Gitanos modernos: prejuicios antiguos

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


En la Europa del siglo XXI, esta minoría étnica aún sufre una incomprensible intolerancia, la cual pone de manifiesto los atavismos sociales en sus más nefastas formas y exhibe los paralelismos que enfrenta la mayoría de los pueblos originarios del planeta.

Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*

No sólo los nazis se sintieron obligados a borrar a los gitanos o zíngaros de la faz de la tierra. Antes, España dictó las más terribles leyes contra ellos, hace cinco siglos.
Este pueblo, al igual que los judíos, los indios americanos, los tibetanos y muchos más, han sufrido persecuciones “justificadas” como acciones de “limpieza” de parte de los poderosos de cada momento histórico, con el fin genérico de homogeneizar una pretendida pureza racial o cultural.
El drama histórico más cercano proviene de la persecución alemana a los zigeuner (de zíngaro en alemán), a quienes se tatuaba una Z para identificarlos en los campos de concentración, y que, en una inconcebible paradoja del destino, es ahora la forma aceptada por la nación francesa para identificarlos, aún cuando ellos mismos (los gitanos) prefieren llamarse a sí mismos romaníes o simplemente roms.
En España –y por extensión en Latinoamérica- se les llama gitanos debido a una situación provocada por dos romaníes, quienes en el siglo XV se presentaron ante el rey Juan II de Aragón como “condes de Egipto Menor”, así que comenzó a decírseles coloquialmente “egiptanos”, con el dejillo peyorativo que aún subsiste.
El origen “egipciano” es una verdad a medias, pues hasta donde actualmente se sabe, el pueblo romaní vivió en una zona de la India cercana a Pakistán conocida como El Punjab, hasta el siglo XI, en que emigró hacia los mares Caspio y Negro, ocupando los territorios de la antigua Persia, en lo que hoy son Afganistán, Irak y Turquía. Tres siglos después, debido a los conflictos políticos de esa zona, los romaníes emigraron hacia occidente en dos grandes conglomerados: uno hacia el centro de Europa, básicamente a lo que hoy es Hungría, dónde se les identificó como zíngaros (o cigáni) y dieron pauta a una nueva cultura “local”, muy diestra en las artesanías, la música y los textiles, y cuyas ramificaciones llegaron, con el paso de los años, hasta México, que es donde a los romaníes o gitanos les llamamos “húngaros”, sin serlo en su verdadero origen.
La otra rama migratoria bajó de Asia Menor hacia el norte de África, es decir, a Egipto, y de ahí bordearon a lo largo del tiempo el mar Mediterráneo, hasta internarse en España a principios del siglo XV, y posteriormente en Francia, donde probablemente se encontraron con los descendientes de la otra rama que ya había viajado de Hungría hacia Alemania, el país franco e Inglaterra.
El período entre los siglos XI y XIV es de gran riqueza multicultural o pluriétnica en Europa, pues los artistas bizantinos, los filósofos y científicos árabes, los comerciantes y banqueros judíos, convivían con los pueblos descendientes de griegos, latinos, godos, francos y normandos, así como con los pensadores herederos de los pueblos germánicos, en un delicado equilibrio de respetos culturales, aunque también en una abierta lucha por el dominio del territorio y de las rutas comerciales, tanto terrestres como marítimas.
Sin embargo, es también la época de las Cruzadas y de los radicalismos religiosos. Francia y el Vaticano buscaban gloria terrenal y riqueza material mediante esas guerras… y España también, aunque al final, la “madre patria” se tomó muy en serio su papel de nación elegida para salvaguardar el catolicismo en el mundo, lo que se tradujo en una intolerancia que desencadenó la feroz persecución, contra los judíos y los musulmanes en 1492, contra los gitanos a partir de 1499, y contra las creencias indias de América desde el momento mismo del descubrimiento en 1492 y más crudamente desde la consumación de la Conquista de México en 1521 y de Perú en 1533.
En todos esos eventos, la Santa Inquisición jugó un papel relevante, como policía política, guardiana fanática de la fe católica y protectora torcida de los intereses del clero. Desde su creación en 1184, dicha institución reprimió hasta casi extinguir a los cátaros y, en los tiempos que siguieron a la Edad Media, hostigó cruelmente a los pueblos arriba mencionados, a los cuales sumó a los protestantes, los anabaptistas (menonitas o amish), los reformadores radicales, los investigadores como Galileo y las llamadas “brujas”. Sus prácticas pseudojudiciales sobrevivieron hasta 1821 por parte de los tronos de España y Portugal y hasta 1965 por parte de la Inquisición Romana.
En ese dinámico período de guerras, éxitos económicos, desarrollos filosóficos, descubrimientos geográficos, internacionalización de las sociedades y explosión del arte renacentista, los romaníes, poseedores de valiosas raíces indo-persas, pasaron de ser una de las etnias más queridas por su espíritu comerciante y alegre, a ser un grupo de “desadaptados” que hablaban su propia lengua, bailaban su propia música, vestían sus propias modas y conservaban sus propios ritos.
Su espíritu independiente y naturalista los ponía al otro lado de lo que hoy llamamos “otredad”, es decir,  “los otros”, los “distintos”, los que no son “como nosotros” y por lo tanto, los malos o los equivocados, siempre desde un punto de vista prejuiciado, el cual nos lleva a califica “al otro” en sentido negativo. De ahí que palabras como gitano, judío, indio, negro, árabe o aborigen, sean consideradas ofensivas por quienes las cargan en su ser, ya que hasta en el tono de pronunciarlas se destila el menosprecio.
La intolerancia actual ha sumado (o reconocido, según se vea) nuevas “otredades” igualmente nefastas, como despreciar a alguien por “ser mujer”, declararse homosexual (o gay aceptando el anglicismo), “parecer cholo” (equivalente de indio en Sudamérica), trabajar de “camisa mojada” (inmigrantes en Estados Unidos) y hasta convertirse en “el gordo” del grupo (contraviniendo la estética de Hollywood).
Regresando al inicio de los sufrimientos de los romaníes en Europa, transcribo esta “joyita” emitida por los Reyes Católicos (Isabel y Fernando) en Medina del Campo en 1499:

"Mandamos a los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos, que del día que esta ley fuera notificada y pregonada en nuestra corte, y en las villas, lugares y ciudades que son cabeza de partido hasta sesenta días siguientes, cada uno de ellos viva por oficios conocidos, que mejor supieran aprovecharse, estando atada en lugares donde acordasen asentar o tomar vivienda de señores a quien sirvan, y los den lo hubiese menester y no anden más juntos vagando por nuestros reinos como lo facen, o dentro de otros sesenta días primeros siguientes, salgan de nuestros reinos y no vuelvan a ellos en manera alguna, so pena de que si en ellos fueren hallados o tomados sin oficios o sin señores juntos, pasados los dichos días, que den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida"

Más recientemente, durante la Segunda Guerra Mundial se ordenó en Alemania y sus territorios ocupados “separar a los gitanos de las gitanas a fin de obtener la extinción de la raza”. En la España franquista a los gitanos se les orilló a vivir fuera de las ciudades, razón que condujo a crear “colonias” en cuevas, como las que hoy son famosas gracias al turismo, en el barrio de Sacromonte de Granada, donde el cante jondo, el baile flamenco y las costumbres de la raza calé han sido preservadas e inteligentemente comercializadas.
Los romaníes se quejan de estar invisibilizados y por lo tanto, quedar fuera de los programas sociales de muchos gobiernos europeos. También claman por espacios en los medios impresos y en la televisión, así como por incorporar su legua (la Rom) en algunos planes de estudio. Muy especialmente piden que su imagen se proyecte como la de campesinos, ganaderos, comerciantes y profesionales del turismo, que trabajan dignamente, para borrar las centenarias campañas sobre gitanos flojos, ladrones y sucios.
La condición itinerante o viajera de muchas tribus gitanas, así como la diversidad que hay entre ellas debida a las asimilaciones culturales que han tenido a su paso por múltiples países, limita a la Unión Europea en su diseño de políticas exclusivas u homólogas para esos pueblos. La normatividad actual, muy libre en muchos aspectos, propone mayor inclusión y participación de los romaníes, bajo cuyo enunciado se cobijan los gitanos, los kalderash, los lovara, los sinti y los ashkali, que son etnias generalmente marginadas y discriminadas, de las que se supone existen unas 12 millones de personas distribuidas en todos los países del viejo continente.
Al menos en el papel, los romaníes (para nosotros, los gitanos) pueden ser tenidos en cuenta para puestos políticos en la Unión Europea y ser sujetos de promociones profesionales, así como sancionar a quien los segregue, pero en la práctica, llevar adelante esas recomendaciones es ciertamente difícil.
Con aquel espejo podríamos “consolar” a las “naciones indias”, como les llaman en Estados Unidos, o a las “minorías nacionales”, como les llaman en China, o los “pueblos indígenas”, como se les conoce en estos lares, pues aunque se les reconoce como portadores de una enorme sabiduría ancestral, se les limita en muchos territorios.
Y no sólo hablo de la falta de políticas gubernamentales adecuadas, sino de la forma en que el ciudadano común encara, cargado de prejuicios, las “otredades” con las que convivimos a diario.

(*) Miembro del Seminario de Cultura Mexicana.