Resucitado. El hombre del salterio

Por: Acontragolpe


Información compartida por Jorge Martínez Gracida.

“El cólera hacía estragos en 1853 en la ciudad de Oaxaca. Uno de tantos atacados don José María Cabrera, tocador de salterio, murió aparentemente y al pasar por su casa el carretón en su último viaje a las cuatro de la tarde, llamó la pobre viuda a los carretoneros para que se lo llevaran al panteón, los que tomando el cadáver lo arrojaron donde estaban los demás. El carretón siguió recojiendo  cadáveres por las calles y como llegara tarde al panteón arrojó a los muertos en el corredor del Sur. Por pura casualidad en aquella tarde no hubo mozos bastantes para hacer inhumaciones y quedaron los cuerpos amontonados en el corredor indicado. Pues bien, a media noche el desdichado músico que solo había padecido un síncope, despertó oprimido entre los muertos por el peso de estos, dio voces pero ninguno le oyó. Después de algunos esfuerzos salió de su prisión y se dirijió a su casa. Llega, toca la puerta, y responde la mujer.
“-¿Quién?.
“- Yo, José María, que viene a su casa porque no se ha muerto. “Aquí vienen los apuros. La presunta viuda, temblando de miedo le dice:
“-No eres José María, eres su alma y yo no te abro, porque me muero.
“Don José María, en vista de que su mujer no habría ni respondía, se dirijió a la habitación de una vecina, que menos miedosa que su amiga doña Rosario, habló con él, persuadida que era de carne y hueso, se dirijió a la pieza de la esposa de aquel, diciéndole:
“-abra usted, es su marido que ha resucitado.
“Después de veinte minutos, pues se había privado la señora, respondió y creyendo lo que le decían, abrió la puerta.
“El marido se echó en brazos de su mujer y ambos lloraron. Poco tiempo después murió la señora.
“Después, triste, lento, cabizbajo y agobiado con el peso de su salterio que llevaba a cuestas, se le vió discurrir por las calles al antiguo maestro de la murga oaxaqueña; contaba ochenta años de vida y llevaba en el rostro no se qué de sombra, no se que marca de ultratumba. Era un bardo sin nombre como los pobres bardos de la Germania. Todos le llamaban ‘El del Salterio’; recorría las calles de la Capital y las poblaciones del Estado proponiendo a bajo precio los acentos de su lira, que nunca faltaron en las bodas de barrio ni en los bailes de pueblo. Colocándose en los dedos unas uñas de metal, manejaba el salterio con cierta nerviosidad, y a sus ejecuciones, cuando eran originales, parecía comunicarles algo de la tristeza de su carácter. En opinión de los inteligentes, era un filarmónico inspirado y genial que nunca conoció las prescripciones del arte.
“Desde entonces sin familia, sin hogar, con solo su salterio, vivió largos años aquel Garrik (sic) oaxaqueño llevando la risa en los labios, la música en las uñas y la muerte en el corazón.
“Por fin, en 1896, la Parca lo acarició, llevándoselo  de veras”.