes de santos, campanitas y flecos. Además, los faroles, también contribución de los otros templos de la ciudad, conducían sus respectivas farolas de vidrio de colores y guarniciones de hojalata en lo alto de un asta. Al entrar la noche las farolas lucían su policromía por efecto de las velitas encendidas. Las músicas de banda se intercalaban entre los coheteros y las floriculturas, entre éstas y los estandartes, de todos modos siempre a lapsos dentro del cortejo, según la irrevocable disposición del mayordomo, asesorado oportunamente por D. Espiridión…”

Dos curiosos detalles amenizaban la calenda de la Virgen Solitaria. El primero: se encontraba en la sacristía del santuario un cañón de pequeño calibre que el Generalísimo don José María Morelos y Pavón dejó en prenda de gratitud a Nuestra Señora de la Soledad, durante la campaña de Oaxaca. Por muchos años anunció la salida de la calenda, con un estruendoso sonido, que sin proyectil, hacía la delicia de la chiquillería y de la alegre multitud. No se sabe dónde terminó esta pieza de artillería. Alguien dice que el Gobierno de la Sobería lo usó en Tlaxiaco para hacer proyectiles. El segundo: A las nueve de la noche “los tenderos de toda la ciudad disparaban al vacío sus escopetas mohosas pero fieles; esta salva atronadora eran un tributo más.”

En tiempos coloniales las calendas se hacían visitas entre sí. Costumbre que implantaron los frailes y se llevaron a efecto hasta la época de la Reforma. La calenda de Santo Domingo dirigía su itinerario hacia el templo de San Francisco por las calles de El Reloj, Santa Catalina, de Vega, de Margo, de la Palma, de San Agustín, del Cedro, de la Loca y del Cerrojo (actuales calles de 5 de Mayo y Armenta y López) hasta llegar al convento de San Francisco, donde era recibida con cohetes, música y algún obsequio en el patio principal del monasterio. De igual manera la visita era pagada por los franciscanos en sus festividades. A esto se le nombró “El Cumplimiento”.

Después de la exclaustración, los llamados “cumplimientos” variaron. Los itinerarios de las calendas se formulaban por las calles donde vivían las madrinas de la calenda anterior, y ahí el cortejo hacía una pausa para ser atendido de acuerdo a la costumbre, siendo esta la forma como se eslabonaba la cortesía.

Otro cumplimiento: Al terminar su recorrido, todos los participantes de la Calenda de la Soledad, bailaban un jarabe en el atrio de la actual basílica. Ignoro si se continúa esta costumbre.

Las calendas de Navidad, de acuerdo a informaciones del Canónigo Celso N. Castro, deben catalogarse “entre las procesiones, porque nada tiene que ver con las calendas que anuncian las fiestas titulares de los templos”. Al Canónigo Castro, le tocó vivir una parte de los fines del siglo XIX y pudo recoger muchos datos sobre las costumbres oaxaqueñas de antaño, mismas que dejó plasmadas en sus escritos.

Las… “Calendas de Navidad, nada tienen que ver con los anuncios de festividades. Desde su principio fueron las procesiones del Niño Dios, llevado en brazos de la persona que por su religiosidad, generosidad y demás prendas morales, merecía el honor de ser Madrina, discurriendo por las calles en un ambiente de sana y piadosa alegría.”

Continua diciendo que al prohibirse el culto externo, a la procesión del niño se le aplicaron ciertas restricciones, entre otras, la sustitución de las velas por los farolitos y pequeñas marmotas, más el consabido velito para proteger del frio al Niño Dios.

“Y ese era el encanto de la calenda de Navidad. Ver al niño rodeado de pastorcillos, recordando a los humildes que primero le adoraron… hasta llegar al templo, simulando la última jornada de los Santos Peregrinos para depositarlo en el “Nacimiento” donde María y José, Bato y Gila, hasta el torito y la mulita formaban el tierno y poético conjunto…”     

Bibliografía: Noche de Rábanos (Tradiciones navideñas de Oaxaca), Alejandro Méndez Aquino.