el teatro de la ópera de parís

Por: Guillermo García Manzano


“No me alcanza el tiempo, no me da el cerebro y la vista, para poder asimilar todo lo que aquí admiro”. Así me comentaba un compañero de viaje cuando concluimos la visita al Teatro de la Ópera de París; y es que ahí se detiene la respiración al advertir  tanta belleza junta; ahí es como regresar al pasado y sentirnos transportados a un tiempo de romántica creatividad donde podemos imaginar a Napoleón III, “El Pequeño”, entusiasmado con un proyecto que dejaría huella cultural indeleble en la vida artística de la tierra de los descendientes de Carlo Magno, de los grandes pensadores enciclopedistas, precursores de la revolución francesa; de los más destacados filósofos, escritores y músicos nonodécimos; ahí, donde la gesta revolucionaria cambió el concepto de convivencia y llegó a una nueva era de la historia del hombre; ahí donde los luises despóticos y exagerados, ejercieron una ostentación insultante de riqueza ante la miseria de un pueblo que terminó por sublevarse; ese período que lo salva entre otras cosas, las grandes herencias  de un patrimonio cultural edificado, pres de la humanidad y en constante homenaje a la belleza, al arte y a la expresión cultural más depurados.


La Ópera Garnier o Teatro Nacional de la Ópera de París, es uno de los edificios más representativos del gusto y del orgullo francés por el lujo; recinto de un fino estilo neobarroco que dejara boquiabiertos a todos los que concurrieron a su inolvidable inauguración en1875 bajo la denominación oficial de Academia Nacional de Música.
El Teatro fue dotado de los más grandes adelantos de su época, lo que permitió ser la sede de las más complejas y exigentes producciones. Su estructura fue planificada de modo tal que hoy en día, y con pequeñas adaptaciones técnicas y de construcción, sigue siendo un espacio funcional de primer orden. ¿Cuántas óperas y galas de ballet no fueron presentadas por vez primera en este espectacular recinto?; ¿Qué artista de bel canto no ilusiona tener presencia en tan acreditado espacio?; ¿Cuántas veces se ha repetido hasta el cansancio, que si un cantante no ha actuado en el teatro de la Ópera de París, en la Scala de Milán  y en el Metropólitan Ópera House de Nueva York, no se le puede considerar una o uno de los grandes? En fin, el referente de este teatro es imprescindible.


Pero independientemente de la gran historia musical que se desarrolló en el Teatro de la Ópera de París, es importante, es verdaderamente un impacto a la sensaciones estéticas, es decir, a la belleza, en toda su plenitud, recorrer con la vista y con el sentimiento por delante, cada uno de los detalles de este monumental edifico, su escalera, el vestíbulo, la gran cantidad de columnas y remates, las arañas colgantes de sus techos de artística forma y de decorados maravillosos; sus pasillos y los detalles de cada uno de sus espacios que uno quisiera grabar para siempre no solo en la mente sino también en las más delicadas fibras de nuestro ser.


Sin exageración, este teatro supera y con mucho, cualesquier intento del hombre por recrear la belleza.
No sería justo que sólo mencionáramos a los tres teatros anteriores, es importante dar crédito a otros más que han significado para la ópera y las bellas artes en general, lugares de relevante importancia; ahí están el Teatro Colón de Buenos Aires, al que se le considera que posee la acústica más perfecta y que además ostenta una belleza también de excepción; otro es el más antiguo teatro de ópera que es el San Carlo de Nápoles; el Marlinsky Theatre de San Petesburgo de regia presencia; Barcelona ofrece un hermoso recinto denominado Gran Teatro de Liceo; por su parte La Fenice de Venecia en donde múltiples han sido los estrenos que a lo largo de su historia se han realizado ahí; no se puede dejar de mencionar el Convent Garden o Roya Ópera House de Londres, ni tampoco el Bavarian State Ópera de Múnich; pequeño pero hermoso también la Ópera de Monte Carlo que fuera diseñado por el mismo Garnier, de quien recibe el nombre el Teatro de la Ópera de París; Viena y Budapest poseen teatros de espectacular perfección estilística; Praga en la república Checa tiene otro acuciosamente planificado; el Palacio de las Artes Reina Sofía de Valencia es muy atractivo y el novedoso Ópera de Sidney en Australia que siempre ha buscado en su construcción y en su funcionalidad las calificaciones más notables.

Todos éstos y muchos más que no nos permite el espacio tratar, son el alma de las bellas artes y aquellos que le dan especial significación a un Verdi, a un Wagner,  de quienes  por cierto,  este 2013 se cumplen 200 años de su natalicio, la presencia de Franz Liszt, de Bizet, de Rossini, de Chaikovsky, de Smetana, Donisetti, de Bellini y de muchos más cuyos espíritus siguen ahí presentes a través de sus inmortales  notas musicales.