De cómo los amerindios impusieron su arquitectura a los hispanos en el siglo XVI

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


Como tantos clichés, el de la nueva arquitectura importada totalmente de España después de la destrucción de los templos prehispánicos, debe ser revisado, pues los conceptos y el color hermanaron ambos sistemas aún antes de conocerse.

La nueva nacionalidad mexicana comienza en 1525, una vez que la sometida Tenochtitlan bajo los fieros soldados españoles y sus aliados circunstanciales, da paso a su reconstrucción. Atrás quedaron los encuentros bélicos en la Meseta del Anáhuac de 1519 a 1521 y los cuatro años de expediciones para conquistar amplios territorios a nombre del rey Carlos I de España.
El reto es difícil, pues erigir nuevas ciudades en dónde sólo ha quedado muerte y desolación ¡es tarea de titanes!
En la Nueva España no sólo escasean los obreros de la construcción, sino también los diseñadores y algunas materias primas de uso común en Europa. Hay que adaptarse.
Entre los conquistadores han llegado herreros y carpinteros, especialistas en navíos y aperos de guerra. En una segunda oleada llegan los equivalentes a ingenieros civiles y de minas, y también clérigos constructores… incluso canteros y pintores. ¡Pero no son suficientes!... Hay toda una nación por construir.
Es entonces cuando se reconoce la capacidad creativa y técnica de los habitantes originales: si ellos pudieron trazar bellas e higiénicas ciudades, construir acueductos y embalses, levantar inmensos edificios de piedra labrada y ornamentar con maestría sus obras utilizando estucos y pinturas, entonces serán capaces de erigir las nuevas casas y edificios. A fin de cuentas, parece que sólo se trata de acomodar materiales de construcción en determinada forma, distribuyendo los espacios con cierta racionalidad.
Sin embargo, hay algunos problemas conceptuales: el uso de los espacios cubiertos es diferente entre los mesoamericanos y los europeos del siglo XVI. También las ideas de belleza e integración visual difieren. Por lo tanto, la solución inmediata es aprovechar los conocimientos técnicos aborígenes para extraer, trasladar y fabricar materiales de construcción, así como sus habilidades para acomodarlos de tal manera que se conformen los espacios. Pero el diseño, es decir, la distribución funcional y en muchos casos la noción estética, deberá ser proporcionada por los españoles ya que ellos desean construir una Nueva España, a imagen y semejanza de la madre patria.
Explicado de esta manera --lo cual resulta convincente puesto que en la actualidad no vemos las ciudades prehispánicas en su tamaño y traza original, sino sólo muestras monumentales--, parecería que los recién llegados fueron quienes aportaron el ingenio directivo, y los nativos –torpes o primitivos según el prejuicio en boga-- sólo la mano de obra a nivel de peonaje.
Pero la verdad es que el carácter formal de las nuevas casas, es decir, la elección y disposición de sus formas arquitectónicas, surgió de la combinación de las construcciones mesoamericanas y de las ideas arraigadas en el sur de España, lo que facilitó la rápida erección de  hermosas y florecientes ciudades novohispanas, sobre o cerca de donde antes existieron asentamientos indígenas.
La razón de ese fulgurante éxito residió en el aprovechamiento de las habilidades de los constructores y artesanos locales, no sólo para las labores manuales como albañiles, canteros o pintores de brocha gorda, sino en que los conceptos de espacio, belleza e integración al ambiente ya residían en las lúcidas mentes locales. Así, se adoptó fácilmente el patio andaluz al patio mesoamericano, con habitaciones en sus lados, ya fuesen sitios ceremoniales o conjuntos habitacionales, conservando al patio como centro articulador de las circulaciones, las visuales y la convivencia.
De igual forma, la utilización de techos planos, muy comunes en Andalucía, el cercano oriente y el norte de África pero no frecuentes en el centro y norte de Europa, fue, durante la época colonial, la continuación de las mismas techumbres que existían en estas tierras, las cuales se solucionaban con morillos, carrizos, terrados y fraguados que utilizaban la cal como cementante.
Otro punto de coincidencia fue el acabado de los muros, ya que tanto en España como en América, los había tanto de piedra aparente, como aplanados de cal y pintados con colores al gusto. Esta última característica demuestra el avance que tenían las obras prehispánicas, pues la evolución de los morteros de cal, tanto para aplanar como para impermeabilizar las superficies, comenzó seis siglos antes de la era cristiana, y sus restos se encuentran esparcidos en las culturas madre de China, Mesopotamia, Egipto y Grecia. Con el paso del tiempo cada pueblo encontró la combinación correcta de arena, agua y cal, así como el paciente apagado de la cal para convertirla en material de construcción, y más aún, preparar las superficies sobre las que se aplicaría dicho mortero, pues por sí mismo no se pega, ya que requiere rugosidad, porosidad o macheteado de la piedra para sostenerse, carbonatarse y adquirir su consistencia final. La enorme virtud de este mortero es que se endurece hasta adquirir la resistencia original de su fuente calcárea, impedir el paso del agua y al mismo tiempo permitir “respirar” al elemento recubierto. Es lo que ahora llamamos, material bioclimático.
Pues bien, tanto conquistadores como conquistados sabían lo anterior y lo aplicaron a discreción. Cabe aquí mencionar al belga Fray Pedro de Gante y al español Fray Vasco de Quiroga , como algunos de los más perspicaces observadores de la tecnología local con miras a su pronta y eficiente aplicación en los proyectos constructivos del siglo XVI, aún en contra de la opinión de arquitectos venidos de España con ideas preconcebidas.
El color fue uno de los asuntos que más atrajeron la atención de los recién llegados: en las casas, palacios y templos amerindios la policromía era evidente, incluso en finos acabados bruñidos. Por ello, muchos templos católicos –y aún sus esculturas de fachada-  fueron pintados con brillantes colores, originalmente obtenidos de fuentes vegetales, marinas y minerales insospechadas para los españoles. La aplicación del color no sólo se refería a las grandes superficies, sino también a la decoración pintada y a los murales, cuyos resultados formaban parte de la magia y la estética de cada espacio. En Andalucía son ahora famosos los “pueblos blancos”, totalmente encalados y en el resto del Mediterráneo los “acabados terrosos”, con el color natural de sus materiales. Por ello, la aplicación de color en los edificios es reconocido ahora como una firma de la mexicanidad más autóctona.
Otra mixtura interesante lo constituyen los conjuntos de atrios bardeados, capillas abiertas y capillas posas, pues el ingenio de los evangelizadores para atraer a los indígenas les reveló que el uso de espacios abiertos, con escasas áreas cubiertas bajo techo y sin puertas, les permitirían rememorar sus tradicionales ceremonias previas a la conquista, aglutinándose en explanadas, terrazas y plazas frente a los templos. En diversos puntos de Latinoamérica esta solución proporcionó los espacios para la transición de las religiones autóctonas hacia la nueva impuesta, sustituyendo el altar central por la cruz atrial, en la que los símbolos de la sangre y el sufrimiento encontraron su equivalente.
También resultan muy mexicanos (ni prehispánicos, ni españoles) los coronamientos y las bardas almenadas, como preparadas para una ofensiva militar, ya que tales componentes no se utilizaban en España y para los aztecas eran predominantemente decorativas. Quizá el diseño de nuevas almenas, sin grabados simbólicos pero más robustas, contribuyeron a hacer sentir a los indígenas que la “nueva arquitectura” también era suya.
Hay suficientes razones para pensar que “la amalgama para la creación de una nueva nacionalidad”, como escribió Carlos Obregón Santacilia , fue exitosa porque, “siendo tan lejanas, tenían muchos puntos de contacto”, como: el paisaje brusco, árido a veces y rico en otras, tanto en España como en México, el cual influye indudablemente en los diseños arquitectónicos; las luz brillante de las zonas meridionales, lo que inhibe ocasionalmente el uso del color blanco; la disposición de las habitaciones en crujías rodeando patios; el uso del adobe, el barro para útiles domésticos y decorativos, y la cal como base de pinturas y estucos; la concepción de la arquitectura como arte paralela (en gustos cromáticos) a la música, la danza, los tejidos y también diversas artesanías; la aplicación de formas decorativas basadas en los astros y en las conchas; y la importancia de la sangre y la muerte en los ritos religiosos.
Las similitudes mencionadas permitieron que, en sólo un siglo, se entretejieran de tal manera los conceptos creativos, que sus formas resultantes gestaran “lo mexicano”, con características tan fuertes y bien definidas, que de ahí en adelante resulta difícil elucidar hasta dónde llegó la participación indígena y hasta dónde la hispana, al menos durante la época colonial.
En siglos posteriores y hasta hoy, se debate neciamente la proporción de mesoamericano que debe tener una obra para ser considerada “mexicana”, sin entender que la arquitectura pertenece a su época y no a las del pasado, y que la simple copia de formas antiguas es realmente un obstáculo para la creación de una identidad.
Si lo que entendemos por mestizaje se refiere a la participación de dos o más para la creación de uno, y no la supremacía de uno sobre otro, entonces lo que en un contexto como Oaxaca debemos buscar es que las nuevas obras reflejen el espíritu de las razas (o de las corrientes) que las traigan a luz, y así obtener una buena arquitectura mexicana (o oaxaqueña, michoacana, yucateca, etc.), y no el simple plagio de las formas externas, en un pretendido –y falso- homenaje a cualquiera de los estilos constructivos del pasado.
Las culturas originarias ya aportaron lo suyo, en el momento oportuno. Los vestigios y monumentos deben conservarse o restaurarse respetando su intención original. Pero la nueva arquitectura, debe encarar, por sí sola, los retos formales, funcionales, espirituales y económicos de su presente.

 

(*) Miembro del Seminario de Cultura Mexicana. Email prome1954@yahoo.com.mx


Ambos personajes desafiaron a las autoridades de su tiempo, realizando obras antes de contar con la autorización de sus superiores. Gante construyó así el Colegio de San José de Belén de los Naturales en Tlatelolco, para rescatar los oficios, y Tata Vasco levantó sólo una de las cinco naves de la catedral de Pátzcuaro, como contrapeso del poder purépecha en Tzintzuntzan, pues lo detuvo la corona a medio proceso constructivo.
Obregón Santacilia, arquitecto y escultor (1986-1961), diseñador del Monumento a la Revolución en México y otras obras representativas del México posrevolucionario, dictó una conferencia en Perú en 1947 en el que estableció las bases conceptuales de lo que se trata en éste artículo, en su obra “México como eje de las antiguas arquitecturas de América”.