doña naty

Por: José Demetrio Quiróz Alcántara


En los albores del siglo XX  en Santo Tomás Ixtlán, pueblo enclavado  en la Sierra Juárez;  en el seno de una familia mestiza de escasos recursos, nacieron las hermanas Natividad y Jovita Sigüenza.
Posiblemente  su mamá quedó viuda en los tiempos violentos de la revolución de 1910, razón por la que se trasladaron a Oaxaca para buscar mejores oportunidades; para alojarse, se acercaron al Barrio del Carmen, donde se podía rentar espacio por  metro cuadrado en un lugar  ubicado en lo que eran los límites de la ciudad y que la gente conocía como las llamadas cocinas de María Becerra; ahí,  en la medida que sus limitados recursos lo permitían,  cada inquilino armaba  su propio jacal, así es que como es de suponerse, la vida de  la viuda y sus hijas fue  dura obligadas desde pequeñas a  trabajar para sobrevivir. Natividad encontró ocupación como empleada del Colegio del Espíritu Santo que  funcionaba en el Convento del Carmen,  y que durante el día era un  Colegio Católico y por las tardes albergaba a la  sociedad mutualista de Obreros Católicos.
Doña  Naty evoca esa etapa de su vida: “Me levantaba a las 4 de la mañana, a esas horas barría y trapeaba  los pasillos y cuartos del convento;  a las seis  iba al mercado Sánchez  Pascuas  a comprar el mandado del día y regresaba  a preparar  el almuerzo, la comida, la cena, además de lavar y planchar. Era  una vida muy dura, pero algo tenía que hacer para sobrevivir; mi hermana Jovita, aprendió corte y confección  y daba clases en la Escuela Primaria Tipo (Hoy Benito Juárez): figúrese usted ¡ le pagaban un peso!; el intendente se juntó con una maestra y para ayudarles, mi hermana le dio la mitad de su sueldo; ¡Cincuenta centavos¡ Y todavía, ¡se llevó su plancha, porque ni eso tenían”
Los relatos de esta familia dan cuenta de las estrecheces en que crecieron  Naty y su hermana quienes por cierto destacaban por su belleza; pronto  Natividad se enamoró  de un carpintero llamado Guillermo Ojeda, hombre bragado, de cuchillo en el ceñidor, bravo como pocos, hábil con el fierro y  además mañoso; de esos  que  arroja el sombrero panza de burro  a quien osa retarlo, y mientras aquel esquiva el sombrero, el otro lo enfierra, pero como dicen que el amor es ciego o la necesidad es muy grande, la joven pareja vive su romance. Hábil carpintero, Guillermo Ojeda también llamado “el diablo verde”, es requerido a trabajar en la mina de la Natividad hasta donde se traslada con su joven familia.
La rutina, el amor que se transforma, la cultura y muchas otras justificaciones pronto van cambiando la romántica historia hasta transformarse en malos tratos, gritos de hombre enfurecido y  golpes que se vuelven  parte de la vida cotidiana de  Natividad.  Nadie la ayuda, todos temen la reacción del marido y prefieren callar hasta que un afortunado día, Natividad decide huir con sus hijos para  regresar a Oaxaca y reemprender su vida.
Con el paso del tiempo a su vida llega quien sería su compañero de vida,  Rafael Valverde, personaje bueno del barrio, trabajador y respetuoso que le ofrece amarla sin límites; su oficio era vender hilos, agujas, alfileres  por lo que  diariamente recorría las calles de Antequera, ofreciendo su mercancía de casa en casa. En un eje de madera, se disponían diversos travesaños y sostenidos en clavos  se ofrecían a la vista los ovillos de hilo; por tal razón, era conocido con el apodo de “Rafael, bolitas de hilo”.  Con Rafael, doña Naty, supo de desvelos, angustias, pobreza y sacrificio, que todo lo superaba por un magia, que empezó a conocer;  El Amor¡. Sentirse amada, segura, respetada, dio nuevos bríos a su vida. Comenzó a vender carbón, en la accesoria donde vivían. La gente muy pobre de Oaxaca, no tenía dinero para leña o carbón, por ello, me aseguraba con voz doliente, “hacía engrudo espeso, con el que  recogía el cisco (polvo) de carbón; las ponía al sol para que se secaran y poder usarlas como combustible  en el anafre. Las mujeres pobres como yo -comentaba con aire de tristeza- utilizábamos esas bolas de carbón, lo que era un martirio, pues desprendía demasiado humo, que nos irritaba los ojos y nos hacía toser provocando diversas molestias que aquejaban también a nuestros hijos. Después de hacer los quehaceres, me daba tiempo para conseguir frutas, ciruelas, mangos, coyules (coquitos) y  prepararlos en dulce de panela con lo que  me ganaba unos centavitos y los ahorraba…”
Los hijos crecieron con estrecheces, bajo el cariño de un nuevo y amoroso padre; sin embargo, el trabajo diario, el tesón, el esfuerzo y las privaciones dieron fruto que les permitió  poco a poco, consolidar su venta de abarrotes además del carbón; la Miscelánea Naty  se convirtió en la tienda de mayoreo más grande de la ciudad de Oaxaca, ubicada  en la llamada Calle de la Barranca en el  Barrio del Carmen,  llegaron a  vender por mayoreo mercancía que distribuían en un camioncito de  tres toneladas que era de su propiedad, organizaron la entrega  a domicilio, se  anunciaban en una revista  que circulaba en el sur de Veracruz, El Istmo y Oaxaca, adquirieron la casa que rentaban  y  pronto el negocio se extendió tanto que Rafael, Jovita, Doña  Naty y Adolfo, no se daban abasto para atender. Una pieza sólo para la sal, en otra más  chiles y  especias; también  panela, azúcar, pastas, jabón en pasta de lavar y de tocador, un  negocio que marchaba viento en popa y les permitió adquirir  la casa de junto, la de enfrente, la de la vuelta…
Doña Naty y don Rafael, fueron requeridos en compadrazgo para  bautizos, primeras comuniones,   confirmaciónes y bodas  en una época en que se respetaban los sacramentos. La madrina era espléndida, pues además de ajuar de la ceremonia, recordada con exactitud la fecha de los cumpleaños de los numerosos ahijados y  para no olvidar alguno, anotaba  discretamente la fecha de nacimiento en una libreta especial. El inseparable Adolfo bajaba al centro a comprar los regalos y el traje completo: vestido, ropa interior, calcetas, zapatos, aretes, para las niñas. Camisa, pantalón, ropa interior, para los ahijados. Las alhajas, por encargo, con su compadre Muñozcano, el joyero del barrio.
Un  diez de mayo, Rafael se presentó con las manos vacías, y  Doña Naty  no preguntó nada, aunque extrañada siguió con sus quehaceres. Cuando ya se encontraba algo desocupada, Rafael le habló quedamente: “Naty, acompáñame”  ella  se cubrió con el rebozo y lo siguió en su recorrido por el barrio; al llegar a la esquina de García Vigil y Allende, frente a la casa de los Zorrilla, le pidió aguardar mientras abrió un  zaguá para mostrarle su regalo del Día de las Madres.  En silencio  recorrieron la mansión de cantera verde, los arcos señoriales y elegantes, la fuente central, las amplias piezas, hasta que dubitativa y con serenidad le dijo: “es demasiado elegante para mí, soy una mujer de origen humilde y nunca me sentiré feliz, en esta mansión. Te lo agradezco, véndela y quedémonos donde hemos vivido”. Rafael, con tristeza y desilusión, aceptó su voluntad y vendió la propiedad en $ 5,000.00, como referencia, hay que mencionar que en aquel entonces,  el señor Audiffred, ofrecía todo el cerro del Fortín por $ 30, 000.00
La rutina continuó en la sencillez de su hogar hasta que un día la pareja reconoció que aunque  el negocio era bueno, les resultaba agotador; decidieron dejar el negocio de los abarrotes y probar suerte en el negocio de los baños públicos, pensando en que eso implicaba menos esfuerzo.  Fue así como surgieron los Baños San Rafael que ofrecían agua caliente de las 6 de la mañana, a las seis de la tarde.  En aquel entonces la mayoría de las casas carecía de sanitarios por lo que el negocio también fue un éxito; la gente esperaba en una larga fila  para entrar a los baños.
La muerte fue cobrando su cuota y  Rafael  y algunos de sus hijos fueron muriendo, aunque tal vez el mayor dolor lo trajo la partida de Mario, el más joven de sus hijos, quien en una juerga, tomó su auto y junto con los amigos llegó a  Salina Cruz; en una puntada de borrachos, le retaron a aventarse al mar y Mario, con el entendimiento  nublado por el alcohol, se arrojó sin miedo, pero sin saber nadar; la corriente lo jaló y falleció ahogado. El relato de este doloroso episodio es difícil para doña Naty, sólo recuerda que al enterarse de lo sucedido perdió el juicio; fue su compadre Mario a quien pidió auxilio para recuperar el cuerpo y en cuanto a ella,  fue tanta su pena y tan grande su dolor que de tanto llanto los   lagrimales se le secaron y nunca más volvió a derramar una lágrima.
Poco a poco, fue perdiendo la alegría y el gusto por la vida, sus famosos cumpleaños, el 8 de septiembre, se convirtieron en visitas de cortesía. Desde el 1º. De septiembre, hasta el día 15, todas las tardes, recibía la visita de  compadres, ahijados y vecinos, Su hermana Jovita, toda la mañana horneaba pasteles, galletas, preparaba rompope, hacía jaletinas… Las visitas eran recibidas en el corredor, donde el canto de innumerables canarios, alegran el hogar. A cada visita se le llevaba una charolita de madera, donde se ofrecía, la copa de jerez, así como la copa de rompope, la rebanada de pastel y todas las delicias preparadas por Jovita; la primera quincena de septiembre,  desde el atardecer, hasta bien entrada la noche, parecía una romería la visita a la casa de Doña Naty.
Falleció su eterna compañera,  su alma gemela, su hermana Jovita, sin poder llorar y con el corazón destrozado, la enterró, con aquello ojos secos, que jamás pudieron volver a llorar. Diariamente siguiendo su ritual matutino, se levantaba antes de las seis, se acicalaba, abría los baños, recibía a los primeros clientes; hacia las siete, tomaba el canasto y el pichel, para comprar el mandado diario, como lo hiciera durante más de setenta años. Poco a poco dejó de caminar y su vida se fue extinguiendo apaciblemente, acompañada siempre del fiel compadre Adolfo y con los cuidados de la comadre Cristina; añorando el momento en que se uniría, por siempre , en la eternidad, con aquellos a quienes había depositado su Fe y su Esperanza, a su amada Madre Celestial, La Virgen del Carmen,  y a sus seres queridos, a quienes amó, sobremanera.¡ Como solo una mujer oaxaqueña y serrana sabe amar¡
Doña Naty, nos legó , además de su inmenso cariño, un ejemplo de tenacidad, de heroísmo, de fuerza de voluntad, de valentía …demostrando, que podemos cambiar los hilos del destino, siempre que tengamos el valor de hacerlo y que nada, ni nadie , puede ni debe hacernos infelices, porque siempre, tendremos la oportunidad de hacer posible, el paraíso, en la tierra.

Para la elaboración de este texto agradecemos los relatos de:  Filadelfo (Adolfo) Ruíz Sandoval (t); Sra. Cristina Sánchez; Sra. Socorro Vásquez viuda de Alcázar;  Sras. Carmelita y Concepción Castillo; Lic. Martha Soledad  Azcoytia Castillo; C.P. Teresa Alcázar Vásquez; Sra. Gloria Avendaño (t); Sra. Viviana Ruíz Sánchez.