leyendas oaxaqueñas

Por: Abel Santiago


El estado de Oaxaca cuenta con el mayor número de leyendas entre todas las entidades del país, porque su creación literaria se remonta a mucho tiempo antes de la conquista, época en la que principalmente el cuento, la poesía y  la leyenda se cultivaban y transmitían a través de la tradición oral. No hay pueblo en el que no haya testimonios de este bello quehacer intelectual, aunque lamentablemente no todo se conserva. Entre los investigadores que han logrado rescatar lo más significativo, figuran Andrés Portillo, Fernando Ramírez de Aguilar, Wilfrido C. Cruz, Carlos Martínez Gracida, Francisco Salazar, Cayetano Esteva, Guillermo Rosas Solaegui, José María Bradomín y Alfonso Francisco Ramírez. Como en el caso de Guatemala y Yucatán, muchas de sus leyendas se refieren a los orígenes de sus pueblos, o a la lucha contra la adversidad para sobrevivir. En esta ocasión vamos a recordar la de la inmortal Princesa Donají:


Entre los diferentes grupos étnicos existentes desde entonces, destacaban los mixtecos y los zapotecos por su número y notable desarrollo cultural. Mixteco significa “habitante del país de las nubes”. Labraban pectorales de oro, esculturas de jade, orejeras de obsidiana, copas de cristal de roca, vasijas de alabastro y algunos otros objetos artesanales y artísticos. Como guerreros lucharon contra el imperialismo mexicano. Los zapotecas también eran aguerridos y se asentaron principalmente en los valles de Huaxyacac. Obtuvieron importantes progresos en la medicina, la astronomía, la danza y la música. Erigieron la ciudad sagrada de Monte Albán y las maravillas arquitectónicas de Mitla, que después ocuparon los mixtecos, quienes yuxtapusieron las formas de un arte más exquisito y refinado. Ambos pueblos vivieron pacíficamente durante muchos años.
Juntos pelearon contra las fuerzas de Ahuizotl, resultando victoriosos. Al iniciarse las pláticas de paz, los mexicanos lograron que una hija o hermana de Ahuizotl contrajera matrimonio con Cosijoeza, rey de Zaachila. Éste, ensoberbecido por sus relaciones con los mexicanos, juzgó inútil conservar sus lazos de amistad con los mixtecos y les exigió abandonar algunos de los territorios que ocupaban. Los mixtecos se defendieron. Con el caudillo Dzanhuindanda a la cabeza derrotaron a los zapotecas y estos pidieron un armisticio, concedido con la condición de que la incomparablemente bella princesa Donají les fuera entregada  como rehén o garantía de paz, pero que si los zapotecas atacaban sus guarniciones de Monte Albán o Cuilapan, sería sacrificada.
Donají, la linda doncella que según la leyenda “ostentaba una noche en los ojos y en la boca un coral”, fue llevada a campamento mixteco acompañada de sus damas de honor. Pasaban los días y los meses y la princesa no pensaba más que en escapar para librar a su pueblo de las duras sanciones que le impusieron los vencedores. Una noche en que las fuerzas mixtecas dormían profundamente, la princesa mandó con una de sus damas aviso a los zaachileños para que sorprendieran al enemigo. Cosijoeza movilizó sus tropas con rapidez relampagueante y envió un mensaje a la princesa diciéndole que cuando una flecha penetrara en su habitación, que era la señal del ataque, procurara ella ponerse a salvo.  


El humanista oaxaqueño Alfonso Francisco Ramírez relata cómo surgió la leyenda: “Se inicia la lucha pavorosa en las sombras. Los mixtecos, desorganizados en un principio pronto se rehacen, retirándose ordenadamente  hacia las estribaciones septentrionales de Monte Albán.
Buscan sus fieles a la princesa sin encontrarla. Uno de los prisioneros les informa que, al principiar el combate, los capitanes que la custodiaban la habían sacado apresuradamente de sus habitaciones, llevándola hacia el río Atoyac, que se desliza mansamente al pie de la fortaleza. Inútilmente recorren las arenosas márgenes, registran los sonantes cañaverales, escudriñan bajo los viejos sauces. No existe huella alguna.


Los capitanes mixtecos degollaron a Donají y sepultaron sus despojos, cubriéndolos con tal habilidad, que fue imposible dar con ellos. Consumado el holocausto, se remontaron a sus cumbres.


Transcurrido algún tiempo, un pastorcito contempló, cerca del río, un hermosísimo lirio color violeta que exhalaba inefable aroma. Sorprendido de la belleza casi divina de la flor, no se atrevió a tocarla y comunicó su hallazgo a los grandes sacerdotes del templo pagano que se levantaba en Zaachila. Nobles y sacerdotes acudieron al lugar, e intrigados por la flor deslumbrante y rara, practicaron una cuidadosa excavación, encontrando los despojos mortales de la princesa: `la cabeza, con el cuello hacia abajo, la cara al oriente, algo inclinada hacia la izquierda y con las raíces del lirio sobre la frente y sien derecha, al parecer dormida, conservándose sin putrefacción alguna’.


Elevaron plegarias a sus dioses y dieron a la princesa sepultura en la capital de su reino. En 1827, el gobierno del estado escogió a esta heroína zapoteca para figurar como significativa alegoría en el escudo de armas de Oaxaca, que por ello ostenta una delicada cabeza de mujer”.


Otras de las bellas leyendas oaxaqueñas, de las que nos ocuparemos en otras ocasiones, son El Sacrificio de Cosijo, catalogada como cosmogónica; El Flechador del Sol, referente a la defensa de los mixtecos de su territorio; El Caporal del Diablo, que con diferentes versiones corresponde a los mixes, mixtecos, zapotecos, huaves y zoques, que también son catalogadas en la mitología indígena precortesiana. En algunas leyendas figura como personaje mítico central el diablo, a quien también se denomina El Sombrerote, El Charro, El Cuerudo, El Engamuzado, El Charro Negro, El Pelón y otros calificativos. Es también muy importante y valiosa la tradición de este género en los valles centrales de Oaxaca, de las que también existen varias versiones, entre las que sobresalen las de Andrés Portillo y José María Bradomín, muchas referidas sólo a la ciudad capital, ubicadas en casas aún existentes, aunque con algunas modificaciones.

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