miradas que valen la pena

cultura eres tu

Por: María Concepción Villalobos López.


 

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.  G.A.Béquer.
Con el inolvidable verso de  Gustavo Adolfo Béquer la pregunta flota en el aire ¿qué es cultura?... y sí,  efectivamente,  cultura eres tú. Cultura somos nosotros, cultura es el ego a veces tan insoportable, cultura son aquellos, cultura es cualquier  manifestación humana, la respuesta a la vida y sus retos;  el ambiente que nos rodea, el ideario colectivo, las creencias personales; la voz de la abuela, el aroma que nos transporta al pasado y también el ancla en el impredecible hoy; cultura es el día a día y lo que trasciende; el Dios que castiga y el que consuela;  los ideales, la vida  cambiante, dinámica, flexible y fundamental;  es el entendimiento, el vestido y el habla; el entrañable canto y la música que nos envuelve;  el llanto y la risa; lo que se toca y también lo etéreo;  el pan, la tortilla y el arroz que nos nutre; los valores de la conducta privada y pública. Así es que si la pregunta es qué  es cultura…
El término cultura tiene su origen en la voz latina colere, que significa cultivar; en latín, cultus se refiere a la propiedad de un campo de estar cultivado, término que  con el tiempo sirvió como metáfora al referir la diferencia entre una  persona ruda, como la tierra virgen y quien ya se había educado como un campo cultivado; así, términos como el cultivo de la mente o del alma empiezan a usarse frecuentemente y es a partir del siglo XIX cuando las personas que ocupaban su tiempo de ocio en leer, asistir a exposiciones y emprender diversas actividades relacionadas con el arte, fueron mencionadas como  cultas o cultivadas.
El término de cultura ha evolucionado y en torno a su definición han existido diversas corrientes encabezadas por filósofos, maestros, pensadores, hombres de fe y artistas que han tratado de colocarla en la justa dimensión,  que han buscado separarla de lo cotidiano al  reconocer primordialmente  la cultura que  trasciende, la que hemos recibido en herencia, la que viaja  de una generación a otra, la que en el presente ocupa las mesas de discusión y que se mantiene vigente y familiar para aquellos grupos selectos que la aprecian; la cultura que también es objeto de discusión y controversia cuando se trata de su porvenir; cultura que sobrevive a los cuestionamientos en cuanto a su  conservación; a las razones para protegerla, para librarla del destructivo incendio  de la épica Biblioteca de Alejandría, que en la antigüedad fue referente de consulta sobre toda la cultura conocida hasta entonces; cultura que ocupa el tiempo de los investigadores, de la sociedad civil, de la academia  y de todas las personas que participan en  foros de instituciones que destinan recursos a su análisis y estudio.
En la actualidad, hablar de cultura puede tener distintas connotaciones, Wrigth afirma que es una de las palabras más complicadas, que puede tener múltiples definiciones;  la UNESCO la describe como el conjunto de rasgos distintivos y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social; ella engloba además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”, lo que nos aproximan concebir la cultura como aquellos  los rasgos que nos dan identidad, en contraste con las prácticas y creencias que son comunes con otros pueblos; sin dejar de identificar el límite entre  la que podría llamarse cultura universal y aquella que da identidad al estar conformada por los  rasgos  y manifestaciones particulares de un grupo social.
De esta forma, podemos hablar de la cultura clásica, cuando nos referimos al mundo griego y romano; de la cultura medieval, en torno a la llamada “larga noche de mil años”; de la cultura maya, azteca, zapoteca o inca, cuando hablamos de los pueblos prehispánicos que nutrieron su percepción a partir del maíz; de la cultura oriental, que se alimenta del arroz; de la cultura ecológica, a la cultura urbana o vernácula y también por qué no decirlo, a  la cultura de la guerra  y de la paz.
En el ámbito empresarial y social,  también nos referimos a la cultura médica, a la cultura de la salud o a la cultura organizacional, siempre en el ánimo de integrar una serie de prácticas, valores y códigos,  que dan identidad a un grupo humano, sin dejar de mencionar las políticas públicas que se agrupan en torno a un Consejo de Cultura, un Fondo para la Cultura, el Ministerio o la Secretaría de Cultura.
Antes de perdernos en toda clase de  definiciones, es indispensable una mirada a nuestra postura  personal y colectiva de cara a la cultura que nos pertenece, su preservación y vigencia, pues aunque pudiéramos pensar que es un asunto de quienes trabajan en el área, de filántropos, mecenas o extravagantes personajes que se acercan al tema; es innegable que su dinámica espontánea o dirigida, determina nuestro entorno  y se inserta hasta en el más íntimo rincón de la existencia; nadie escapa a su influencia, sobre todo en tiempos en que  la comunicación, los patrones de consumo de una economía globalizada y los valores universales, han determinado algunos rasgos comunes de la cultura contemporánea.  En este sentido marcas, productos, alimentos, canciones, estilos de vida han permeado en los grupos sociales como  una cultura común y que probablemente nos ha de identificar como generación, sin que esto signifique que ha de trascender y mucho menos, represente la identidad de un grupo social. Los códigos y aspiraciones de la juventud de la mano de la tecnología y el ciber espacio no conocen barreras geográficas; el twitter, el hashtag, trending topic,las etiquetas, el facebook, el muro y el mail, dejaron lejos al fax, la agenda, los timbres postales y el correo, construyendo una cultura global que nos mantiene alerta al cambio y representa un gran esfuerzo de adaptación.
Sin embargo, es importante mirar también el lugar que ocupa la  cultura propia, la    que nos da identidad;  aquella que por singular y única nos distingue, nos une como sociedad y nos enorgullece; las prácticas, el idioma, música, el arte y las instituciones van dibujando  el rostro de un grupo ante el mundo; el discurso que nace de nuestras creencias y visión cosmogónica; que fluye desde la voz de pasadas generaciones, la cultura que se modifica espontáneamente, que se adapta a las necesidades de un tiempo, que  no conoce límites ni reglamentos que la determinen, que limiten sus momentos de cambio y revolución; esa cultura que trajo a México al Pachuco y lo puso de frente al charro; la cultura que hoy habla de genocidio; que responde a la voz de los migrantes; que subyace en el campo o en las ciudades con todos sus retos; la cultura que debe reflejarse en las  políticas públicas o sistemas educativos, pues como lo afirmara el filósofo madrileño Ortega y Gasset, “cultura es todo lo producido por la razón en su búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que son los principales valores de la cultura”.
Una mirada a la cultura y su relación muy particular con el ocio, o lo que los italianos llaman  dolce fa niete, -la dulzura de no hacer nada-, nos acerca a la recreación, el bienestar, la calidad de vida y  la práctica significativa del tiempo libre y constituye la gran oportunidad de desarrollo personal, de acercamiento a las expresiones estéticas, de desarrollo intelectual, de conocimiento y educación, elementos indispensables para fortalecer los valores y el perfil de un pueblo que trasciende en el tiempo, que como afirmara Zenón de Elea,  refleja “el genio de una nación que la  eleva por un instante al Olimpo”.
En Oaxaca, la  diversidad cultural, es la constante y  según el cristal con que se mira, puede representar la gran desventaja, el reto a vencer; o la gran oportunidad de la aceptación, del enriquecimiento, de encuentro con el pasado, de vivir  el presente y construir  el futuro y en esta tierra, la tradición y  su sentido profundo se enfrentan al folklor ligero que se expone a la fotografía del viajero. Enrique Flores Cano afirma que en cada época las sociedades rescatan el pasado de manera diferente, seleccionando ciertos bienes y testimonios que en su momento se identifican con su idea de patrimonio cultural, lo que nos enfrenta al reto de observar la postura de quienes están a cargo  identificar y preservar  aquellos elementos  de la cultura edificada o intangible  que nos han sido heredados, además de  las manifestaciones presentes que  han de trascender a otras  generaciones.
La Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, ofrece un enfoque importante al afirmar que  “la cultura también debe asumir el compromiso de respetar los derechos humanos y las libertades fundamentales”;  por su parte, en la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos, establece que “la cultura  debe ser respetada, preservarse y ser factor de enriquecimiento de la humanidad; todo pueblo tiene derecho a sus riquezas artísticas, históricas y culturales y de ninguna manera se le impondrá cultura extranjera”, y en ambos casos nos ofrecen una plataforma que consolida a la sociedad como actor principal de la cultura y como responsable de mantener  viva y respetada la cultura propia, sin aceptar imposición alguna.
Mirar la cultura desde la óptica del turismo,  también implica un doble sentido. En primer lugar, el folklor, las artesanías, el arte, el idioma, la música, la danza, la gastronomía y las tradiciones, son algunas de las manifestaciones de la cultura que constituyen una poderosa atracción para el mundo, el  motivador fundamental para el viaje y lo que se denomina, la  ventaja competitiva en los mercados turísticos; en un segundo enfoque, el turismo representa el riesgo de la enajenación de un bien cultural; la riqueza colectiva,  puesta al  beneficio exclusivo del desarrollo turístico, el disfraz a la medida y el espectáculo ligero que trastoca y acelera la evolución de la cultural, por lo que es ineludible  la responsabilidad de abordar el tema  de la cultura y su vínculo con el turismo para  definir mecanismos de un aprovechamiento respetuoso que garantice la  prevalencia de la cultura ante cualquier beneficio económico.
Hay miradas que valen la pena, y cuando hablamos de cultura, es importante  considerarla  un derecho y no un mero lujo; trabajar por garantizar  el acceso a sus manifestaciones como una opción recreativa y de calidad de vida sin  importar la discapacidad, la edad, condición económica, el sexo o la religión y  eliminar de manera efectiva  cualquier barrera que se interponga en el acceso de las personas a la cultura.
Es indispensable también  replantear el quehacer cultural para llevarlo más allá de la mera organización de eventos, festivales, ferias y cursos; hablar de cultura como nuestra responsabilidad de construir y trascender como generación; como la gran oportunidad de vivir en mejores condiciones, de formar una mejor sociedad, de estimular el arte y a sus creadores; replantear el trabajo cultural desde todos los ámbitos, revisar el marco legal y motivar el debate de los expertos; administrar las políticas públicas desde todos los niveles y gestionar  su fortalecimiento y preservación,  garantizar la  infraestructura y el marco para la creación, expresión y divulgación de la  cultura y desde la ciudadanía, tomarla en serio, consumirla con mayor entusiasmo y en su caso, profesionalizar su gestión.
La cultura es nuestra identidad, nos dibuja, nos transforma, nos fortalece ante el mundo; estudiar sus posibilidades y aprovecharlas como ya lo están haciendo en  otras latitudes, constituye una gran oportunidad para insertarnos en el desarrollo con un rostro propio, como un pueblo con sus propias necesidades. Hay miradas que valen la pena y acercarnos a la cultura desde distintos ángulos, es una de ellas; así es que, si me  preguntas  qué es la cultura, vuelvo a recordar que “cultura eres tú”.