Grandes maestros mexicanos. David Alfaro Siqueiros

Por: Abel Santiago


En 1985, para celebrar el Año Internacional de la Juventud, El Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud inició la publicación de una colección de obras titulada Grandes Maestros Mexicanos, que concluyó en 1988 con más de un centenar de pensadores nacionales, cuyo desempeño se desarrolló en el siglo XX, influyendo en la formación del México moderno, según el citado Consejo. A esta serie pertenece el libro David Alfaro Siqueiros, escrito por el crítico e historiador del arte Antonio Rodríguez, quien enfoca al gran artista a través de un examen objetivo no exento de sensibilidad y pasión. La obra consta de un ensayo que incluye desde las primeras etapas de la formación del “combatiente que en Siqueiros nunca se separó del artista”, y de una antología representativa de su pensamiento que culmina con una sección de “textos breves sobre problemas teóricos”, que sintetizan la posición del maestro con respecto a temas como la Revolución Mexicana en el arte de México, la pintura en una arquitectura  dinámica, los materiales y las herramientas.

La importancia del ensayo de Antonio Rodríguez es su capacidad para sintetizar lo más destacado de la vida y obra de este genial artista mexicano, uno de los tres grandes muralistas que crearon un estilo original e inconfundible. Con motivo de un aniversario más de su nacimiento y muerte, que se conmemoran en estos días, compartimos los siguientes datos de sus inicios en el arte y la verdadera lucha social: José David Alfaro Siqueiros nació el 29 de diciembre de 1896 en Santa Rosalía, hoy Camargo, estado de Chihuahua, y falleció el seis de enero de 1974 en Cuernavaca, Morelos, donde radicó en los últimos años de su vida. En 1911 aparece en la historia de las artes y de la vida política, al participar en la primera huelga estudiantil contra los métodos de enseñanza anacrónicos, que se resolvió con la destitución del director de la Academia y el nombramiento del pintor Alfredo Ramos Martínez, recién llegado de Francia, quien la sustituyó por la Escuela de Pintura al Aire Libre. De la “conspiración estudiantil”, como la llamó Siqueiros, contra Huerta, el joven estudiante de pintura pasó, bajo los auspicios del Dr. Atl, a los contingentes armados que se levantaron contra el gobierno anticonstitucional. De soldado razo llegó a ser capitán al participar en las luchas de su pueblo contra la sangrienta dictadura de Victoriano Huerta, hasta retirarse en 1917 con el triunfo del Ejército Constitucionalista.

Entonces entra en contacto con el Centro Bohemio que dirigía José Guadalupe Zuno, y reanuda la actividad iniciada a los 11 años de edad, una copia de la Virgen de la Silla, de Rafael. A 1917 corresponden sus obras que se conservan  en un museo de Guadalajara, un retrato de Carlos Orozco Romero y un autorretrato, que confirman la vocación del pintor. En 1919 sale a Europa con el nombramiento de agregado militar en la embajada de México en España, a fin de conocer, en forma directa, el movimiento artístico del viejo mundo. En Nueva York encuentra a José Clemente Orozco, con quien discute problemas de la interacción de la mecánica del arte, y en París hace amistad con Diego Rivera, a quien comenta temas de la Revolución Mexicana, y de quien recibe una visión de las inquietudes y realizaciones del arte europeo, quedando así establecida la relación amistosa y camaraderil de los tres grandes de la pintura mexicana. Durante su recorrido por Italia estudia la obra de los artistas del Renacimiento y se asombra con las grandes realizaciones de la arquitectura barroca. En Barcelona, durante los funerales de un anarquista mexicano asesinado por la policía, pronuncia un fogoso discurso que provoca su expulsión del país, y en Francia participa en actividades sindicales. En 1922 regresa a México y visita al secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, con el que había sostenido correspondencia acerca de los inicios de la actividad muralista en esa época. En una carta le dice: “Estoy totalmente de acuerdo con su idea básica de crear una nueva civilización extraída de las más profundas entrañas de México, y deseo retornar a la patria lo más pronto posible para trabajar ahí”.

Así se incorpora en México en el exitoso mundo del muralismo, para pintar en lo que se consideró taller y laboratorio del mismo, la Escuela Nacional Preparatoria, donde Rivera pintaba La Creación, del Anfiteatro Bolívar, y Siqueiros escoge el cubo de la escalera del patio chico, en cuya rampa pinta a la encáustica una alegoría, con una mujer musculosa y las alas abiertas, que representa los elementos fuego, viento y agua, acentuados con figuras geométricas. En su siguiente obra Entierro del Obrero Sacrificado, pintada al fresco, muestra sus inquietudes de artista revolucionario y militante activo. Fundó y presidió el Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios, en cuyo manifiesto dice: “Repudiamos la pintura llamada de caballete y de todo arte de cenáculo ultra-intelectual por aristocrático y exaltamos las manifestaciones de arte monumental por ser de utilidad pública”.

A partir de 1924, al concluir su obra en la Preparatoria, continúa con más vigor su carrera artística y su lucha social, por la que estuvo muchos años en la cárcel, sobre todo en la Negra de Lecumberri. En vida recibió muchos premios y reconocimientos, nacionales e internacionales. En diciembre de 1971 fue inaugurada su grandiosa y monumental obra La Marcha de la Humanidad, junto con el Polyforum  Cultural Siqueiros, que motivó encendidas polémicas a favor y en contra, pero que finalmente llegó a aparecer como la última y alucinante imagen del sueño que nutrió su vida.

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