un rincon para el alma

Por: Promoteo Alejandro Sánchez Islas


Las fotografías de René Ortega (Ranachilanga) son hijas de la velocidad y del barroco. El autor, profesionalmente dedicado a registrar el movimiento perenne de las actividades deportivas, sabe que la ráfaga de un bólido, ya sea persona, balón o vehículo, consigue un impactante sentido estético cuando se le congela, porque la retina, al percibir los colores, los gestos y el contexto desvaído, permite a la mente ¿o al alma? interpretar el dramatismo de la acción, acentuado por el efecto de la lente que sigue a su objetivo.


Pero el tiempo se ralentiza cuando es trabajado por el fotógrafo-maestro. Los siglos y las generaciones pasan en tropel frente a sus ojos cuando llega a la ciudad de Oaxaca y observa que los colores que pueblan sus calles, los gestos estáticos del adobe, los hierros y la piedra, y el contexto difuminado que el cielo de zafiro le otorga a la arquitectura conforme avanzan las horas, demuestran el relativismo del paso del tiempo, porque lo que el ser humano realiza en fracciones de segundo durante una competencia, la naturaleza lo hace sobre una línea del tiempo que para el ser humano podría parecer muy larga, pero que para el cosmos resulta un suspiro.


El apolillamiento de la madera, la pátina sobre la cantera, el óxido de los balcones y rejas, el descame de la pintura, la pérdida parcial de los enjarres de cal y el erosionamiento del adobe, una vez solidificados por la fotografía de René, nos regalan imágenes que son tan dinámicas como un meteorito, porque en su aparente estatismo esconden el drama de la historia de sus habitantes, de su lucha por afrontar los terremotos, de sus profundas creencias y de su concepción de la belleza. Todo ello cuajado en el justo momento en el que la luz era la que se necesitaba para sacar, de cada rincón, una poesía visual para el alma.


Por otra parte, la búsqueda del encuadre certero para ubicar “rincones” parlantes, está supeditada a una composición simétrica, heredada de los cánones barrocos que condicionaban a los edificios, las ciudades y los jardines, a guardar un equilibrio entre ambos lados del espectador, ya sea por los elementos (torres, ventanas, columnas, nichos, etc.) o por las visuales, como las compensaciones entre un fragmento de fachada a la izquierda y una enorme rama a la derecha, o el muro macizo de un lado y un cielo profundo del otro. Su abarrocamiento es igualmente notorio en el conmovedor balcón tomado a contraluz y en la riqueza de las sombras, especialmente las sutiles que surgen de los poros de los añosos muros.


Así, René nos ofreces múltiples rincones para que, sea uno oaxaqueño o visitante, encuentre el que armonice con su estado de ánimo o le reúna con sus credos y sus antepasados, en un suspiro.

Prometeo
1º de julio de 2016