El maravilloso mundo de la antropología

Por: María Luisa Acevedo Conde


Los antropólogos tenemos entre nuestras técnicas de investigación una particularmente útil a la que llamamos técnica de observación participante y que consiste en insertarse en la sociedad que se estudia de manera activa, participando en las actividades que la población desarrolla en su acontecer cotidiano y festivo, pues se espera que de esta manera pueda penetrar íntimamente en la trama social, captar de manera integral los fenómenos de la vida social y discernir las particularidades de cada cultura. Por supuesto, el investigador toma su lugar en la sociedad de acuerdo con sus características personales: sexo, edad, estado civil y habilidades, pues existen espacios apropiados sólo para los hombres o para las mujeres y actividades que son propias de un varón y no admiten ser desempeñadas por una mujer y viceversa. Parte del trabajo de un investigador es observar y registrar con cuidado los usos y costumbres y manejar adecuadamente el protocolo de la comunidad que estudia, para no cometer errores y crear rechazo.


De sobra está decir que el proceso de aprendizaje de las normas sociales de cada grupo está lleno de incidentes de muy diversas índoles, los que muy rara vez llegan al conocimiento del público; normalmente, éste tiene acceso a los resultados técnicos de las investigaciones contenidos en un libro, en ponencias científicas, en artículos de divulgación, en exposiciones fotográficas, etc., sin imaginar las experiencias que confronta el investigador al inmiscuirse en sociedades con culturas distintas a la suya propia.


Considerando que es interesante devolver a los científicos sociales la dimensión de individuos cargados de su propia cultura que intentan conocer modos de vida distintos, en esta serie de artículos me propongo narrar algunas de mis propias experiencias en el desempeño de mi profesión, las cuales son sólo anécdotas marginales al trabajo propiamente científico, que he tenido en situaciones de interculturalidad.


Una vez, tuve que ir a una comunidad mixe en la cual se estaba llevando a cabo la fiesta del santo patrón del pueblo. Tenía entonces 19 años y estaba realizando una práctica profesional, así que cerca del mediodía, llegué sola hasta ese pueblo, al que solamente se podía llegar caminando. Como es usual, busqué a las autoridades para reportar mi presencia y mis propósitos de trabajo, pero me informaron que éstas se encontraban presenciando un programa social en el centro del poblado. Fui a ese lugar y me acerqué a la mesa donde estaban el presidente municipal, algunos de los miembros de su cabildo, el inspector escolar y el jefe de la partida militar; me presenté y de inmediato me invitaron a acompañarlos. El secretario municipal  me explicó en español que el programa había empezado hacía poco tiempo y que en él participaban algunos visitantes de otros pueblos, además de alumnos de la escuela local. Pude apreciar la ejecución de varias danzas regionales, poesía coral, tablas gimnásticas y representaciones teatrales. Al terminar esta actividad, que se prolongó por varias horas, se inauguró el torneo de básquet bol en el que habrían de participar, durante tres días, varios equipos de la región; después, fuimos a comer y al salir de la casa donde se realizó la comida, el presidente municipal instruyó a una persona para que se hiciera cargo de escoltarme y velar por mi seguridad.

El personaje designado era un hombre de edad madura que me seguía por todas partes y hacía imposible que yo pudiera alejarme lo suficiente para encontrar un lugar privado para hacer pipí, así que tuve que explicarle a señas lo que yo necesitaba, pensando que me daría oportunidad de alejarme un poco, pero en lugar de eso, solamente se volvió de espaldas. Yo estaba muy incómoda y no comprendía su falta de discreción, hasta que vi que las mujeres del pueblo orinaban poniéndose en cuclillas simplemente, pues además de que usan faldas largas hasta los tobillos con las que quedan cubiertas al agacharse, no usan ropa interior y, por lo tanto, no necesitan manipular ninguna prenda. Es obvio decir que, en tales condiciones, procuré evitar lo más posible el consumo de líquidos y sus consecuencias.


Al llegar la noche, yo esperaba poder asistir a la quema del castillo y después al baile que estaría amenizado por una banda local y una orquesta proveniente de la ciudad de Puebla, pero mi escolta me indicó que me mostraría el lugar donde habría de alojarme para pasar la noche. Fui con él a la planta baja del palacio municipal; allí abrió una puerta y me mostró un cuarto enorme en el que había una cama nueva, una mesa y un altar en el que estaban encendidas varias veladoras, cosa  que me pareció muy útil porque no se disponía de energía eléctrica en ese pueblo todavía y de no ser por las veladoras me quedaría en una obscuridad total, pero mientras yo miraba el lugar y ponía la mochila con mis pertenencias cerca de la cama, el encargado de mi seguridad salió, cerró la puerta y puso un candado para evitar que alguien pudiera molestarme. Acto seguido se marchó, dejándome encerrada.   Toqué la puerta desde adentro y grité que quería salir, pero nadie parecía oírme por el ruido que había en el ambiente, así que no me quedó más alternativa que tratar de dormir.

A la mañana siguiente, me quejé con el secretario municipal por este exceso de cuidado a mi persona y pedí que me permitieran andar sola, solicitud que ameritó una reunión del cabildo, pero que afortunadamente se resolvió a mi favor, dejando a mi entera responsabilidad la seguridad de mi persona. Deambulando por el pueblo, encontré otra forma de participar en la fiesta y de protegerme: me fui a hospedar con una de las maestras que trabajaban en el pueblo y que, además de darme un lugar para dormir, me explicaba muchas costumbres del lugar y me acompañaba para asistir a diversas actividades relacionadas con la fiesta. A través de ella, conocí a algunos de sus alumnos y a sus familias y, de ese modo, me pude introducir con mejores resultados en la vida comunitaria. La maestra y los niños me sirvieron como traductores, me acompañaron a los lugares sagrados y me explicaron las diversas ceremonias que me tocó presenciar. Permanecí en el lugar tres meses y en ese tiempo me involucré en numerosas actividades de las familias y de la comunidad: acudí a los campos de cultivo, aprendí a tejer en telar de cintura, a hacer tamales, cómo se pone a fermentar el tepache, la bebida ritual por excelencia del pueblo mixe; también me enseñaron a hacer caldo de guajolote, a reconocer hierbas curativas, a prepararlas para su uso y a decidir cuándo es oportuna su aplicación, a realizar rituales propiciatorios, a interpretar las señales de lluvia, a tratar adecuadamente a los hombres y mujeres de acuerdo con su edad e importancia social, a comportarme de acuerdo con la etiqueta del grupo y a entender la importancia de la naturaleza y de los sobrenaturales que la rigen. Y puedo decir que a pesar de mi desconocimiento del idioma, pude entender el valor de una cultura diferente a la mía, pero igualmente importante.


Debo reconocer que vivir en un mundo diferente al propio, con otros recursos materiales, con otras maneras de hacer las cosas, con otra sabiduría y con diferente visión del mundo no es cosa sencilla. Demanda una gran capacidad de adaptación y un claro sentido del respeto a lo que nos es ajeno. Sin embargo, la recompensa es muy importante, pues nos enseña a ver el mundo y la vida con una perspectiva mucho más amplia.