Claudio Abbado y su filosofía por la música

Por: Sergio Spíndola


Entre los grandes directores de orquesta de la Historia, estos tuvieron sus muy particulares ideas sobre la música, sobre cual es la finalidad de la música, sobre como debe asumirse la interpretación de la música, que caminos debe asumir ésta; en fin, su visión personal del arte musical, producto en gran medida de su tiempo, de su época, de su cultura o herencia cultural. Así ha sido desde que apareció esta profesión, particularmente desde finales del siglo XIX, y, sobre todo, ya en lo que fue el siglo XX. Una personalidad entre estas figuras que es de gran importancia y valía lo es la de Claudio Abbado (1933), director de orquesta italiano, quien ha marcado un estilo personal muy peculiar, así como ha significado un digno ejemplo entre quienes se dedican a la música.
      Proveniente de un medio familiar plenamente musical (ambos padres músicos, así como sus hermanos), originario de Milán, Claudio Abbado descubrió y definió a muy temprana edad lo que sería su vocación artística. La descubrió cuando a la edad de siete años, en la Scala de Milán, vio desde el podio el desempeño de un director de orquesta, lo que marcó al niño, y desde ese momento decidió dedicarse a lo mismo. Y aunque tuvo otros aprendizajes musicales, como estudiar composición y piano, la dirección de orquesta fue su prioridad y auténtica vocación. Así su constancia, talento y estudio le llevaron a figurar a partir de la década de los sesenta, a convertirse en uno de los más destacados e importantes directores de su tiempo. Así, en su amada carrera, para él, su satisfacción es el haber dirigido a grandes orquestas y a grandes solistas (cantantes e instrumentistas). Sin duda, un merecido reconocimiento a su trayectoria y capacidad, fue el que la Orquesta Filarmónica de Berlín lo nombrara su director titular, en 1989,  a la muerte del legendario Herbert Von Karajan, quien representaba un hueco no fácil de llenar en esa orquesta.
      Las cualidades de Claudio Abbado le han hecho valerse la admiración y el respeto de todos aquellos músicos que han tenido la grata experiencia de trabajar con él, y en algunos casos de ser formados por él. De Abbado se ha valorado, además de su capacidad musical, su calidad humana. Como bien lo definió su amigo, el actor alemán Bruno Ganz, Abbado, por sus cualidades es “un noble caballero italiano”, de esos que casi ya no se ven, casi en extinción. De él admira, lo que muchos admiramos: su elegancia, una grácil elegancia tan natural que manifiesta en sus expresivos movimientos corporales cuando dirige. Este es un elemento distintivo de Abbado. Con su mímica pareciera que la música fuese algo tangible, material, que se pudiera tocar, ya que con sus ademanes empuñando su batuta, pareciera moldear esos sonidos que extrae de la orquesta. En verdad, verle dirigir representa una emotiva experiencia, satisfactoria, completa, de adentrarse más en una obra musical. Para músicos que le conocen muy de cerca, Abbado no es un director que le guste el protagonismo o el estrellismo, y la teatralidad –a pesar de ser un director encumbrado-, y esperar ansiosamente el aplauso. El es ajeno a todo ello, y lo que hace es entregarse completamente a la música, de adentrarse al corazón de una obra, y de llevar a ello al público. Abbado es de la convicción de que mientras más se da más se recibe.
      Dentro de la interpretación musical, para Abbado el silencio es un elemento esencial en la música, y eso es algo que mucho valora. Para él, el mejor público es el que sabe permanecer larga y completamente en silencio, particularmente cuando se interpreta una obra que tenga que ver con lo religioso, lo místico, con la misma muerte. De este caso, figuran ejemplos muy representativos como el Réquiem Alemán de Brahms, el Réquiem de Verdi, o la Novena Sinfonía de Gustav Mahler, por mencionar algunos. Cuando Abbado interpreta alguna de estas obras, al concluirla ha llegado en su lugar a permanecer estático, silencioso, en una actitud reverente y reflexiva. Y esa actitud, la logra transmitir al público, quien permanece en ese reverente silencio y sentimiento reflexivo por unos instantes. Esto ocurre en toda una sala de al menos dos mil espectadores, testigos de ello.  Una auténtica comunión, a la que se suman todos. El público ideal al que aspira Abbado y que él lo consigue en sus conciertos.
      De Claudio Abbado se puede decir que es un director de orquesta “atípico”, si lo comparamos sobre todo con los directores de orquesta del pasado. Estos directores –grandes figuras- se caracterizaron por ser autoritarios, dictatoriales y hasta agresivos en algunos casos. Abbado pareciera ser la antítesis de esto. Por el contrario, Abbado es un director que no trata de imponer sus criterios a sus músicos. De actitud amable, busca siempre el acuerdo, el entendimiento, ser sólo un conducto para hacer funcionar a toda una orquesta, y llegar a un fin común. Esto es algo, que han reconocido ampliamente los músicos de las distintas orquestas que ha dirigido, trátese de la Filarmónica de Berlín, la Orquesta Juvenil Gustav Mahler, o la Orquesta de Cámara de Europa. Para Abbado es esencial mantener un buen entendimiento, y otra cualidad más, saber escuchar a los demás, tomar en cuenta otra idea o propuesta, que pueda beneficiar y enriquecer la interpretación musical. Abbado reconoce cuando se equivoca, no es obsecado, a sabiendas de que esté equivocado, pero imponga su criterio, para no ceder a su ego. Él acepta las observaciones de solistas, cantantes o miembros de una orquesta. Y cuando toma una decisión, siempre lo hace tratando de convencer a los demás. Esa ha sido la fórmula o estilo de trabajo, que lo ha llevado a alcanzar grandes cimas como director de orquesta.
      Dentro de su exitosa carrera, la vida no ha sido fácil para Claudio Abbado. Su salud se vio fuertemente afectada por un cáncer que le obligo ha separarse de la dirección titular de la Filarmónica de Berlín, decisión que sorprendió e hizo lamentar a todos. Pero esta separación no recluyó a Abbado en el sufrimiento y la inactividad. Por el contrario, sacó fuerzas y fundó la Orquesta del Festival de Lucerna, una agrupación temporal que actúa cada verano para dicho festival. Para integrar esta orquesta reunió a varios de los músicos que forman parte de las distintas orquestas que ha dirigido; y estos músicos respondieron a su llamado con un gesto solidario. Y con esta orquesta se ha dado el resurgimiento de Claudio Abbado, un hombre que no se dejó abatir, y a pesar de haberse mermado en lo físico, pareciera que esta reaparición le dio mayores impulsos en su vida. Sus versiones son memorables, y en ellas se ha entregado con mayor intensidad y pasión. Una actitud en verdad admirable, en la que Abbado ha dicho que la música ha sido una medicina, que hace milagros.
      Su carrera y vida ejemplar ha ido de la mano de la obra del poeta alemán Friedrich Hölderling (1770-1843), quien le ha inspirado en lo que hace. Como Hölderling, Abbado busca refugio en la naturaleza, al acudir al acogimiento que le brindan la soledad de las montañas, alejándose del bullicio y agitamiento de las grandes ciudades en las que por su trabajo ha vivido –como el caso de Berlín-, por lo que es en el campo y las montañas donde alimenta su esencia,  escucha el “silencio” y encuentra el verdadero sentido de la vida.

 

Claudio Abbado fue elegido democráticamente por la Filarmónica de Berlín, pero su contrato ya no fue en forma vitalicia como su antecesor Herbert Von Karajan, quien estuvo al frente de esta orquesta durante 35 años.

Abbado dejó la Filarmónica de Berlín en el 2002, después de trece años de estar al frente de esta orquesta. Fue sustituido por el director inglés Simon Rattle (1955) ese mismo año.