la ermita de san bernardo

Por: María Luisa Acevedo Conde


Un día que visitaba a don Jorge Ortiz y a su esposa en su casa situada al norte de la ciudad, entre la calzada Porfirio Díaz y el río de Jalatlaco, noté la existencia de unos paredones semiderruidos elaborados con la típica cantera vede de Oaxaca y los restos de un piso de estuco, cosa que llamó mi atención y me obligó a preguntar por qué estaban ahí y a qué edificio habían pertenecido. Grande fue mi sorpresa cuando don Jorge me contestó que eran lo que quedaba de la antigua ermita de San Bernardo y que como ya estaban ahí cuando se trazó la el fraccionamiento “la Luz” en los primeros años del siglo XX, su padre, el doctor Federico Ortiz Armengol, los conservó intactos después que compró el amplio solar en el que, años después fue construida la casa que habitaba.
Tratando de saber algo más sobre la ermita de San Bernardo, fui a las fuentes históricas y encontré que no se menciona en la Relación Geográfica de 1579 realizada por el presbítero Pedro Franco y aprobada por el alcalde mayor Pedro de Ledesma, lo cual resulta lógico si, como se suponía, la ermita había sido construida en 1600 por los indios mexicanos del pueblo de Xochimilco, bajo la dirección de los padres dominicos.
Genaro Vázquez, en una carta dirigida al Dr. Ortiz Armengol en 1956, le informa que los dominicos dieron como santo patrón de esta ermita a San Bernardo en honor al padre de Fray Bartolomé de Ledesma, tercer obispo de Antequera y miembro de la orden de predicadores, quien fungió entre 1583 y 1604 y fue el encargado de consagrarla con todos los ritos canónicos. Sin embargo, vale la pena recordar que San Bernardo es el santo protector de los predicadores y que los frailes dominicos de Oaxaca tenían como atributo particular su carácter de predicadores, lo que, debe haber influido en el ánimo de los miembros de la orden para titular su lugar de retiro, pues la ermita de San Bernardo, situada al norte de la ciudad y sobre la margen izquierda del río Jalatlaco, fue destinada a fungir como residencia veraniega de los primeros obispos de Oaxaca y como lugar de reflexión para los frailes dominicos.
La ermita de San Bernardo era un espacio muy a propósito para el descanso y la meditación, pues era apacible y estaba rodeado de huertas que cuidaban con esmero los habitantes del pueblo de Xochimilco, hábiles productores de frutas y verduras.
De acuerdo con la descripción contenida en la carta mencionada, la entrada a la ermita miraba al sur y tenía un zaguán a cuyos lados se encontraban los protectores de la orden, mientras en la parte superior se había colocado la imagen del santo patrón. “En el pasillo del patio, de las celdas hacia la ermita, había unas pinturas representando la pasión de Cristo. En el fondo del atrio, sobre el muro, entre un marco de cantera labrada, había, sobre azulejos de la reina, esta inscripción: Señor Dios, vuestro nombre sacrosanto sea en todo el orbe bendito y todos con dulce canto digan levantando el grito: santo, santo, santo.”
Es muy probable que en esta ermita hayan vivido sus últimos años algunos de los frailes que dedicaron su vida a la difusión del evangelio por el fragoso territorio de Oaxaca a lo largo del siglo XVII, pero los fuertes y repetidos temblores ocurridos a lo largo de esos cien años, ocasionaron, entre otras muchas desgracias, el desplome de sus techos y muros haciéndola inhabitable, lo que unido a las crecientes dificultades entre los dominicos y el clero secular que se dieron por entonces, determinó su total abandono hacia los primeros años del siglo XVIII. Es quizá debido a esto que el padre capuchino Fray Francisco de Ajofrín, quien visitó Oaxaca en 1766, no menciona la existencia de esta ermita, aunque podemos confirmar que todavía existía porque aparece dibujada en el plano de la ciudad de Oaxaca realizado en 1777.
Según el mencionado plano, la ermita de san Bernardo se localizaba al norte del pueblo de Xochimilco y muy cerca de la “tarjea” que conducía el agua desde el pueblo de San Felipe hasta la ciudad y que al tener que cruzar sobre el río Jalatlaco, corría sobre unos arcos de 6 metros de altura y 11 de ancho, que todavía están en pie precisamente frente a los que fueran predios de la ermita de San Bernardo, para continuar sobre los hasta hoy existentes “arquitos de Xochimilco”, antes de llegar a la “caja de agua”, una especie de fuente situada junto al templo del Carmen Alto, de la que los “aguadores” tomaban con sus cántaros el líquido para llevarlo a las casas donde se almacenaba en grandes ollas de barro rojo vidriado en su interior, que eran elaboradas por los alfareros de Atzompa para este propósito.
La ermita del San Bernardo se sumó a las dos ya existentes: la de San Marcial, abogado contra los temblores y patrón de la ciudad, situada en el lugar donde después se edificó el templo y convento de La Merced,  y  la de San Sebastián, protector contra la peste, ubicada en el extremo occidental de la ciudad, junto al pueblo de Santa María del Marquesado, que poco tiempo después, se transformaría en el templo de Nuestra Señora de la Soledad.
Como se ha mencionado, los terrenos que habían pertenecido a la ermita de San Bernardo quedaron abandonados a fines del siglo XVII y con el tiempo pasaran a ser propiedad de la nación y, con tal carácter, susceptibles de ser enajenados, por lo que no resulta extraño que en el siglo XXI formen parte de una propiedad particular en la que, no obstante, han sido respetados los restos de la antigua ermita dominica. Es por ello que ahora, más de tres siglos después de abandonada, podemos ubicar con precisión el sitio que ocupó a partir de 1600, año de su construcción, rastrear su existencia a lo largo de los cien años siguientes y darle el lugar que le pertenece en la historia de la Ciudad de Oaxaca, esa ciudad que es tan nuestra y que no acabamos de conocer.