La arquitectura del criollismo mexicano

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


El barroco fue el arma de los católicos para enfrentar el protestantismo luterano desde el terreno de las artes. En México este estilo sirvió para fusionar dos mundos muy diferentes entre sí.

 

El barroco es un estallido de dramáticos efectos, creado para que el ojo absorba atmósferas místicas, concebido con una expresividad que rebasa el raciocinio puro; es un estilo que fomenta emociones dirigidas al alma; el barroco es, en fin, un conjunto de composiciones artísticamente desordenadas para agradar a la retina y estrujar el corazón.
Esta aparente sinrazón es notoria en la arquitectura, la pintura y la escultura, desde el momento en que el barroco se propone transgredir todos los cánones clásicos que habían surgido durante el Renacimiento, para apelar a las emociones en una exaltación de la fe, lejana de la austeridad impuesta dos siglos atrás en Italia.
Es oportuno recordar que el período renacentista, liderado por genios de la talla de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Brunelleschi, Masaccio, Donatello, Mantegna y Botticelli, rescató los cánones clásicos (griegos y romanos) en los que la belleza se basaba en una métrica muy meticulosa, derivada de las medidas del hombre y de la observación de los ritmos de la madre naturaleza. Según éstos principios, la exacta proporción de los elementos, garantizaba la belleza de las obras y su asimilación en la mente humana, al desarrollar una especie de geometría sagrada, llamada “proporción áurea” o “número de oro”.
Dichos lineamientos clásicos condujeron a los diseñadores hacia la simetría y a la utilización del mínimo de elementos decorativos para no recargar las composiciones artísticas. Esta limpieza del trazo, se condujo hacia una sobriedad cada vez mayor, donde la elegancia y la estética se basaban en el orden de los componentes, su jerarquía visual y la subordinación de sus medidas a un rectángulo áureo bien delimitado.
Por esta característica de sobriedad y purismo, los edificios del cristianismo protestante -la nueva corriente impulsada por Martín Lutero-, encajaban muy bien con el discurso de “volver a los orígenes”, cuando se afirmaba que Jesús era un hombre sencillo, sin ostentaciones, seguido por personas igualmente sencillas, que predicaban la humildad y que encontraban la belleza en las cosas espontáneas de la vida. Por lo tanto, un edificio o una obra de arte de sobria elegancia, sin adornos superfluos, ni ribetes dorados, ni esculturas grandilocuentes, encajaba muy bien con el revisionismo que se hacía respecto al cristianismo del vaticano, más dado al boato, el exceso y la  suntuosidad.
Ante la tendencia del protestantismo y de las artes plásticas asociadas a él hacia una imagen de austeridad y eliminación de adornos excesivos, la iglesia católica, durante el Concilio de Trento, que duró de 1545 a 1563, definió la estrategia con la que se enfrentaría la segregación reformista de Lutero y se definiría un modelo de expresión plástica propia.
Esto era muy importante, pues en aquella época casi todos los habitantes eran analfabetos, incluyendo gente de la realeza, la milicia y el comercio. Por tal motivo, desde épocas remotas -como la Edad Media-, la iconografía fue la base de la educación, tanto cívica como religiosa, utilizando para ello pinturas, vitrales, mosaicos, esculturas, altorrelieves y cualquier otra forma de expresión asequible al pueblo.
Para lograr sus nuevos propósitos, la autoridad católica acudió al adorno como oposición a la austeridad de los templos protestantes que promovían la Reforma de la iglesia. A ese renovado interés por la decoración se le llamó “contrarreforma”. Fue así que durante tres siglos, el adorno (el barroco en todas sus variantes) fue el sello del catolicismo, mientras que el neoclasicismo (copia de los modelos griegos, romanos y renacentistas) lo fue de los luteranos.
En la Nueva España, la necesidad de imponer una nueva religión encuentra en la idiosincrasia indígena un campo abonado para el estilo barroco, ya que el simbolismo sangriento equivalente al de la Pasión de Cristo y el gusto por la decoración florida ya campeaban en los territorios recién descubiertos.
Y al mismo tiempo, la población criolla, que en el siglo XVII era mayoritaria en la toma de decisiones, necesitaba una identidad propia más vinculada con el mestizaje (fusión o mezcla de razas y creencias) diferente a la europea, pero apegada a los dictados de su propia religión.
La sociedad novohispana enfrentó entonces su necesidad de crear pensamientos propios en un mundo nuevo y rico, de crear estructuras sociales y culturales ajustadas al mestizaje, de establecer su particular filosofía de la historia y de desarrollar las normas políticas y religiosas de este vasto territorio que, aunque seguía siendo colonial, necesitaba crear su propio sello y comenzar a construir la herencia del suelo del que ahora eran hijos y que contenía tanto el rico legado organizacional y simbólico prehispánico, como la riqueza del patrimonio intelectual importado del viejo continente.
El arte vio así la oportunidad de crear expresiones localistas que, sin estar divorciadas de la devoción católica y de la obediencia a la monarquía, constituyesen la epopeya del génesis creador del virreinato. Entre los mejores ejemplos barrocos en el campo literario tenemos a Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora; en la música a Juan de Lienas, Antonio Sarrier y Juan Matías; en la pintura a Miguel Cabrera, Cristóbal de Villalpando, Baltazar Echave Rioja y Juan Correa; y en la arquitectura a Francisco Guerrero y Torres y Pedro de Arrieta.
Es en ese contexto en el que el barroco otorga una razón de ser al arte en el siglo XVII, el cual se puede resumir en “la necesidad de la sociedad por resolver su angustia ante el juicio final de las almas y sobreponerse al desconsuelo por la pérdida de los dioses tutelares ancestrales” . Esto lo logra el barroco al recrear las formas traídas de Europa, permitiéndose libertades que desafían las reglas de la composición, eliminando en la arquitectura el rigor geométrico, para dotar a los paramentos, frisos, balcones, arcos y remates, de ondulaciones infinitas, en un concierto de masas, luces y sombras que enmarcan a la pintura y la escultura como en un frenético baile fraterno, que motiva en el espectador o el feligrés la imaginación hacia ambientes oníricos en los que domina lo espiritual sobre lo material, con resultados indudablemente místicos.
Y aunque en su origen el arte novohispano pretendió ensalzar los triunfos de los conquistadores, no cabe duda que aquél pronto se fue orientando hacia las necesidades estéticas de los criollos, mestizos y caciques convertidos al cristianismo, quienes impusieron sus gustos gracias a su influencia como promotores, autores o mecenas de las nuevas obras.
Para entonces, los valores plásticos de la arquitectura incorporan tanto la formas clásicas como la flora local que se fusionan rebuscadamente; también se utilizan elementos estructurales que contrastan en los muros y en las cubiertas por sus formas y texturas; se crean ilusiones visuales en audaces altorrelieves con plantas y frutos; se acude a los roleos de yeso y piedra, al escalonamiento de los retablos y a las aplicaciones de pintura y pan de oro; por último, se utilizan de materiales tan divergentes en su visualidad como la piedra, el yeso, la madera, el cristal, la tela, los espejos, el hierro forjado, la plata repujada, el azulejo y el ladrillo. El resultado crea en la retina de los observadores una suerte de remolino ascendente espiritual, en el que reconocen desde sus afanes cotidianos hasta sus más elevados valores, todos insertos en un conjunto que, en su aparente desorden y recargamiento, contienen el dramatismo existencial de la nueva sociedad americana, tan llena de contrastes y tan rica en expresiones culturales.
El barroco en América -diferente al europeo- con todas sus entrantes y salientes, con su búsqueda de tridimensionalidad en sus rebuscado recovecos y con sus originales curvaturas irracionales, aún regocija nuestros sentidos, alegra nuestras pupilas y da forma a una plástica que sentimos muy nuestra, porque en sus componentes artificiosos, evasivos y dinámicos, sentimos representada desde el siglo XVII, nuestra propia complejidad racial, los sincretismos del mestizaje y la adornada morada de nuestras conciencias .


  Simetría significa lo mismo de un lado que del otro. En el arte, los diseñadores otorgan el mismo peso visual a ambos lados de un eje imaginario, tanto en las fachadas como en las pinturas y esculturas.

  Un concilio es una asamblea convocada por el Papa para deliberar y decidir sobre la doctrina eclesiástica de la Iglesia Cristiana. Toman el nombre de la ciudad sede. Se han realizado 21 concilios, de los cuales Martín Lutero sólo aceptó los veredictos de los cuatro primeros, realizados antes del siglo XII.

Tesis sostenida por Edmundo O’Gorman (México 1906-1995), quien siempre se opuso a reducir la historia a un simple recuento de datos. Se le considera padre de los historiadores latinoamericanos contemporáneos.

Paráfrasis de Manuel Sánchez Santoveña, humanista mexicano defensor del patrimonio histórico de México. El fue quien estableció como criterio de restauración de un monumento la previa investigación arqueológica y antropológica.