miradas que valen la pena

esos locos bajitos

Por: María Concepción Villalobos López.


 

La infancia representa una etapa determinante para el desarrollo de la  persona; época en la que se transmiten valores, se sientan las bases para la educación y se consolidan los recuerdos  que  por cierto,  han de acompañarnos toda la vida y vista desde otro ángulo, tener la oportunidad de convivir con niñas o niños, nos regala una bocanada de aire fresco,  nos acerca a una repentina  alegría y a la sabiduría esencial de la existencia que se transmite en afirmaciones que de tan sencillas, nos parecen elementales y muy lógicas, mientras un torrente  de preguntas, cuestionamientos y explicaciones, emana casi sin control, de esos seres menudos, inquietos y vivaces.

Durante la infancia el entorno cultural, el contexto social y también los recursos económicos al alcance, van dibujando al adulto del futuro que entre  mundos imaginarios  que se viven a través de juegos, cuentos y canciones se alimenta de fantasía e intenta comprender la  vida y sus múltiples posibilidades; en esta etapa, las personas aprenden de su  religión, aceptan las creencias y adoptan sin cuestionar, las  conductas familiares y sociales y van marcando así  la diferencia entre quienes crecen en una zona rural o urbana, quienes hablan un idioma u otro, quienes viven en una realidad o en otra;  sin embargo, existen puntos en común, temas que no han de distinguir  entre condiciones diferentes y me refiero a los derechos de las niñas y de los niños a contar con oportunidades, con servicios médicos, alimentación, educación y un entorno de armonía y amor, independientemente de las posibilidades económicas o el contexto social  al que pertenecen.

En la infancia  el cristal a través del cual se mira la vida fácilmente se empaña o se quiebra; la violencia en la familia o en la escuela, las carencias económicas, las enfermedades y las limitaciones en los sistemas de salu,; los mensajes y la moda en los medios de comunicación,  la ignorancia y la falta de políticas públicas, rápidamente pueden quebrantar el fantástico mundo de la infancia   para convertirlo prematuramente en  una dolorosa realidad; infantes que se acurrucaron a soñar como niños, para despertar vueltos en adultos que se ven obligados a enfrentar la vida sin herramientas, débiles y vulnerables; niños y niñas proveedores de una  familia que buscan trabajo aquí o allá, que piden limosna o se venden al mejor postor,  rebasando con su cruel realidad, cualquier postulado internacional, cualquier pronunciamiento a favor de sus derechos, cualquier anuncio político y también la buena voluntad de una sociedad conmovida hasta las lágrimas, que organiza lujosos eventos, para recaudar fondos en su favor.

El tema de la infancia puede ser abordado desde distintos enfoques; en el ámbito privado, nos obliga a garantizar la seguridad material y afectiva, así como el ambiente armónico y confortable  para su sano desarrollo;  lo que en tiempos de crisis económica y con la dinámica laboral a la que nos obliga la subsistencia material del día a día, ya representa un grave reto.  Ahora bien,  en lo público el tema se complica cuando es atravesado por los índices de pobreza, por la discriminación, por las crisis económicas, por la violencia en cualquiera de sus modalidades, por las limitaciones en el sistema educativo, por la carencia de espacios recreativos seguros y de calidad, por políticas públicas deficientes y por la corrupción; en lo público, el tema de la infancia se ha convertido en delicado asunto que aunque es visible, sigue siendo abordado desde el asistencialismo, la caridad y la limosna, lejos de considerarse un compromiso social ineludible.

Según la Organización de las Naciones Unidas  en el mundo existen más de 150 millones de niñas y niños en situación de calle, lo que significa una enorme deuda generacional que tal vez será imposible subsanar en los próximos años; realidad que insensiblemente hemos naturalizado, al  considerar que siempre ha existido y que siendo tan compleja y difícil de remediar, no vale la pena atenderlo y eso sí,  movidos por la promesa de “ganar la vida eterna”,  de cuando en cuando nos da la oportunidad de  calmar la consciencia mientras damos algunas monedas a un niño en la calle; no olvidemos a Tomy Canty  Edward Tudor,  protagonistas de El Príncipe y el Mendigo,  novela de Mark Twain, que ya habla de la vida dura e injusta que vive un niño en los suburbios de Londres, historia publicada en 1881 cuyo argumento se remonta a 1547 y que como muchas otras que entre enredos y misterio,  dan un testimonio de  la vida injusta de la infancia menos favorecida.

Hay miradas que valen la pena, una de ellas nos conduce a la existencia de niñas y niños que en nuestra ciudad buscan sobrevivir en las calles, muchas veces explotados por sus propios padres, otras más abandonados con indolencia o huyendo de un ambiente familiar violento, marcado por las carencias materiales, afectivas y la falta de oportunidades; seres que forman parte del tejido social sin saber que tienen derecho a comer todos los días, que la ley ampara su derecho a la educación laica y gratuita, que la salud y la recreación también es un derecho y finalmente, que su inteligencia, su fuerza física y los talentos con los que nacieron, son indispensables para construir una mejor sociedad.

En 1990 entró en vigor  la Convención de los Derechos de los Niños que se establecen a partir de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en donde se reconoce que la infancia tiene derecho a cuidados y asistencia especiales; Derechos que se redactan bajo la premisa de que la familia es el  espacio en el que los niños deben recibir protección y asistencia, el espacio para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad a partir de un ambiente de felicidad, amor y comprensión en el que deberá ser preparado para la vida independiente.  El artículo 2 de esta Convención menciona que los estados parte respetarán los derechos que se enuncian sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole; además de que garantizarán la protección de niños y niñas contra toda forma de discriminación o castigo por parte de la condición, las actividades, las opiniones expresadas o las creencias de sus padres, tutores o familiares.

Para los países firmantes, como es el caso de México, la Convención referida implica el compromiso de replantear las políticas públicas  a modo tal  que incidan en  el entorno privado; obliga al diseño de programas sociales de desarrollo  más allá de acciones de corte asistencialista; exige el replanteamiento del discurso en torno a la infancia y el manejo responsable de espacios educativos, de oportunidades de recreación y de manera especial, constituye  el gran reto de informar y sensibilizar a nivel personal sobre el tema; pues  cuando de infancia hablamos, no es suficiente con responsabilizarnos de nuestros propios hijos e hijas,  también es indispensable mirar a quienes se encuentran en situación de riesgo, vulnerables y sin protección, para darnos cuenta de una vez por todas, que una limosna aumenta la explotación y mutila cualquier habilidad que pudieran tener estos niños y niñas, condenándolos a reproducirse y morir en la misma situación de calle.

Cada niño, cada niña que crece en la calle tiene una historia personal que en las estadísticas –si es que existen a nivel local-  son ignoradas. Una mirada a estas historias, el trabajo ciudadano organizado y la revisión de los programas públicos son impostergables en este tema, así es que además de felicitarnos este treinta de abril, hagamos el ejercicio de identificar las  condiciones en las que niñas y niños de la calle sobreviven en nuestra ciudad, reconociendo de una vez por todas que se trata de una deuda social que hay que comenzar a pagar.

 

“Niños de la Calle”, UNESCO, http://www.unesco.org/new/es/social-and-human-sciences/themes/fight-against-discrimination/education-of-children-in-need/street-children/