LA DANZA

Por: María Luisa Acevedo Conde


El gusto de los oaxaqueños por la danza constituye una larga tradición que viene de tiempos muy lejanos. Todos los cronistas españoles que pudieron observar las expresiones religiosas de los indios al tiempo de la conquista, coinciden al señalar que la danza estaba estrechamente asociada a los rituales religiosos y describen la participación masiva del pueblo en las ceremonias. Según sus relatos, niños, jóvenes, adultos y ancianos acudían a las grandes plazas que rodeaban los templos y danzaban durante horas al ritmo de tambores y flautas, realizando complicadas evoluciones.
La percepción de estas costumbres debe haber influido en el ánimo de los miembros del clero para permitir que los indios continuaran danzando ante las imágenes del panteón católico, pues en el presente no existe fiesta religiosa donde no se ejecuten varias danzas, casi todas ellas en los atrios de los templos, pero algunas también en el interior de los mismos.
Gran parte de las danzas que se bailan durante las fiestas religiosas contemporáneas, fueron creadas en el siglo XVI y son alusivas a la conquista, fenómeno que indudablemente es resultado del profundo impacto que produjo en este continente la presencia de los españoles.
En un registro basado en los informes de estudiantes indígenas en la ciudad de Oaxaca que pertenecen a poco más de 100 municipios del estado, se anotaron las siguientes danzas de conquista:
Azteca                                                Listones                                  Maromeros
Los 12 Pares de Francia                 Chareos                                   Moros
Danza de la Pluma                           Máscaras                                 Acróbatas
Danza de Jardineros                       Conquista                               San José                       
La Malinche                                     Santiagos                                Diablos y Mahomas
Negros                                                Sombrerudos                          Tehules-Españoles
Matlachines                                        De mixes                                Chilenos
Cristianos                                           Quijada                                   Cristianos
Viejos                                                 Huehuenches                          Caballito
Chilolos                                              San Marcos                             Chareos          
Moros y Cristianos                             Pastoras                                 Viejos disfrazados
Coloquios
Quizá por tratarse de un ritual que busca apegarse lo más posible a la tradición, la indumentaria de estos danzantes ha sufrido pocos cambios en su diseño con el transcurso del tiempo, aunque los materiales que se utilizan para su confección han tenido que adaptarse a los que se encuentran en el mercado. Existen telas importadas de Francia, Inglaterra y Suiza tales como el organdí, las tiras bordadas, el lame y el brocado que ahora son difíciles de encontrar, como también hubo otras que se fabricaron alguna vez en México, pero cuya producción fue descontinuada y requirió su reemplazo por otras similares. Otras más, como el terciopelo y el raso, ha perdido la calidad que tuvieron en el pasado; además, aunque las prendas conservan su misma forma, los materiales y adornos varían de pueblo a pueblo: en Ciulapan, por ejemplo, para la Danza de la Pluma se usan mandiles y capas hechos de tela brocada, mientras que en Teotitlán del Valle se hacen de lana, porque se trata de un pueblo de tejedores de tapetes que de este modo buscan distinguirse a los ojos de los espectadores. En otros pueblos, esas mismas prendas de recubren con monedas de plata para singularizarse y lo mismo ocurre con los penachos de plumas de colores que se emplean para esta danza, pues estos adquieren en cada pueblo diseños peculiares, aunque no varíen en su tamaño y forma.
Cosa similar ocurre con los ejecutantes de otras danzas, como los negritos, pues aunque sus trajes son de terciopelo negro bordado con lentejuelas y adornados con listones de colores respetan un diseño general en todos los pueblos serranos, varían de pueblo a pueblo en cuanto a los diseños de los bordados, el tamaño y los detalles de los sombreros, el largo de los listones, el color de las medias y el tipo de sandalias con los que se acompañan.
Los tocados de plumas de las malinches también cambian levemente de un pueblo a otro y lo mismo ocurre con los arcos enflorados de las “jardineras”.
Hay una gran cantidad de sombreros y tocados de plumas que adoptan características propias de lugar a lugar, aunque el denominador común es lograr que sean estéticos y muy llamativos.
Cabe recordar aquí que el arte plumario tenía en la época prehispánica un reconocimiento muy particular, pues ser “amanteca” o practicante del arte plumario, demandaba habilidades especiales, pues no solamente se tenían que obtener las plumas del tamaño y color adecuados y en lugares muy alejados y de difícil acceso, sino que era necesario trabajarlas adecuadamente para lograr los tocados que necesitaban. Recolectar las plumas, comerciarlas, transportarlas, lavarlas, teñirlas, seleccionarlas y acomodarlas según los diseños específicos constituía una labor compleja. Tenemos como ejemplo el llamado “penacho de Moctezuma” cuyo original fue elaborado hace 500 años y se conserva actualmente en el museo de Viena, pues ha sido reconocido como un ejemplo cabal de la maestría de los artesanos del México antiguo.
Hay otros elementos en el vestuario de los danzantes que suelen adaptarse al gusto local, como por ejemplo, el diseño de las mascadas, su tamaño, el tipo del calzado, el color de las medias y los objetos que llevan en las manos, tales como sonajas, castañuelas, plumeros, macanas, panderos etc.
Actualmente, el motivo más recurrente de las mascadas que emplean los danzantes lo es la imagen de la Virgen de Guadalupe, selección que señala los objetos que se incorporan en su vestuario tienen implicaciones religiosas.
Por lo general, los danzantes llevan la cabeza cubierta de modo tal que no pueda identificarse al individuo, costumbre que tal vez deriva del hecho de que estos ejecutan sus bailes como resultado de “promesas” hechas al santo que se festeja por favores recibidos, lo cual convierte su participación en la cuadrilla en un asunto personal que demanda privacidad. Sin embargo, algunos danzantes bailan por el puro gusto de hacerlo y aunque cubran sus caras, se les reconoce por su apostura. De este modo, resulta muy curioso que además de disfrutar el cuadro dancístico, el público se entretiene en tratar de reconocer a los ejecutantes.
Por lo que se refiere a las fiestas en las cuales concurren los danzantes, cabe comentar que son aquellas en las que se festeja a los santos patronos de los pueblos, aunque imágenes como la de la Virgen de Guadalupe, la del Señor de Chalma, la de la Virgen de San Juan de los Lagos y, en Oaxaca la del Señor de Tlacolula, la del Señor de Güilá, la de Santiago en Igüitlán, la de la Virgen de la Concepción en Ixcuintepec, la de la Virgen de Juquila y la Virgen de la Soledad reúnen a numerosos grupos de danzantes durante sus fiestas, los cuales suelen ejecutar sus bailes de manera simultánea.
En Cuetzalan, un municipio situado en la Sierra Norte de Puebla, pude ver que durante la fiesta dedicada a San Francisco, su santo patrón, se bailaban en el atrio, de manera simultánea, no menos de cinco danzas, entre ellas, la del palo volador, mientras que en el interior del templo, una danza de diablos hacía cabriolas en el pasillo central y alrededor del altar, al mismo tiempo que el sacerdote celebraba la santa misa.

Lo notable de este acontecimiento es que ninguno de los asistentes pareció inmutarse ante esta, a mis ojos, grotesca manifestación. No cabe duda de que cada día podemos descubrir algo nuevo.