LA CUARESMA ACTUAL EN OAXACA

 

Por: José Demetrio Quiróz Alcántara


Por avatares del destino  las costumbres y tradiciones religiosas  en la otrora  católica Antequera, poco a poco se han ido diluyendo;  el fervor acendrado, la profunda devoción, han dado paso a un costumbrismo superfluo que desdibuja el sentido profundo de los rituales y aunque es bien sabido que muchos factores han incidido en ello,  exponerlos sería entrar en un eterno debate.

Lo que sí es observable  es el hecho de que cada año  las celebraciones  van  perdiendo lugar en los corazones oaxaqueños;  cada vez es menos la gente que  acude con fervor  a los templos;  van disminuyendo  quienes  participan y apoyan para la realización de los actos de culto y especialmente en tiempos de Cuaresma, es posible observar cómo las celebraciones religiosas se han do extinguiendo.

Particularmente en Oaxaca, la tradición marca el inicio de la  Cuaresma  diez  días antes del Miércoles de Ceniza,   con el novenario del Señor de Santa María, Cristo Novohispano, patrono de la otrora Villa de Santa María Del Marquesado; tradición que podría ser considerada como   la más oaxaqueña de las fiestas, pues hasta donde se sabe la  celebración del “Jueves de los Compadres”  es única en Oaxaca, y tal vez en México; la razón de que la fiesta sea en jueves nadie la sabe, pues el origen de esta celebración tan oaxaqueña  se remonta a tiempos muy lejanos;  lo  que sí  es conocido es el hecho de que este templo era de uso particular del Marqués del Valle de Oaxaca, fundador de la Villa.

En el pasado lejano en el “Jueves de los Compadres” dio inicio  la costumbre del  “baile calabaceado”, llamado así  porque era la única ocasión en que se permitía que el compadre bailara con su comadre, sin despertar  en la maledicencia pública y  en la mayoría de las casas solariegas del Marquesado, se organizaba este baile en el que se invitaba a los compadres de la Ciudad de Oaxaca, o de los pueblos y haciendas circunvecinas.

También en la temporada de Cuaresma, se realizaba la romería para visitar al Santo Cristo de Huayapam  en la que  principalmente  se contaba con la presencia de los vecinos  de San Luis Beltrán, Dolores, Donají  y  San Miguel  Tlalixtac de Cabrera, lo que ahora se ha convertido en la rumbosa “Feria del Tejate” que opaca   el lustre y esplendor con que en otros  tiempos se vivía el  Miércoles de Ceniza en Huayapam.

Aquí mismo en la ciudad de Oaxaca, al perderse la vida del vecindario,  las celebraciones  desfallecen y solmenidades como la del “Señor de las Misericordias”, que se celebra el primer viernes de cuaresma en el templo de  San Juan de Dios, ahora se ha convertido en un sencillo acto de barriada;  lo mismo ocurre con la festividad del “Señor de las Maravillas”, del otrora populoso barrio de La Defensa; con la  Festividad del Señor del Portal o Santo Cristo del Veneno, cuya leyenda se confunde con la de otros Cristos, de otros Portales, de otras ciudades Novohispanas, y que  pasa cada año sin pena ni gloria, con una organización austera en  la Capilla de los Santos Cosme y Damián.

En los rumbos de la Soledad, en el Barrio del Peñasco, el tercer viernes de Cuaresma está  dedicado  a la Solemnidad del Señor de la Columna, imagen ubicada en  el Templo de  San José de Gracia a  un costado del Convento de las Capuchinas Españolas, celebración que  desde hace algunos años  ocurre   sin convite, sin calenda, sin  velas, sin flores, ni cohetones,  alarmando la ausencia de personas que participen en esta actividad del barrio.

Y qué decir de la otrora milagrosa imagen del Santo Cristo de la Agonía de Limpias que hace más de 30 años,  no se celebra; imagen  que a principios del siglo XX doña Carmen Riaño, dama acaudalada, mandó a labrar en España para entregar al Templo del Carmen Alto y cuyo sendal, tintenante, anunciaba su paso peregrino, con los milagros de plata y oro fino. Muchas ciudades  del país presumían de tener las únicas copias fieles de esta imagen, que en Oaxaca existió en San Agustín  y en el ya mencionado  Carmen Alto, en donde sólo quedan vestigios de un profundo culto; así las cosas,   ya ni la fiesta del Señor de las Peñas  en la Villa de Etla, ni la de la Soledad,   atraen a los  peregrinos  de la Sierra, la Chinantla, Los Mixes, los Valles Centrales y la Mixteca.

 De la  profunda fe y veneración a  la Virgen de los Dolores sólo quedan recuerdos vagos;  los impresionantes altares de cortinajes, candelabros, papel picado, toronjas doradas con oro volador, figuritas de barro verde  engalanadas de chía y de las macetitas de maíz, de trigo, solo quedan las crónicas  escritas; ahora los ramos de laurel, de poleo, las azucenas, son artículos de lujo, prácticamente  inaccesibles para las ancianas que con tanto sacrificio disponen el altar;  La vastedad de figuras de trigo, coronas de cucharillo o de sotol, han quedado reducidas a una o dos,  “para no perder la costumbre”. Casi nadie reparte agua fresca en sus casas, ni realiza los Rosarios de Dolores, dos o tres familias, aún contratan a los hijos de Don Cheo,  a los descendientes de los Osorio, para entonar las Horas Desoladas, de Don José Alcalá, o el lánguido estertor del Stabat  Mater de Juan Matías de los Reyes.

Cuantos Cristos , en retablos elevados, en coros arrumbados o en altares, deslucidos, miran, impávidos, los cultos que ya se ha perdido y que, quizás, nunca los volverán a honrar.