Los barrios de Oaxaca, un recorrido a la deriva

Por: María Concepción Villalobos López.


 

Los barrios tradicionales de  la ciudad de Oaxaca pueden conocerse a través de  la crónica histórica;  también podemos hacer el recuento de las fechas importantes, de sus edificios emblemáticos, de sus personajes y principales fiestas; sin embargo, hoy recorramos   los barrios que cobijaron nuestra  calle y que albergan la casa en la que crecimos; los barrios de Oaxaca que huelen a barro cuando cae la lluvia, esos donde jugamos carreritas en bicicleta, donde ocurrieron los emocionantes  encuentros de fut o basquetbol;  barrios de las canicas infantiles,  de las calles angostas en las que  también se  jugaba al avión, al stop o a las escondidas; el barrio en que crecimos y en el que todavía resuena la voz del panadero, del vendedor de atole y tamales;  el silbar del carrito de los plátanos horneados o el tintinear de las obleas de harina.
Durante el día, sus calles  huelen  a la cocina de mi abuela y de mi madre;  por las mañanas emana el aroma de las enfrijoladas con yerba de conejo, las entomatadas o los  chilaquiles adornados con queso fresco y servidos con  tasajo; cuando el sol sube, entonces el aroma a recaudo, caldo de pollo, puchero o  sopa de fideo, se mezcla con el mole amarillo, negro o a  verde de espinazo, infalibles brebajes capaces de animar la existencia más atribulada.
Estos lugares también son depositarios de una especial identidad, definida naturalmente por la diversidad cultural con la que hemos aprendido a vivir; pues aunque todos somos de este hermoso valle, aunque nos volvemos amables cuando alguien nos llama “nitos”, prevalece el especial orgullo de la gente nacida o avecindada en  antiguos barrios como el  del Marquesado, lugar que fuera cabecera administrativa del Marquesado del Valle de Oaxaca, barrio en el que en 1896, el mismísimo Presidente Porfirio Díaz inauguró la estación del  Ferrocarril Mexicano del Sur, de la que hoy queda el intento de un museo y la buena intención de un escenario artístico, además  un viejo y paciente ahuehuete,  mudo testigo del pasado que según cuenta la crónica, fue plantado por el mismo Quetzalcóatl a su paso hacia el golfo.
El andar por este barrio despierta el recuerdo  con el aroma a pan amarillo que desde ahí se surtía a la ciudad, junto con el que se traía  a lomo de bestia desde Etla, también conocido como  Pan de Burro; se escucha en este lugar el sonido de la  fiesta de del Señor de Santa María y las crónicas que refieren aquellas viejas  mayordomías que eran  rotadas en una hermandad de compadres,  hoy día recordada por la alegría del baile de los compadres y la danza de los jardineros, según nos cuenta el cronista Bradomín.
A la voz de ¡nito! quienes nacimos en esta tierra volteamos la cara, sabiendo que un paisano nos llama; aunque en el corazón de quienes nacieron en el barrio de Xochimilco, este cariño también se arraiga en el mundo mexica, pueblo fundador del barrio, lugar de flores que a partir del siglo XV,  se extiende en la pendiente oriental del cerro del Fortín, espacio que se dibuja entre telares y sueños coloridos de las  familias tejedoras que retando a la tecnología,  insisten en conservar el antiguo oficio que  sorprende y estimula a cualquier mortal que se acerque a sus trabajos.
El barrio de Santo Tomás Xochimilco, nos recibe con una   hermosa  Cruz flanqueada por el histórico acueducto producto del trabajo de la orden dominica; los hoy llamados arquitos son una muestra de la forma en que se solucionó el abasto de agua para la ciudad;  barrio de calles de hojalata y también dulces oaxaqueños,   que celebra en Octubre a la Virgen del Rosario y a Santo Tomás, con mayordomías  aún vivas;   barrio en  el que la cantina tradicional se llama El Pollo y convive con proyectos culturales novedosos e interesantes; barrio en el que todavía se recuerda el sonido de una  cascada, donde  la memoria de sus habitantes vuela para tratar de indagar  dónde estarían ubicadas  las pozas zarcas;  Xochimilco de flores, de fiesta y de luz.
Hasta hace algunos años, haber  nacido en Xochimilco implicaba una casada rivalidad con los habitantes del barrio de Jalatlaco, antiguo asentamiento  nahua que en la época novohispana albergó a los esclavos mulatos y negros que lograban pagar su libertad, población separada de la ciudad de Antequera por el río Jalatlaco hoy entubado y moderno;  barrio de artesanos cantereros,  de curtidores y en el presente, espacio que le apuesta al arte, la gastronomía y el servicio al viajero.  
San Matías Jalatlaco, recibió a Guadalupe Victoria en la toma de Oaxaca dirigida por Morelos; también es  escenario de leyendas, que   solemne recibe a nuestros muertos en el Panteón de San Miguel;  sus  calles albergan árboles históricos y  el atrio de su templo  nos invita  para  apreciar un atardecer bajo el fresco de su bello coquito,  escenario del conmovedor encuentro en Semana Santa y pícara comparsa en día de muertos;  espacio  que durante el año recibe gustoso expresiones artísticas y nos invita disfrutar  teatro, danza, música y  pintura; calles que con emoción ven pasar  el recorrido de las estudiantinas que aún deambulan por sus empedrados inundando con su alegre canto, pedacito de Oaxaca donde la vida se disfruta sin prisa y con gran encanto.

El olor de una buena tlayuda o de una empanada de amarillo, abre el apetito de cualquiera que haya nacido en esta tierra; sin embargo, nada como saborearlas en el señorial barrio del Carmen Alto que desde la parte alta de la calle de García Vigil nos regala una especial vista de  la Vieja Antequera de Guajaca que  desde la Alameda nos responde con un guiño, nos enamora  y nos invita a recorrerla; barrio antiguo el del Carmen Alto, donde el Mercado Sánchez Pascuas, bullicioso y colorido nos recibe los domingos con  tamales, memelas y hojadritas; camino recorrido una y otra vez por el estudiante Juárez, que se  hospedó durante varios años en la casa de su padrino Salanueva,  hoy convertida en museo; casa de Rufino Tamayo a quien generoso  compartió su luz y color; lugar de trabajo y enseñanza en el que el pintor Juan Alcázar dejó profunda huella; espacio oaxaqueño  que sutilmente se funde con el barrio de Santo Domingo, que de acuerdo a sus moradores, se le denomina también Barrio de la Sangre de Cristo por la ubicación de sus afamados templos hoy rodeados de  museos, galerías y  centros culturales.
El  Barrio de la Soledad y el Peñasco, son lugares místicos y profundamente religiosos en los que se desborda la fe oaxaqueña para dar el pésame a la Virgen en Viernes Santo; para celebrar la fiesta de la Soledad el 18 de diciembre y también para asistir a la fiesta de  San José en el mes de marzo; barrio en el que las tradicionales nieves oaxaqueñas, de tuna, rosas, limón, leche quemada o sorbete se combinan  con los dulces oaxaqueños; espacio ocupado también por la autoridad municipal, lugar que vio llegar  al sacerdote José María Morelos y Pavón durante la toma militar de la ciudad de Oaxaca; barrio de origen de   Porfirio Díaz Mori, quien lo añoró hasta el último día de su vida, calles por las que aún se escucha la temida carreta de la muerte mientras se murmuran las últimas palabras en el callejón del muerto,  barrio que de esta forma  se hermana con el marquesado en una tétrica leyenda.
Un buen mezcalito abre el entendimiento de cualquiera que haya nacido en esta ciudad; sin embargo, haber crecido en los rumbos de la Consolación inunda la existencia de otros productos de la madre tierra, las hortalizas y la floricultura tradicionalmente fueron la identidad de este lugar  que aún se recuerda por sus frescas lechugas, la col, el rábano, el betabel, el nabo y la cebolla además de flores como rosas, clavel, amapola y cresta de gallo en día de muertos, que ahí se cultivaron por varias generaciones mientras el agua era abundante en el lugar; barrio de artesanos que eran tan diestros con la plata como con los vegetales; casas en que  se adornan las canastas de las chinas oaxaqueñas y donde aún se encuentran los tendajones que resguardan los secretos del vinagre, el chile pasilla y los piedrazos;   barrio devoto del Dulce Nombre de Jesús y la Virgen de la Consolación, esperanza de los que sufren, abrigo de los débiles;  colorido rincón de Oaxaca que pese al tránsito vehicular y sus complicaciones, aún puede disfrutarse de manera especial.
Nitos nos llaman y así nos reconocemos, pero quienes crecieron en los solares del barrio de la Merced, bordaron sus recuerdos entre antojitos oaxaqueños y  el barullo del popular mercado; quienes ahí han vivido disfrutaron su infancia en el espacioso y fresco atrio de su templo que una vez al año, al morir el mes de agosto,  recibe a nuestras mascotas para bendecirlas en la Fiesta de San Ramón no nato; barrio que albergó los mejores talleres de forja de hierro, de los cuales aún conservan testimonios; que vio crecer a Margarita Maza y componer su  música al humilde Macedonio Alcalá, autor del Dios Nunca Muere; espacio en el que conviven dulceros, piñateros, artistas y comerciantes, lugar al que nuestros pasos nos conducen en una agradable caminata por la calle de Independencia.
Nacer en Oaxaca, crecer en esta ciudad, nos  provoca la impaciente espera del mes de diciembre que llega con tradiciones tan inexplicables como la Noche de Rábanos,  centenaria fiesta que cada año se recrea para admirar  a propios y extraños; en la Trinidad de las Huertas la gente es  orgullosas depositarias de esta tradición que encontraba la razón de su existencia en este barrio ubicado en las tierras más fértiles y más húmedas, gente trabajadora que por años, junto con sus vecinos de La Defensa y la Consolación,  surtió de hortalizas a los habitantes de Oaxaca; de las antiguas huertas sólo queda el recuerdo, a cambio el asfalto y la urbanización llegaron a los barrios agricultores de Oaxaca; sin embargo en estos lugares,todavía es posible caminar tranquilo, hablar con sus antiguos pobladores, disfrutar de sus tradiciones y de sus recetas secretas, estimular los sentidos en el atrio de la Trinidad de las Huertas con un picosito piedrazo o una refrescante chilacayota, es un privilegio que aún podemos darnos de cuando en cuando.
Del barrio de la Defensa que he mencionado, aún se escuchan las crónicas de su origen, gente humilde, muy humilde que para sobrevivir sólo podía ocuparse como peones o sirvientes, encontrando como único  resguardo  la imagen del Dulce Nombre de María, a quien con sencillez nombró la Defensa, pues ella era la única que los protegía de las injusticias.
Nacer y crecer en esta tierra llena el alma de recuerdos, de añoranza y vivencias, tal es el caso del Convento de las Capuchinas Descalzas, brazo femenino de la Orden Franciscana, o también conocido como de los 7 Príncipes, referidos a los arcángeles Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Selaphiel, Jegudiel y Barachie. En la   Casa de la Cultura más de uno se ha encontrado con el arte y la recreación, sin olvidar que en este barrio la rebocería, la mantelería, la huarachería y la sombrerería dieron vida comercial y tradicional a estas calles en las que hoy se observan investigadores,  artistas y  vecinos  que sólo aquí encuentran pinceladas de la identidad oaxaqueña, que se insertan en lo más profundo del corazón.
El Barrio de la China danza al  ritmo de Jarabe del Valle y vibra con  el latir sentimental de nuestras humildes mujeres que llevan soguillas de oro sobre el pecho y arracadas maravillosas adornadas con filigrana. Su espectacular belleza se alegra con los mercados en donde María y Casilda  horchateras, han calmado  la sed del oaxaqueño y especialmente del estudiante; barrio en donde el templo de San Agustín es un referente de fina escultura en su fachada, paso inmediato a las antiguas casas consistoriales hoy palacio de gobierno y la añorada presencia del ex convento de la Compañía de Jesús  así como con la hermosura de la Casa Fuerte.
Caminar por Oaxaca es una experiencia de vida; recorrerla paso a paso, despierta en el alma el gusto por la belleza y a la alegría de  la vida.
Fuentes consultadas.-
Oaxaca, Espacios Culturas. Guillermo García Manzano.
Voces de Nuestros Barrios. Claudio Sánchez Islas.
José María Bradomín.
Everardo Ramírez Bohórquez.