El Templo del Sol se resistió a la UNESCO

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


El Coricancha de Cuzco, Perú revivió la polémica sobre la supremacía cultural y el germen de nuestra identidad: indios o mestizos. La respuesta puede estar en aquel magnífico conjunto arquitectónico.

Por Prometeo A. Sánchez Islas

 

¿Qué ruinas salvarías: las de un templo colonial español o las de un templo inca?
Al estar uno sobre el otro, la elección es ineludible: el monasterio español es magnífico aunque fue dañado severamente por un terremoto; el basamento prehispánico es sólido e imponente pero se encuentra bajo el convento desde hace 5 siglos. Reconstruir el edificio hispano significaría volver a ocultar la grandeza del monumento sobre el que se asienta, pero rescatar el inca requeriría la demolición del que lo cubre.
El dilema no es sencillo para los arqueólogos, arquitectos y restauradores, como tampoco lo es para antropólogos y organizaciones proindígenas o probarrocas.
El Coricancha (recinto de oro en el idioma quechua de los incas) fue uno de los templos dedicados al sol más espectaculares del mundo prehispánico. Se ubicaba en la zona de los nobles de Cuzco (ahora capital de la provincia homónima en Perú), en un desnivel natural equidistante de los dos ríos que bordean y dan forma a aquella antigua ciudad.
Cuando los españoles llegaron a esta importante sede de los poderes incas, quedaron maravillados por el Coricancha, que era el santuario más sagrado del imperio, dedicado al Dios Sol o Inti, su suprema deidad. Constaba de un conjunto de seis edificios en los que se adoraba a Inti y a los ídolos retenidos a los pueblos conquistados, todos ellos de la más alta jerarquía de cada panteón local, lo que garantizaba el respeto mutuo y el reconocimiento de la mitología inca como la principal.
Gracias a la tradición oral sabemos que en el Coricancha se celebraban rituales diarios para honrar a Inti, a quien los sumos sacerdotes lanzaban cada amanecer un beso ceremonial o mocha, secundados por las mujeres enclaustradas en el recinto inca, las cuales recibieron en la época virreinal el apropiado sobrenombre de Vírgenes del Sol.
Pedro de Cieza de León, soldado-cronista español, afirmó que este inmueble “se hallaba entre los más ricos en oro y plata que puedan hallarse en el mundo” y también describió invaluables relatos sobre cómo “a medio camino hacia arriba del muro había una franja de oro de dos anchos de mano de amplitud y cuatro dedos de grosor; el portal y las puertas estaban cubiertos con láminas de ese metal; había una imagen del sol, de gran tamaño, hecha de oro, hermosamente grabada y con muchas piedras preciosas incrustadas; había un jardín en el que la tierra tenía terrones de oro fino, y que estaba artísticamente plantado con tallos de maíz hechos de oro: tallo, hojas y mazorcas”.
Francisco Pizarro completó la conquista del Tahuantinsuyo en 1534, estableciéndose en su capital Cuzco para apaciguar la feroz resistencia local y dar paso a la “aculturación” por medio de la religión y el lenguaje. Se procedió entonces a demoler o adaptar lo inca, pero utilizando los sistemas constructivos traídos de Europa.
Una de los conjuntos conventuales más relevantes de Cuzco fue el de Santo Domingo, con un magnífico templo y monasterio, cuyos corredores de dos pisos quedaron dispuestos alrededor de generosos patios rectangulares. Para la decoración se trasladaron obras de la plástica española, italiana y flamenca. A mediados del siglo XVII los jesuitas habían importado obras de Francisco de Zurbarán, Juan de Valdez Leal y José de Rivera “El Españoleto”, entre otros, con lo que irrumpió el tenebrismo a los muros religiosos.
La lluvia de arte europeo pronto se fusionó con las habilidades locales, lo que dio lugar a la creación de muchos talleres de pintura cuzqueña, los que, siguiendo los ejemplos importados, eligieron el manierismo y el flamenco como sus fuentes de inspiración compositiva, obteniendo amplio reconocimiento por su calidad, lo que les permitió firmar sus obras. Con el paso de los años, su estilo fue diferenciándose hasta crear su propia corriente, la cual llegó a industrializarse debido a la gran demanda de arte en todo el ámbito virreinal.
Para desgracia del arte y de las ciudades, la zona andina se asienta en montañas jóvenes que demuestran su vigor con frecuentes sismos, dañando estructuras y obligando a reconstruirlas continuamente. Por eso en la actualidad conviven, con los estilos originales, el rococó, el neoclásico y hasta el art deco.
El repentino estremecimiento de tierra, un domingo de mayo de 1950, derribó o dañó la mayor parte de lo construido durante 400 años, quedando sobre las calles los escombros de ladrillo, teja, adobe y madera, y entre ellos, algunos bloques de granito “como grandes dados negros” según describieron los periódicos.
Ese día hubo dos sucesos memorables: primero, los muertos sólo fueron 83, ya que la mayoría de la población había salido a un partido de futbol y a los festivales de las plazas públicas, y segundo, los ciudadanos vieron con asombró cómo los restos de las estructuras incas estaban casi intactas y parecían haber emergido desde sus cimientos.
El hecho de que los basamentos y los primeros pisos hubiesen quedado casi indemnes y que las construcciones puestas sobre ellas, de ladrillo y vigas “a la europea” se hubiesen derrumbado prácticamente en su totalidad, puso de manifiesto la solidez del sistema inca, consistente en sillares de granito tan finamente tallados, que no necesitaron mezcla alguna para ensamblarse y que por la fineza geométrica de su corte no permiten, aun en la actualidad, la introducción de una navaja entre piedra y piedra.
Este fortuito descubrimiento hizo a los cuzqueños tomar conciencia de sus raíces, provocando un segundo cataclismo, pero de carácter social, en el que la población y las autoridades locales se dieron a la tarea, durante seis años, de eliminar lo más que pudieron de los recubrimientos y sobreposiciones arquitectónicas, haciendo reclamos políticos reivindicatorios sobre los 400 años que la cultura española había subsumido a la india.
Las espléndidas paredes incas lucen ahora con orgullo, tanto en las casas particulares como en los edificios públicos, su asombrosa geometría, su leve talud , sus ventanas y puertas trapezoidales.
En el Coricancha quedó al descubierto la habitación que se dice fue llenada de oro y plata para pagar el rescate de Atahualpa, el cual de todos modos fue ejecutado por Francisco Pizarro una vez que fundió los metales y arrancó las placas de oro que cubrían el edificio. Ese y otros locales habían sido sugeridos por varios arqueólogos, quienes cartografiaron los indicios de todo el conjunto. El sismo de 1950 les dio la razón, pues las ruinas mostraron las diversas reconstrucciones que había tenido el convento católico a lo largo de los siglos, mientras que los basamentos incas permanecían incólumes.
Un equipo de consejeros de la UNESCO se trasladó al sitio en 1951 para estudiar el caso, concluyendo en una recomendación sobre la restauración de la arquitectura española debido a su hermosura y por ser una evidencia de la primitiva cristianización de Perú. Sin embargo, se levantó un virulento clamor popular sin precedentes a favor de las antiguas, poderosas y pulcras estructuras.
El dilema fue resuelto por los arquitectos y restauradores peruanos ignorando a la UNESCO para dar prioridad a las ruinas del Templo del Sol, retirando en los años siguientes, algunos selectos fragmentos del edificio colonial.

Hoy es impresionante ver los taludes desnudos del Coricancha, soportando más del 50% del monasterio y templo de Santo Domingo, ambos en fraternal fusión, con sus vigorosas paredes desnudas, alguna vez recubiertas por oro y reverenciadas por los incas como “el sudor del sol”.

 

  Del griego pan = todos y teos = Dios; se refiere al templo dedicado a todos los dioses de alguna religión o mitología.

  El Tahuantinsuyu es el nombre quechua del imperio inca; cubría los actuales Perú, Bolivia y parte Colombia,  Ecuador, Brasil y Chile. Se traduce como “la tierra de las cuatro regiones” por su división administrativa en cuatro “suyus”.

En l siglo XVII surgió en Europa el tenebrismo, caracterizado por una sencillez compositiva, muy realista, en la que se acentúan los contrastes entre las luces y las sombras, lo que permite manejar volúmenes masivos tanto de objetos como de personas y manejar, en las zonas iluminadas, una gran exquisitez en los detalles y en las expresiones de los rostros y manos.

Talud es la inclinación que tiene un muro de mampostería, de entre 5 y 30 grados, para resistir por su propio peso, las fuerzas horizontales de un sismo o del empuje de la tierra cuando se usan como paredes de contención.