Diosas relacionadas con los alimentos, en el mundo

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


La comida es alimento… y también es medicina; la comida ha sido motivo de migraciones, ha motivado revueltas populares y es hoy objeto de la ciencia. La comida le da poder a quien la posee y, además, está fuertemente vinculada con los dioses, ya sea como súplica para tenerla o como ofrenda cuando se le disfruta.
No es extraño, entonces, que en todas las culturas del mundo el alimento haya sido englobado por un enorme corpus intelectual y espiritual, lo que ha dado lugar a que, desde tiempos insospechados, se hayan venerado a deidades relacionadas con este tema.
Este respeto primigenio a la naturaleza en permanente cambio, se hace más complejo y profundo en cuanto entendemos que dependen de ciclos de gran envergadura como los cósmicos, los telúricos y los climáticos (cada uno de ellos a su vez con sus divinidades), y nos coloca directamente frente al misterio de la vida y de la muerte, habida cuenta que la producción primaria obedece también a micro-ciclos en los que es perceptible que la muerte, en sus diversas manifestaciones de: pérdida de hálito, de putrefacción, de volatilización, o de reabsorción en la tierra y en el agua, es causa indispensable para que surja nuevamente la vida.
Ese misterio, antes que construir explicaciones científicas sobre fecundación, equilibrio orgánico y energías, fue y ha sido revelado mediante mitos, que tratan de ser universales desde la óptica cotidiana a escala humana, pero que al mismo tiempo contienen preceptos morales de escala divina, lo que favorece que, aunque a veces tales mitos se enjuicien como contradictorios o irracionales, ofrezcan soluciones metafóricas a preguntas filosóficas de fondo, utilizando lenguaje accesible al pueblo común, ya que éste es quien obtiene los resultados tangibles del trabajo manual, así como quien también sufre las consecuencias negativas de los procesos de producción.
Hoy nos estamos enfocando en el maíz, porque es el alimento-estrella de nuestra raza… y porque nosotros mismos estamos hechos de su masa. Nuestro agradecimiento a los cielos, en términos mitológicos, surge de reconocer el esfuerzo de los dioses por crearnos, y nos conduce a admitir la belleza poética de tales mitos, en los que se expone cómo la vida fue trasladada del cosmos hacia cada uno de los seres vivientes, en una complicada red de vínculos que hoy llamamos “ecosistema”.
En el libro que este equipo redactó, me tocó contextualizar al Dios mexica del maíz, Cintéotl o Centéotl, respecto a sus equivalentes en otras mitologías del planeta. Fue interesante saber que esa divinidad era dual; que en su identidad masculina era conocida como Centeotecuhtli; y en la femenina como Centeocíhuatl. En Oaxaca, para los efectos de las fiestas del Lunes del Cerro, se le ha adoptado en su versión femínea y le decimos familiarmente “Diosa Centéotl”.
Hago notar que es extraño que le llame así, pero yo quiero verlo como el resultado de la resistencia que el poder femenino ha exhibido ante el arrasamiento del patriarcado celestial, en el que los dioses varones desbancaron prácticamente a todas las divinidades femeninas del globo terráqueo, en todas las mitologías y en todas las religiones…, aunque ahora, la revancha está de vuelta, y tras cuatro décadas de la Era de Acuario y del movimiento New Age, las Diosas-Matronas, las Venus primigenias, y las Vírgenes-Madre, los rituales a Pacha Mama, a Isis, a Ceres, a María, a Astarté y a Cibeles, están de vuelta.
Este fenómeno cultural, al que se le explota también en su vena turística-comercial, posee también un fondo ético y estético, ya que después de dos siglos de materialismo salvaje, el reconocer hoy que la Madre-Tierra tiene una vida propia, y que esa vida es frágil… que la Diosa Naturaleza nos ofrece lapsos propicios para criar nuevas vidas… y que, aunque lo expliquemos como ciclos del oxígeno, el nitrógeno y otros fenómenos como La Niña y El Niño, es más claro, más bello y más espiritual, que lo aceptemos bajo la magia de los solsticios y los equinoccios, la cual no se contrapone a la ciencia, sino que la complementa en su lado más humano, porque el ciudadano común asimila más fácilmente las moralejas, y cree más hondamente en las tradiciones, quizá porque se vuelven cálidas al hacerlas suyas, independientemente de que aplique polinizaciones y cálculos surgidos de los fríos conceptos de la técnica.
Queridos amigos: introducirnos en este tema, nos abre un enorme portal en el que confluyen religiones, técnicas, leyendas, civilizaciones remotas, reinas y reyes poderosos, guerras, manipulación genética, plagas y hasta dogmas sobre el clima. No encontramos cosas que podamos calificar como “del pueblo ignorante”… Atrás de cada dividinad encontraremos alegorías sobre belleza y sobre rectitud moral.
Déjenme decirles que mientras yo circulaba por ese carril académico, tuve la fortuna de visitar un país bellísimo pero paupérrimo, extendido en las laderas del Himalaya, donde la electricidad es cosa rara y el pavimento escasea. Se trata de Nepal, que hasta hace 10 años se gobernaba por un maharajá y que, debido a su lejanía y pobreza, ha permanecido al margen de la modernidad, lo que le ha permitido conservar la preciosidad de sus creaciones ancestrales, la pureza de sus tradiciones religiosas, las viejas prácticas agropecuarias y la sencillez de su gente… Pues bien, ahí conocí a una Diosa viviente… ¡Sí!... una especie de Diosa Centéotl, pero de verdad, es decir, en funciones de divinidad… Ahí, a cierta hora y bajo un entorno de enorme respeto, flanqueado por algunos nepalíes y otro turista afortunado, en el pequeño y modesto claustro de un monasterio de madera, esperamos silentes, de pie, sin derecho a tomar fotos ni a hablar, la apertura de una celosía enmarcada por un alfiz labrado del tercer nivel, para sentirnos observados desde esa altura por los ojos inmensos de esa niña fastuosamente maquillada y vestida, quien con actitud de benevolencia y seguridad, nos fue bendiciendo con su mirada penetrante de Diosa Kumari, a uno por uno, sin ademanes ni palabras, estableciendo durante breves segundos una conexión entre su dignidad y nuestra curiosa humildad.
A esa Diosa, emparentada con las Divinidades hindúes Saraswati. Laksmi, Shakti, y Kali se allegan los fieles con gran devoción, porque se trata de un pueblo mayoritariamente campesino al que hace falta la protección y el consuelo de esa “madrecita”, de la misma forma en que a nuestros ancestros les surgía la necesidad de convocar a Tlátoc, a Chicomecóatl y a Centéotl…
Ante esa experiencia, me parece que nuestra tradición re-inventada de los Lunes del Cerro, hizo bien en incorporar a una Diosa de la Fertilidad en los festejos, no importa si la entendemos como recreación de la Virgen del Carmen o como rescate del neo-mexicanismo, porque ante las agresiones que se le hacen al planeta y el envenenamiento químico de los alimentos, volvemos los ojos, en este caso simbólicos, hacia los valores autóctonos que amacizan la lucha por la autosuficiencia alimentaria y por una nutrición natural y sana.
La Diosa Centéolt, entonces, más allá de su importancia turística, debe enmarcarse en el ámbito de los seres respetados, por su alto valor cultural y moral, para que, al igual que sucede con todas las divinidades agrícolas del mundo, sirvan como fuente de inspiración y de esperanza, que mucha falta nos hace.