Casilda Flores Morales, un alma devota

 

Por: José Demetrio Quiróz Alcántara


Eran los primeros años del siglo XX, la otrora Antequera del Valle de Oaxaca,  hacía poco había sido renombrada como Oaxaca de Juárez;  era una pequeña población del Sureste del país, con el rimbombante reconocimiento de ciudad; el centro político, económico, cultural, educativo de una vasta región donde  se concentraba el poder político y religioso, desde hacía cuatro siglos.
Poco tiempo había pasado desde que había  roto su aislamiento secular, lo  que le había dado características únicas que perfilaron con gran fuerza una  identidad propia; uno de sus hijos más notables, Porfirio Díaz Mori, Presidente de la República, se preocupaba por modernizarla y gracias a su empeño y a su propio peculio, se instaló el telégrafo; luego  se tendieron las vías   del Ferrocarril Mexicano del Sur, del ferrocarril Transístmico y  también la del puerto de Salina Cruz.
La incipiente industria productora de hilos,  jabón y cerveza, más que industria eran  pequeños talleres familiares destinados a satisfacer las necesidades locales al abastecerla  de artículos de primera necesidad, pues  importarlos de otros estados era  incosteable.  Oaxaca, se mantenía de sus artesanías y de un activo comercio local; allende las regiones del estado, los sábados se realizaba el enorme tianguis, conocido por los vecinos como “el día de Plaza”.
Ciudad de profunda identidad religiosa, contaba con un templo, por cada 800 o 1000 habitantes cuya dinámica social estaba determinada  por el ritmo de su actividad religiosa. La gente se despertaba antes del Alba, para asistir al Rosario a las cuatro de la mañana y a misa a las cinco. A estas horas se realizaba el desayuno y, posteriormente, el almuerzo. Por ello, las compras se realizaban al  anochecer o muy de madrugada, para tener lo necesario para la familia.
Eran numerosas y concurridas las fiestas  patronales en los diversos barrios así como un sinnúmero de festejos menores entre los cuales discurría plácidamente la existencias de  “Los Nitos”, forma en que se autonombraban  los citadinos;  palabra formada por la contracción del reconocimiento como : hermanito, manito ,nito…. Albas, convites, novenas, Misas de Función, Procesiones del Corpus, Octavas, Cuaresma, Pascua, Todos Santos y la Navidad  marcaban los ritmos de la ciudad y sus diversos barrios.
Fue precisamente  en  el populoso Barrio de la China, frente a la Pila de Juan Diego, que un día 9 de abril de 1910, nació la niña Casilda Flores Morales,  hija del matrimonio formado por Faustino Flores, originario de la Natividad, en Ixtlán y la señora  Luisa Morales Contreras; antes de Casilda, había nacido Esperanza, y después de ella vinieron al mundo  Celestino y Lolita (quienes fallecieron muy pequeños). La familia, expendía aguas frescas en el mercado del Marques del Valle (Actual mercado Juárez Maza), pues, María “la horchatera, era su tía “.
El hogar de los Morales Flores  se encontraba a la misma distancia de los Templos de San Francisco y de San Juan de Dios y por  alguna razón especial –que me es desconocida- la familia eligió el de  San Francisco para los oficios religiosos, convirtiéndose en una familia  importante de la comunidad. Hacia  1950 Casilda, junto con sus hijos Lalo y Teresa, ingresaron como Terciarios Franciscanos, asistiendo a las diversas actividades de esta Tercera Orden. Era católica ferviente y también amaba entrañablemente las costumbres oaxaqueñas; Casilda  era asidua a las calendas, y en muchas  ocasiones fue Madrina de la Calenda de la Navidad tanto en el Templo de San Francisco, como en el de San Juan de Dios e incluso San Juanito ( San Juan Chapultepec), lugar al que  cada año llegaba a pie, al principio acompañada de su hija Tere y, después también de su nieta Socorro para participar en  la novena de la Inmaculada en San Juanito; de ahí  a Guadalupe y a la Soledad donde tenía de la costumbre de ofrecer café y pan a los peregrinos y a a las personas que participaban en las mañanitas de la Patrona de los Oaxaqueños, el 18 de Diciembre.
Era una mujer de esas que podrían llamarse “de gusto”, ella se  ganaban sus vitos (centavitos) y  acudía al almacén La Primavera  a comprar el perfume más exquisito para ofrendarlo  al Señor de la Misericordias en el Templo de San Juan de Dios; también compraba  los perfumes parisinos  que humildemente ofrecía a la Virgen de la Soledad o a la del Carmen Alto; cada día visitaba puntual al  Santísimo Sacramento, recorriendo los templos de la ciudad, según lo indicaba el Circular de las 40 horas; en  día primero de mes  ofrecía su vela de cera virgen de la marca Purísima o Altar, de la velería  Will&Baumer y durante las novenas ofrendaba “la tercerilla” que era  una vela pequeña, muy adornada, que de manera especial las señoritas Bourguet  elaboraban exquisitamente  por pedido especial  de doña Casilda, quién la llevaba al inicio de la novena para acompañar al Santísimo y cuando terminada la bendición se realizaba “la reserva “en el Sagrario del Templo.
Casilda, la mujer de manos pródigas, la de corazón abierto, la del alma sencilla, la mujer devota  que diariamente cumplía con las labores del hogar y se daba tiempo para preparar sus aguas frescas y venderlas y aún tenía ánimos y fuerzas para cumplir con sus deberes religiosos, incluso con el paso del tiempo, cuando su cuerpo envejeció, se le veía apoyada  en los brazos de la Chatita o de Socorro dispuesta a cumplir con todo, como solo una auténtica China Oaxaqueña, lo sabe hacer.
Con humildad franciscana, nunca se ufanó de lo que hacía, porque todo lo que ella ofrendaba brotaba de los más profundo de su ser;  amó hasta el agobio a su Redentor y a su Madre Celestial, siguió los pasos del “poverello de Asís”, siendo mansa como el lobo de Gubbio; siguiendo el ejemplo de Teresa de Calculta de “dar hasta que duela”;  sin embargo,  su mansedumbre era engañosa, pues cuando era necesario, se fajaba las enaguas y  lo mismo se enfrentaba a locatarias del mercado, que a gobernadores malqueridos y hasta el mismísimo ejército federal supo de su carácter plantado pues la fuerza de sus convicciones se sustentaba en la fortaleza de su espíritu y la grandeza se la noble raza zapoteca.
Casilda  Flores, la mujer de las aguas frescas, la china oaxaqueña, el alma devota que nos inspira a vivir auténticamente.