miradas que valen la pena

DE LA FIESTA Y SUS DETALLES

Por: María Concepción Villalobos López.


 

El espíritu festivo, la disposición al goce y al disfrute es parte de la naturaleza humana lo mismo que  la pena, el dolor y el sufrimiento; la condición efímera de la vida misma, nos invita a vivir con plenitud cada uno de sus instantes, tal cual lo recomiendan en los votos católicos del matrimonio, “en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y lo adverso”;  así, como parte de nuestra rutina muy personal, aceptamos el trabajo, el deporte, el ocio y también el descanso al tiempo que la rutina social y colectiva, incluye los tiempos cívicos, los de la democracia, los del deporte, los conmemorativos y por supuesto, los referentes a la fiesta y la celebración, que dependiendo del tiempo, del lugar y la fecha, van dibujando la identidad cultural de un pueblo.
Esta hermosa ciudad de Oaxaca, aunque a veces nos parezca complicada e insufrible, especialmente en el mes de julio se viste de fiesta y nos convoca a vivir plenamente una tradición que cada año nos sorprende y se reinventa, encuentro cultural que se desborda en sus calles, invade nuestras casas, evoca el recuerdo y reconforta el alma.
La Fiesta de los Lunes del Cerro, cuyo origen nos remonta a los pueblos prehispánicos, en Oaxaca aún se esfuerza por subsistir, aún  aguarda en la memoria social que  con añoranza la refiere como la gran celebración popular, como el  tiempo de la convivencia, el espacio para el esparcimiento delicado,  rústico, sencillo, provinciano,  pero de mucho corazón.
Fiesta que llega con el mes de julio, sus lluvias vespertinas y las mañanas soleadas y que nos invita a salir a las calles, a saludar a los amigos,  a pasear en el campo  para  recoger azucenas, a vestirnos de colores, a escuchar música y a almorzar en familia; espacio que los abuelos recuerdan con alegría,  que leemos en las crónicas y que añoramos con cierta indignación, mientras contemplamos la vorágine mediática que con grandes espectaculares, nos ofrece el tiempo de Guelaguetza, dejando en el olvido la tradición del cerro y sus lunes de convivencia.
Entrañable  es para quienes en Oaxaca hemos crecido, la Fiesta de los Lunes de Cerro, ahora convertida en seductora  Guelaguetza, que nos brinda la  oportunidad de ser vistos por el mundo, de entrar al negocio de la vacaciones, de  demostrar que vivimos en paz, de compartir algo de nuestra cultura; tiempo de   encuentro racial “único en el mundo”, según declaran algunos entusiasmados en sus reportajes y en las campañas de publicidad.
La  provinciana fiesta que vemos en las crónicas antiguas, ha dado  paso  al negocio prometedor  que cada año nos ofrece la posibilidad de reactivar la economía local, aunque para lograrlo, haya que vender lo que el mercado compra y no precisamente compartir lo que somos; ahora ofertamos la Guelaguetza de la mano de una exitosa cantante internacional, mientras  la fiesta del cerro, va cayendo en desuso,  privilegiamos los espacios para visitantes, mientras contemplamos el éxodo de los residentes en busca de nuevos cerros para  celebrar, de otros horizontes  de azucenas, de vendimias y almuerzos familiares alejados de la curiosidad del visitante y el comercio excesivo y sin control; el corazón del puro nito se niega a morir y   el alma oaxaqueña aún brinca de alegría ante el aroma de un buen mezcal y estalla apasionada con  los colores del mole.
Una ciudad como Oaxaca, tan llena de historia, tradiciones, cultura y arte, sólo se concibe con  la pasión de quienes la habitan; durante el mes de julio, más allá de los conflictos políticos y  sociales, olvidando por un rato las dificultades económicas y retando la imaginación, Oaxaca se reboza con el talento de su gente, cada quien en su propia trinchera, interpretando la tradición, tal como lo aprendió de su familia, tal como la vivió en su barrio y mostrándola con orgullo; un amable ejército que  se despliega en las áreas  servicios, ahí van los taxistas sabiendo que es su mejor época; también las  edecanes, guías de turistas, ahí están aquellos quienes tienden las camas o preparan la comida, los  vendedores de artesanías, agentes de información, oficiales de tránsito y seguridad, cada quien dispuesto a trabajar, cada quien dando lo mejor de su ser, por supuesto con el respetable anhelo de ganar el “pan con el sudor de su frente”, al tiempo que disfrutan y orgullosos comparten el ambiente festivo de su casa.
Una mirada  a esta fiesta, obligadamente nos conduce al regocijo cuando encontramos el  despliegue de talento artístico que en el mes de julio se manifiesta en prácticamente cada rincón de la ciudad; en primer lugar llegan las delegaciones que con sus bailes y cantos, alegran la fiesta; ahí están también  los músicos, los cantantes, los pintores, los que hacen danza y teatro y que ocupan  diversos foros de la ciudad para nutrir un programa cultural que con gran orgullo  da muestra del talento  local, arte  que en Oaxaca no tiene límite de edad, aunque por razones obvias no menciono aquí la larga y generalmente desafortunada lista de espectáculos comerciales que aprovechando la ocasión y confundiendo la razón,  son beneficiados con costosos contratos.

Hay miradas que valen la pena y apreciar la grandeza de nuestra tierra a través del talento de su gente, es una de ellas; cómo no abrigar esperanzas cuando escuchamos una banda infantil ejecutar la música como los grandes; cómo no pensar que este estado es grande y lleno de recursos, cuando la juventud se impone en las delegaciones visitantes y su alegría se contagia irremediablemente;  cómo no sentirnos orgullosos de esta tierra cuando la escuchamos en distintas lenguas, en distintos ritmos y con diferentes colores y sabores; cómo no dejar de lado los sinsabores de la inseguridad, la política y las carencias de servicios, cuando a cada paso encontramos sorprendidos visitantes extasiados lo mismo ante una sencilla fachada doméstica, que ante la magnífica figura de un monumento religioso; cómo no amar nuestra casa, cómo no confiar en  que el futuro será mejor si cada mes de julio, pese a todo y a todos, pese a las demandas comerciales y a las tendencias del mercado,  nuestra cultura original y sus  manifestaciones  presentes,  se imponen y nos atrapan para recordarnos  que Oaxaca es una ciudad, que vale la pena mirar.