miradas que valen la pena

La discriminación y sus sutiles encantos

Por: María Concepción Villalobos López.


 

Por discriminación entendemos la práctica de  excluir a una persona en función de su origen, cultura, género, religión, color de piel, grupo social, pensamiento o discapacidad; sus modalidades pueden ser diversas y pueden ir desde la xenofobia, hasta el ámbito laboral, social, sexual o por la edad. La discriminación implica desigualdad y sin embargo, usamos este término cada vez con más frecuencia y hasta con cierta ligereza, mientras olvidamos las graves consecuencias que experimentan las personas que se encuentran en esta situación; amén de  las consecuencias sociales y generacionales que se reflejan en la escala de valores, la prosperidad y el bienestar de un grupo.
 Seguramente hay quienes piensan que el tema de la discriminación ha sido sobredimensionado, que a veces se cae en los excesos y que ya existen suficientes organizaciones que en el marco internacional  estudian y tratan de prevenir el tema; hemos escuchado también  discursos que refieren la legislación en la materia, las políticas públicas y las estrategias que definen el  quehacer de instituciones públicas y organismos ciudadanos que justifican su existencia y un grueso presupuesto,  precisamente en la tarea de  identificar, denunciar,  prevenir y detener cualquier tipo de discriminación.
Sin embargo en el mundo real, en el día a día, en el ámbito cotidiano, la discriminación está tan  arraigada y  es tan aceptada, que muchas veces ocurre sin que nadie se tome la molestia en señalarla o denunciarla; somos una sociedad acostumbrada a las etiquetas y asumimos como natural el hecho de buscar convivir y socializar con personas similares a nosotros; frecuentamos lugares en los que nos sentimos aceptados e incluidos y nos asociamos con aquellos a quienes consideramos nuestros “semejantes” o nuestros pares en la estructura social, de tal forma que naturalizamos  una serie de prácticas discriminatorias que nos apartan de los otros, que nos oponen a quienes no son nuestros iguales y que nos hacen pugnar únicamente por nuestros propios intereses, sin importarnos los derechos y el bienestar de los que no pertenecen al que consideramos nuestro grupo.
Una sencilla mirada al entorno cotidiano, nos puede ofrecer algunos ejemplos de esta discriminación sutil que existe, aún cuando en el discurso estemos de acuerdo en que los derechos humanos incluyen a todas las personas sin distinción alguna. Observemos con atención y pensemos en aquella escuela que no acepta a un aspirante en función a una discapacidad; en los anuncios de vacantes laborales que basados en un perfil del puesto, solicitan sólo mujeres jóvenes, solteras, de buena apariencia y se dan el lujo hasta de dar medidas; y ni qué decir del cadenero del “antro” de moda, que con desdén aplica la leyenda de “nos reservamos el derecho de admisión” únicamente en función de la apariencia física y el estilo de las personas.
Ahora mismo en Oaxaca  estamos disfrutando de la gran fiesta de la diversidad cultural; nos encontramos hermanados en nuestras costumbres y tradiciones y nos reunimos como cada año, con gran orgullo de nuestra identidad, aún cuando este hermanamiento étnico sea tomado tan a la ligera y para intereses meramente comerciales, como pudimos ver en la vorágine de la  campaña promocional para el turismo que en el afán de promover el buen servicio, reprodujo  nuevamente estereotipos discriminatorios  en un anuncio en el que el nivel socio económico y la apariencia física, determinaron los roles  de sus protagonistas; al servicio del turista por cierto,  de piel blanca, rubio, y evidentemente con gran poder adquisitivo,  quedaron dispuestos los depositarios de la cultura, los protagonistas de la fiesta, en evidente actitud sumisa, de piel morena, complexión pequeña y ojos bien negros… y el encuentro de iguales, y el intercambio cultural que supone el turismo y la dignidad de nuestras costumbres, todo brilló por su ausencia.
En  nuestra querida Oaxaca, aprender a vivir en la diversidad, aceptarnos en las diferencias y hacer valer nuestros derechos, independientemente de las condiciones étnicas, de la apariencia física, del género o de los recursos económicos, es indispensable; sin embargo,  poco han permeado los esfuerzos por erradicar la discriminación en el ideario de una sociedad en la que el paseo dominical en el zócalo tenía horarios, dependiendo del estrato social; poco  hemos entendido, cuando aún escuchamos conversaciones de señoras que presumen las curiosas habilidades de los sirvientes indígenas en su casa; un gran camino  nos queda por delante, cuando  en la calle,  las mujeres aún son agredidas, cuando vemos crecer la lista de mujeres asesinadas o violentadas  sexualmente en el transporte público rumbo a la escuela o al trabajo por rufianes que asumen que lo merecen, por no estar en su casa como es lo correcto.
Oaxaca, lugar de las múltiples culturas, aún guarda una deuda  en el tema de la no discriminación; y aunque ahora existe mayor información en este tema que cruza de manera transversal por distintos sectores de la administración pública y de la sociedad, la educación y la información, aún requieren de grandes esfuerzos en todos los ámbitos que nos conduzcan a una sociedad que acepta a cada uno de sus grupos sin distinción alguna y garantizando su bienestar y el ejercicio de sus derechos.
La discriminación es una historia que ha transitado prácticamente por todas las épocas y ha sido la causa de muchas batallas que aún se libran: el reconocimiento a los derechos de las culturas originarias; a las mujeres, la infancia,  a la comunidad homosexual, a los adultos mayores y también a las personas con discapacidad, es la lucha de las minorías que por su condición física, ideología o creencias, han sido aisladas y limitadas en el acceso a sus derechos.
Una vieja canción que se escuchó en la radio hace muchos años, decía en su estribillo “de qué color es la piel de Dios; dije negra, amarilla, roja y blanca es… todos son iguales a los ojos de Dios”; el poeta Nicolás Guillén, en sus versos dijo: “unamos todas las manos, los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos” y como estas…muchas otras reflexiones que nos recuerdan que vale la pena  informarnos y buscar detenidamente las prácticas de discriminación en nuestro entorno, pues mientras sigamos aceptando la discriminación como algo “natural”, las noticias de jóvenes que son rechazadas como empleadas en las elegantes y concurridas tiendas departamentales solamente por “feas”, al no responder  a un patrón de belleza, por cierto muy alejado al común de nuestra tierra; la publicidad estereotipada;  el bullyng;  la violencia en las calles;  la deserción escolar y el desempleo, continuarán siendo una triste realidad en una sociedad en la que la escala de valores humanos, la solidaridad y la armonía, se irán perdiendo paulatinamente.
PONER EN UN RECUADRO.
La Comisión Nacional para los Derechos Humanos  en su documento La Discriminación y el Derecho a la no Discriminación, publicado en el 2012, define las siguientes modalidades de discriminación:
Cómo se presenta la discriminación?
Discriminación de hecho. Consiste en la discriminación que se da en las prácticas sociales o
ante funcionarios públicos, cuando se trata de modo distinto a algún sector, como por ejemplo a las mujeres o a las personas mayores.

Discriminación de derecho. Es aquella que se encuentra establecida en la ley, vulnerando los
criterios prohibidos de discriminación, mediante la que se da un trato distinto a algún sector. Es el caso, por ejemplo, de una ley que estableciera que las mujeres perderían su nacionalidad si contrajeran matrimonio con un extranjero, pero que esta ley no afectara a los hombres que estuvieran en semejante situación.

Discriminación directa. Cuando se utiliza como  factor de exclusión, de forma explícita, uno
de los criterios prohibidos de discriminación.

Discriminación indirecta. Cuando la discriminación no se da en función del señalamiento
explícito de uno de los criterios prohibidos de discriminación, sino que el mismo es aparentemente neutro. Por ejemplo, cuando para obtener un puesto de trabajo se solicitan requisitos no indispensables para el mismo,  como tener un color de ojos específico.

Discriminación por acción. Cuando se discrimina mediante la realización de un acto o conducta.

Discriminación por omisión. Cuando no se realiza  una acción establecida por la ley, cuyo fin es evitar la discriminación en contra de algún  sector de la población.

Discriminación sistémica. Se refiere a la magnitud  de la discriminación de hecho o de derecho

en contra ciertos grupos en particular.