Cuarto viernes de cuaresma, la samaritana

Por: Guillermo García Manzano


El cuarto viernes de cuaresma nos anuncia que se acerca la tradicional semana santa en Oaxaca, en el que se hace el simbólico reparto de aguas frescas por lo que desde siempre, se le ha dado por llamar… ¡Viernes de Samaritana!.

En el tiempo de los abuelos, la multitud se agolpaba en el pórtico de los templos para llenar la “cantimplora” o el criollo jarro vidriado, con el refresco fragante de chía, de blanca horchata, de tamarindo o de jamaica, rociado con pétalos de rosas que las “chinas” de la barriada pródigamente ofrecían, sin dejar de pasar una rica y reconfortante chilacayota. El pueblo, bullicioso y demandante, se amontonaba entusiasta y pleno de tradición bajo un fresco ambiente, saturado del peculiar aroma a barro húmedo y a tierra remojada, aroma que escapaba de las enormes ollas horchateras, típicamente adornadas de verdes carrizos y banderitas de colores.

Antiguamente, a un lado del pórtico de los templos, se disponía una silueta de Jesús con la Samaritana y un pozo de brocal; con esto indicaban gráficamente el sentido exacto del sencillo y tradicional acto del cuarto viernes. Hoy ha desaparecido del escenario de la tradición ese simbolismo gráfico, pero como ayer, nuestras “chinas” samaritanas continúan ofreciendo al viandante, como primicia en flor, la fresca dádiva de sus empetaladas aguas en memoria de aquel pasaje bíblico donde el sediento Nazareno humedeció sus labios abrasados en el odre que le ofreció la Samaritana. En la actualidad se realiza una sencilla representación teatral de este encuentro de Cristo y la Samaritana.

Esta costumbre ha trascendido a escuelas, comercios, oficinas públicas y establecimientos turísticos, en donde suele perderse el sentido religioso tradicional, dando paso a acompañamientos musicales modernos, canapés y otras viandas. 

EL VIERES DE SAMARITANA EN LA MERCED

Entre las pequeñas fiestas religiosas celebradas en el templo y el convento de la Merced, nuestros ancestros disfrutaban en medio de un ambiente popular, el viernes de cuaresma llamado de la Samaritana. En este viejo convento se representaba el pasaje bíblico de la mujer de Samaria dando de beber a Jesús, el peregrino divino.
En el fondo del corredor se disponía el altar que representaba “el paso”, con un decorado oriental, palmeras, platanares sombreando el pozo, y a su vera la Samaritana. Abajo y a los lados, grandes y ventrudas ollas, adornadas con coronas de laurel y rosas y llenas de agua bendita.

Las señoras connotadas del barrio, encargábanse de repartir el agua entre los feligreses, que llevaban jarros y ollitas de loza verde adornados con laurel y chamizo. Para el público se destinaba el agua ordinaria, mas para los elegidos se les tenía reservada la auténtica horchata de semilla de melón, agua de chía, jamaica, tamarindo y limón. Esta falta de igualdad no era óbice para que el barrio se pusiera en alegre movimiento y presentara una pintoresca animación, donde sobresalían las damas vestidas de chinas poblanas, con porosas mascadas de vistosos y chillantes colores, luciendo en las orejas grandes arracadas de oro y perlas.

El entusiasmo aún persiste en el barrio para celebrar este hermoso pasaje bíblico. Nuevamente las damas lucen sus trajes regionales y se avocan a convertirse en bellas anfitrionas. La Merced es un buen ejemplo de lo que es preservar esta costumbre la que se ha visto afectada por conjuntos y ritmos modernos, que amén de propiciar tórrido escándalo, demeritan su ausencia tradicional.