amor por los sueños

Por: Jaime Angeles Aquino


Pregunta el poeta chileno Gonzalo de Rojas:
“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? Qué se busca, qué se halla,
qué es eso: ¿amor? ¿Quién es? […]”
Pienso que de manera parecida nos podemos formular los sueños. Desde La vida es sueño afirmaba Calderón de la Barca, en su gran obra barroca, que el libre albedrío es aquél que triunfa sobre la predestinación. Por su parte Quevedo, casi un decenio antes que De la Barca, en sus Sueños y discursos… generó su crítica social agudísima y cargada de un humor negro a los personajes de la España de los Austrias; así toda esta actitud libertaria onírica nos llega hasta nuestros días pasada por el diván del psicoanalista freudiano, la escuela metafísica de De Chirico y/o el surrealismo de Bretón. Tuve una amiga que cada uno de sus sueños, cuando los recordaba, y sus simbolismos los consultaba en la web para descifrar sus significados. Por desgracia yo nunca consulté a un oráculo en línea que me aclarara eso de amar a una mujer que sueña cosas raras a manera de personalísimos presagios.  
         Pero ¿por qué defender los sueños?, ¿por qué deber luchar con ahínco por lograrlos en la vida? Podríamos contestar a esto como lo hizo Segismundo:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Los hombres y mujeres del siglo XXI estamos ya muy alejados del contexto de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica del siglo XVII, sin embargo continuamos planteándonos la realización de los sueños en la vida. Somos seres que vivimos atados al pasado a veces con rencor o con esa vaga idea del hombre moderno que idealiza una edad de oro en ese lejano pasado de la juventud o de la infancia. Otros, nos aferramos a un futuro del “cuando” que involucra la realización de acciones o acontecimientos para poder ser felices: ¿qué ese absurdo sueño de la felicidad?
         Seres obstinados nos olvidamos completamente que el pasado y el futuro son simplemente estados mentales, fantasmas que no nos dejan vivir el “aquí y ahora”. La única realidad que nos pertenece es este espacio como gota que cae de una llave desvencijada, estrellándose contra los guijarros desapareciendo en ese instante mismo. El ser humano escapa del enfrentarse a su propia voz y sus obsesiones, sus debilidades, sus mezquindades y, afortunadamente, su instinto de sobrevivencia, esa paz interior que cuando la hallamos nos redime de todas nuestras revueltas y escaramuzas mentales. Tal vez el libre albedrío conlleva más un conflicto interno que la parsimonia y tranquilidad del alma al aceptar un destino manifiesto e ineludible. Pero si nos negamos a una vida robotizada y creemos en la realización de los sueños, es porque algo en nuestro fuero interno nos dice que podemos emprender acciones quijotescas por más absurdas que parezcan a ojos ajenos. No en balde hemos nacido a occidente como los herederos de un alma barroca retorcida y conflictiva, pero con un espíritu libertario renacentista.
         Hoy en día -gracias a las prácticas democráticas, los avances de la ciencia, tecnología y concepción global de las diversas prácticas culturales, sexuales e ideológicas-, creemos atisbar una respuesta al soliloquio segismundano: ¿Y teniendo yo más alma, vida o instinto tengo menos libertad? Por desgracia sólo lo hemos sustituido por un nuevo cuestionamiento en aras de la falsa solución ecuménica libertaria: Y siendo yo tan libre, ¿por qué no soy feliz? Divididos entre el american way of life y la obstinación china de la expansión comercial, nos resignamos a la falacia comercial de la auto programación neurolingüística: ¡qué feliz soy!, repetido ad infinitum. Sibaritas y hedonistas artificiales, los hombres y mujeres (para que no se recientan l@s feministas, l@s neoliberales ni l@s políticamente correctos), hemos entendido mal y confundido nuestra búsqueda en pos de la libertad y de la felicidad. Al igual que Segismundo pensamos que la libertad está afuera de nuestra torre y al salir nos encontramos con una sociedad no muy diferente a la satirizada en los Sueños… de Quevedo. De la misma forma tratamos de alcanzar los sueños, el amor o las ilusiones que ponemos en ellos, de la única manera que conocemos: ir tras ellos, a su encuentro sin estar preparados. ¿Pero realmente la libertad, la felicidad, el amor y la realización de los sueños se encuentran afuera de nosotros?  
         Una de las más grandes hazañas que me gusta siempre evocar es la del hidalgo Alonso Quijano, el hombre que se llenó de tanta literatura sobre aventuras de caballería que salió al mundo a vivir sus lecturas, sus sueños: “desfacer agravios”. La realidad a la que se enfrentó le hizo contraponer “su locura” ante las burlas y las jugarretas de la vida cotidiana manchega del siglo XVII, su contexto social e histórico, no obstante el caballero armado y su famoso escudero lograron vivir lo más asombroso que puede tener el espíritu humano, alcanzar lo imaginable, realizar lo anhelado. Cuando Dulcinea del Toboso es percibida como lo que es, una labradora, la imaginación del famoso hidalgo le hace pensar en que es un hechizo de algún enemigo quien no le deja contemplar su realidad. Este adorado “loco” me hace ver en él al espíritu humano, aquél que no hemos entendido: la libertad, la felicidad, el amor y los sueños no los debemos ir a buscar afuera cuando no los hemos concebido y conquistado para nuestros adentros. Yo nunca lo había visto y sólo hasta ahora puedo decir que esta máxima la comienzo a entender: la vertiente quijotesca de todo humano es el vislumbrar lo que verdaderamente deseamos y una vez logrado esto, ya estamos listos y armados para en el camino encontrar a nuestro espíritu, alcanzando la libertad de nuestro propio ser, siendo conscientes que los únicos responsables de nuestra felicidad somos nosotros mismos, que el amor se conquista primero amándonos a nosotros mismos, aplicándonos, sin caer en el egotismo, esa gran frase de Pascal: “el primer efecto del amor es inspirar un gran respeto; se siente veneración por quien se ama”; sólo entonces podemos dar a los demás lo mejor de nosotros. De la misma forma esos sueños con los que todos fantaseamos en realizar, primero deben de concebirse y amarrarse en nuestra alma, una vez superada la mera ilusión, estarán listos para vivirse no como un sueño sino como una realidad, la nuestra: ¿Qué se sueña cuando se sueña, mi Dios?

Jaime Ángeles Aquino

Oaxaca, 02 de febrero 2013.