Presentación del libro  La ciudad de Oaxaca y su arquitectura porfiriana, de Sergio Spíndola.

Por: Marco Antonio Aguirre Pliego


 

Me da gusto comentar el libro del arquitecto Sergio Spíndola Pérez Guerrero, quien también tiene maestría en dicha disciplina; me da gusto porque soy testigo de la evolución de su trabajo como investigador. A Sergio lo conozco desde su ingreso a la Facultad de Arquitectura “5 de mayo” de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca. Él, en 1996 presentó como tesis, para obtener el título de arquitecto, un estudio intitulado  La arquitectura porfiriana en la ciudad de Oaxaca. Me tocó asesorarlo y fungir como sinodal en la recepción de ese trabajo. Aquella tesis fue ilustrada con fotografías y también con dibujos de su propia mano; la estrategia mencionada, por lo referente a lo último,  fue acertada teniendo en cuenta que Sergio es un excelente dibujante.  Algunos años más tarde fuimos compañeros en el curso de la maestría especializada en Historia de la Arquitectura en México, pues debo decirles que tal maestría la cursé ya cerca de mi jubilación como docente de Arquitectura. El curso en cuestión aglutinó a los arquitectos interesados en la Historia. Expreso este término a secas porque la historia de la arquitectura es, finalmente, uno de tantos aspectos del devenir de la humanidad, es decir, de la historia del hombre. La historia de la arquitectura sin el concurso de los acontecimientos sociales simple y sencillamente no tiene sentido.
   Me imagino que uno de los motivos que pudo haber inclinado a Sergio a estudiar este periodo del desarrollo de la arquitectura: el comprendido entre los finales del siglo XIX y los albores del XX, es el gusto que él tiene por la música académica, principalmente la considerada Romántica, la cual se da en un espectro en el que queda incluido el periodo mencionado. Porque, entre otras cosas, el maestro Spíndola, no solamente es un degustador de la música de conservatorio, sino además un estudioso serio de tal género de arte.
   El libro que hoy aquí se presenta es una ampliación o una profundización del tema que lo apasionó desde el periodo de sus estudios de licenciatura. Estudios de esta índole tienen la virtud de convertirse en materia prima para la elaboración de la historia de periodos posteriores,  en la medida que son registros de creaciones culturales que preservan la memoria. De no hacerse esto puede ocurrir que a largo plazo el conocimiento de algunas cosas se pierda para siempre. Pongo un ejemplo para la comprensión de mi postulado:
   Algunos de los chalets que en la etapa del Porfiriato se construyeron frente al Parque Juárez, popularmente conocido como El Llano, hace tiempo fueron demolidos. Si no hubiera registro de éstos los habríamos perdido de la memoria colectiva para siempre. He aquí el valor de este tipo de estudios  y he aquí el mérito del trabajo del maestro Spíndola Pérez Guerrero. Confirmación de este argumento es el hecho de que el autor del libro que aquí nos tiene, consigne, por ejemplo, el desaparecido chalet que perteneciera al señor Max Reimers, frente al Llano, en la avenida Juárez, antaño llamada calle del Progreso.  Quizás muchos de ustedes recuerden que en el terreno ocupado por dicha edificación se construyó, hacia 1981, la Cámara de Diputados del estado de Oaxaca,  pero es posible, por otro lado, que ya no recuerden cómo era la casona emplazada en aquel sitio.  Una fotografía de ella, en el Libro, nos recuerda su aspecto. Fotografía y texto son recursos que ayudan a la memoria de quienes se enfrascan en el ejercicio de recordar, Para el investigador, que es quien desea que los demás recuerden, las fotografías acompañadas de texto son herramientas.
   De la maestría en Arquitectura, con especialidad en Historia de la Arquitectura en México, que mencioné líneas atrás,  la cual estuvo vigente sólo durante dos generaciones de ingresados, surgió un movimiento de cronistas, que no propiamente historiadores, que hemos publicado algún trabajo referente a alguno de los periodos característicos de la historia de nuestra ciudad: Oaxaca. Y en ese movimiento está inscrito el maestro Sergio Spíndola y por ende, el libro que hoy él nos trae para ilustrarnos sobre un tema particular del devenir de la arquitectura local.  Como habitantes de la ciudad de Oaxaca es natural que éste despierte nuestra curiosidad, en la medida que somos seres sensibles, proclives a la nostalgia. No me refiero a una nostalgia intrascendente, sino  a una nostalgia de consecuencias positivas y propositivas, quiero decir, a una nostalgia que desemboque en un conocimiento del paisaje urbano de tiempos pasados, que contribuya a enriquecer nuestra capacidad para proponer elementos actuales congruentes con nuestra idiosincrasia colectiva; elementos que no riñan con el patrimonio construido que aún se mantiene en pie y que de alguna manera se constituye en baluarte de nuestra identidad citadina.
   El libro intitulado La ciudad de Oaxaca y su arquitectura porfiriana, de la autoría de Sergio Spíndola, ya es un libro de consulta que se suma al acervo de los de su género. Se trata de un libro en el que, antes de entrar en materia, se analiza de manera sumaria el panorama económico del estado de Oaxaca.  Sergio nos describe en pocas líneas la situación de la agricultura, la minería y la industria, aquí, en la segunda mitad del siglo XIX.  Considera  que esto es necesario para entender las raíces del fenómeno edilicio en la ciudad capital de dicho estado.  Y tiene razón; sin tal antecedente no se puede comprender el fenómeno del espacio construido.  Pero este prolegómeno no es el único determinante del fenómeno en cuestión, también hay que explicar todo aquello que influye sobre la voluntad formal proyectada en las edificaciones. Para esto nuestro autor redacta dos apartado que se subtitulan, uno: Características formales de la arquitectura; y otro, El Art Noveau en México y Oaxaca. En ellos nos habla de los repertorios formales de los estilos de diferentes épocas y como se mezclaron para constituir una expresión plástica que algunos tratadistas y el mismo maestro Spíndola llaman  eclectisismo.  Yo aquí intervengo con mis propios argumentos sólo para confirmar lo asentado en los dos párrafos aludidos:
   Francia, en la segunda mitad del siglo XIX, experimentaba auge económico derivado de dos cosas: de su transitar por la Revolución Industrial, surgida ésta más o menos un siglo antes, y de lo cosechado a través de su imperialismo colonial.  De lo primero dan fe tres de las Exposiciones Universales realizadas en París: la de 1855 ( la primera en ese país), la de 1867 y la de 1889, en la que apareció despampanante la Torre Eiffel. En ese año, en la ciudad de Oaxaca se iniciaba la remodelación del edificio del Instituto de Ciencias y Artes del Estado, obviamente con un diseño inspirado en la moda francesa. En aquellas exposiciones Francia mostraba al mundo la excelencia de sus productos industriales y culturales, de modo que con esto se convertía en modelo para todo el orbe.  Así es que el afrancesamiento cultural no sólo lo experimentó México, sino también el resto de países de Latinoamérica y muchos otros más.
   Por lo que respecta al imperialismo se puede decir que tal sistema hace florecer al país que detenta la hegemonía, en la medida que éste succiona la riqueza de sus colonias para  beneficiarse. Francia tuvo colonias en África, en la Indochina y en América, y de la explotación de éstas obtuvo la acumulación de capital que le permitió manifestarse con lujo; lujo con el que deslumbró al mundo en plena época del positivismo.  
   Hay un factor más por considerar en el análisis del fenómeno del afrancesamiento en la cultura llamada Occidental, éste es:  la voluntad de forma en las manifestaciones artísticas.
   Era la época del Romanticismo, tendencia o corriente caracterizada por el exotismo y por la inspiración de naturaleza historicista. Los gérmenes de dicha corriente o estilo ya se encuentran en Alemania e Inglaterra desde las postrimerías del siglo XVIII, sobre todo en la literatura, arte mediante el cual la imaginación se traslada a países lejanos o a tiempos remotos. Estas características se consolidan en el siglo XIX y de la literatura pasan a la gráfica, pues dibujantes y pintores se inspiran en los temas de aquella narrativa. Los ilustradores de libros lo adoptan de manera consecuente. A ellos no les queda otra opción.  Y de la literatura y la plástica, los principios del Romanticismo pasan a la arquitectura.  Lo anterior explica por qué el maestro Spíndola refiere en el apartado denominado Características formales de la arquitectura, en el segundo capítulo de su libro, que  “dentro de los elementos que comúnmente se aplicaron y mezclaron entre sí, en un lenguaje ecléctico local, se encuentran sobre todo los procedentes de estilos como el clásico, el renacentista, rococó, art noveau y, en menor medida, medievales y aun orientales”.
   Con respecto al Art noveau me gustaría comentar algo. Dicho estilo, según algunos tratadistas, no es una aportación colectiva sino una creación personal difundida con el curso del tiempo. El Art noveau es invención del arquitecto belga Víctor Horta y nace con la casa Tassel, la cual es realizada entre 1892 y 1894.  En medio de esas dos fechas, en 1893  ‒lo siguiente nada más como dato curioso‒ en Oaxaca se construye el mercado “Porfirio Díaz” después renombrado como mercado “Benito Juárez Maza”. En Europa, con la llegada del Art noveau se abandona la afición por la composición basada en el historicismo, al grado que a dicho estilo también se le llega a designar como Modernismo. Pero en la ciudad de Oaxaca la connotación del Art noveau es otra: los elementos constructivos y decorativos generados con sus principios son mezclados con el acervo de formas románticas de las que hemos estado hablado. También esto lo explica el maestro Spíndola en su libro, pues, refiriéndose al mencionado Art noveau,  acertadamente dice en la página 40:  “De esto dan cuenta las casas de Cinco de Mayo 111 (el ejemplo más destacado),  García Vigil 110,  Guerrero 201, Independencia 800  y Avenida Juárez 105”.
   Podría seguir señalando aciertos de esta obra, pero para no resultarles cansado, quiero finalizar reconociendo el mérito del maestro en arquitectura  Sergio Spíndola Pérez Guerrero, recomendando su libro dedicado a la arquitectura porfiriana y felicitándolo.

   ¡Felicidades, Sergio!